Terror que paraliza y entra por los ojos, pero recorre cada poro del cuerpo, terror que te deja meditabundo y silencioso 

El terror propiamente dicho, el que conocemos desde el vientre materno, cuando el susto de la madre repercute en ese ser en pleno desarrollo, el terror al ridículo durante la adolescencia y más tarde o desde siempre, como me animo admitir; el terror que se elige y se disfruta, con sobredosis de valentía, con enorme reverencia, cuando nos reconocemos como espectadores comprensivos de lo que vemos, de aquello que nos paraliza y sin embargo nos entregamos, en aquello que nos impide o ni siquiera podemos o queremos y nos resistimos a dar un solo parpadeo, para no perder el detalle, eso que nos exalta, que nos invita a ver mas allá, aquello que queda grabado a fuego o a miedo en nuestra memoria, al convertirse en algo tan espectacular como adictivo para los sentidos de un espectador deseoso de llegar al final del film.

Sentirnos encantados, saturados, extasiados por tanto,pero con la conciencia plena de que siempre y no solo a veces hay mucho más para ver, hay mas para sufrir, saboreándolo, una especie de dulce tortura, esa tortura que se réplica en cada stock de imágenes mentales que consecutivamente se van traspolando a nuestros sentidos, por estar las escenas pobladas de tanta aberración, que resulta en extasis de quienes estamos acostumbrados a elegir el género terror, dejando de lado la acción, las animaciones, y todo aquello que a nuestra vista nos sabe a poco, nos resulta la nada misma, no cumple con nuestras expectativas como así también nos somete al aburrimiento y la frustración de ver lo que no queremos, por el simple hecho de a veces estar en compañía de alguien que no es adepto al género en cuestión o simplemente no damos con la búsqueda adecuada a nuestros gustos cinéfilos.

Estar atrapados, sentirnos paralizados, sin ganas más que de permanecer con los ojos y sentidos bien abiertos a percibir todo el miedo de la producción frente a nosotros.

El terror no es malo, siempre y cuando no repercuta en nuestras vivencias personales, eso sería enfermedad, creo firmemente que el terror es necesario para saber hasta que punto nuestra mente es capaz de enajenarse de ese conjunto de acciones, situaciones y personajes que, aunque sean muy creíbles son eso, personajes, integrantes de una ficción, que aunque cruda y tantas veces antinatura y antihumana por llamarlo de alguna manera no salen de ahí, de ese cuadro que representa el cine, teatro o la televisión. Alguien se ha imaginado lo que sería de nosotros si no tuviésemos la capacidad o libertad de mirar lo terrorífico que alguien más realiza?, seguramente estaríamos preso de la fastidiosa fantasía sin riesgos, sin preocupaciones y sin motivación a seguir siendo espectadores sin que algo nos movilice más que los sentimientos como la simple melancolía, tristeza o conformidad de mirar por mirar de sentir por sentir, sin nada de vértigo ni un ápice de miedo, ese miedo que gusta, atrae y nos hace sentir invencibles, si una vez más, seres con libertad , capacidad de sentir .

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