Víctor Erice es parte fundamental de una rara especie que parece darse con particular énfasis en el cine español. Se trata de los directores que desaparecen del mapa; los que dejan el oficio durante años, no se sabe si para siempre; los que no pueden o no quieren filmar bajo el yugo de determinadas condiciones; los que simplemente se retiran a un costado, a la vera del camino del cine y permanecen allí por tiempo indeterminado, hasta que alguna gente incluso de olvida de ellos. De vez en cuando, se oye a alguien preguntar: “¿Se murió Mengano?” Yo mismo me vi en alguna ocasión obligado a hacer esa pregunta. Nadie se olvidó de José Luis Garci –que está activo en muchos frentes que no son los de la dirección de películas, pero que además filmó una hace muy poco- , de Francisco Regueiro, de Paulino Viota, de Gonzalo García Pelayo. Digo que ninguna persona se ha olvidado de esos nombres, pero no sé si es verdad. Paulino Viota se ha volcado a las clases y a los libros de cine, oro en polvo y pan para la cinefilia refinada, que debería estar agradecida, y en verdad lo está, de tener a un maestro como él, que hace libros magníficos y ofrece clases que son verdaderas lecciones maestras, dicen los que las han presenciado (se pueden buscar en yotube). Regueiro ha trabajado secretamente en guiones que no se sabe si saldrán o no a la luz, pero ahí está, en las sombras después de haber rodado duro y parejo desde la década del sesenta. García Pelayo se retiró durante nada menos que treinta años para luego volver, más joven que antes: ahora ha batido varios records, ha establecido marcas –en la cantidad de películas, en la velocidad de los rodajes-, ha vuelto a filmar con la curiosidad no ya de los jóvenes sino de los niños. Es decir, que esos directores mencionados, todos ellos, están vivos y en actividad, aunque pueda dar la impresión, si uno está distraído, de que se han ido, de que el tiempo ha borrado sus nombres, como estas tristes aguas que somos del olvido acerca de las que cantó alguna vez Rafael Berrio, vasco bueno, singular cinéfilo, fallecido tempranamente, pero inextinguible para los que escuchamos sus discos con devoción y hasta tuvimos la fortuna, algunos como es mi caso, de conocerlo personalmente (pero es otra historia, como reza el lugar común).

De ese grupo, ¿qué pasa con Erice? Pasó que Erice no desapareció, nadie lo olvidó; nadie dejó de echarlo en falta, pero todos sabían que estaba. En algún lado estaba. Pasaba el tiempo, las pocas películas del director se recordaban, se pasaban y volvían a pasar, se estudiaban, se citaban, se juraba por ellas, la mano puesta sobra un invisible rollo de cinta, testigo de ilusiones del siglo veinte. Esas películas aparecían en las listas, llegaban o no llegaban al podio, pero ahí estaban: siempre presentes, en un tiempo obstinado, que pasaba, pero no les pasaba a ellas, como si pudieran permanecer siempre nuevas, siempre primeras en alguna encuesta, siempre como referencia obligada, santo y seña de un cine cuya vigencia consistía en no dejar nunca de hablar, siempre con algo para decir –alguna sentencia, alguna admonición lanzada al otro cine, alguna plegaria-, aunque fuera en susurros, con la delicadeza de fantasmas, de faros lejanos, de nubes eternas. Víctor Erice fundó su propio culto. Mejor dicho, su cine es un cine de culto, dicho esto en su expresión más corriente. Pero como tiene pocas películas, como había pasado mucho tiempo desde que rodó la última y nunca se sabía a ciencia cierta si volvería o no a filmar –los proyectos esperados de Erice constituyen un larga cadena de oración, no por los que están por abandonar este mundo sino por las películas que no han nacido aún; esas que siempre, se supone, están rumiándose en la cabeza del director: segundas partes, continuaciones, regresos-, la devoción se volvía más cerrada, más férrea e intransigente. Con Erice en fue en todo momento como medirse con poderes celestes, a todo o nada. Cobijado en su mitología personal, entonces, esa que reglamenta su obra y lo convierte en figura oracular de un cine siempre por hacerse, a caballo de una suspensión suprema que es también una eterna promesa de permanencia, de obstinación, Víctor Erice preparaba su vuelta. Y esa vuelta, ese regreso que se daba por fatalidad, un episodio de la narrativa religiosa, finalmente ocurrió. Dicho esto, valga la aclaración de que nunca participé de ese fervor sin cortapisas por Erice. Pero incluso es probable que la deificación de Erice, de la persona del director, enturbiara un poco mi relación con sus películas. Cuando veo El sur, las cosas se aclaran. Me olvido del Erice cuya sombra parece regir, inasible, colérica, sobre el cine de su país y sobre buena parte del así llamado “cine contemporáneo” –sus seguidores más acérrimos no se conforman con menos- y no puedo menos que admirar su cine, al menos no puedo dejar de considerar El sur, esa película inacabada, como lo que en términos generales se puede llamar una obra maestra.
Lo mismo pensé cuando vi la película de la vuelta de Erice, cineasta taciturno y reticente, cineasta de la tristeza, de los recuerdos, de las confesiones imposibles. Vista que fuere Cerrar los ojos de Erice pasó eso, entonces. Dije: si esto no es una obra maestra, o algo que se le parece mucho, debo estar muy equivocado, porque me da toda la impresión de que así es. La última de Víctor Erice, que no quiere decir nada porque está vez, al margen de citas y referencias de dominio público (perfectamente traídas a cuento, por otro lado), quizá haya que olvidar todo y empezar de nuevo. Un nuevo Erice, que es la misma persona, pero es otro; o uno que recuerda vagamente quién era; uno, otro, que acaso se encuentre en alguna melodía perdida, alguna imagen, algún fotograma al azar. ¿Cómo se envejece? "Sin miedo y sin esperanza", como dice una línea de su película, esta última: esta que es como una larga, enrevesada –pero aún legible, de una emoción contenida que nunca deja de sonar legítima, verdadera hasta las últimas consecuencias. Así va Erice en la que para mí, lo puedo decir, es su mejor película. Sin miedo, sin esperanzas, quizá sin futuro; sin nada más que un vacío que se enfrenta con ojos de gracia religiosa. No importa, está la película; la vieja botella al mar. A ver quién la encuentra y qué tiene para decirle al pescador desprevenido. Una inadvertida obra maestra, como las películas de otros viejos ilustres (son unos cuantos nombres). Cuando la vimos, mi amigo Álvaro Arroba escribió algunas líneas que valen la visión de la película, que recuerda las historias de otros viejos más o menos desencantados que alcanzan a ver una luz de última hora -pienso en el protagonista de El lobo de la Costa Oeste, de Hugo Santiago, o el que compone José Sacristán en Roma, de Adolfo Aristarain. Pienso también, pensando ahora, en el propio Don Porfirio, también de Santiago en su película Invasión- para descubrir, al final, que tampoco saben bien quiénes fueron. El trayecto que atravesaron para convertirse en lo que son es un sendero oscuro, brumoso, indefinido. Hay ahí una tristeza infinita que la película de Erice recoge como un guante, delicadamente, sutilmente, como si se acomodara para dormir un sueño que dure toda la vida, sueño eterno de los que han llegado a un punto en el que cuando miran atrás no ven nada, no saben cómo llegaron allí, qué los trajo. La película es una lección de cómo escribir diálogos y de cómo dirigir actores (todos estupendos), pero lejos de ceder al prestigio de las "cosas bien hechas", funciona como una máquina un poco desapegada, capaz de maniobras y giros gracias a los que la trama principal parece bifurcarse para volver siempre a su punto, como si en cada vuelta en la que se retoma el camino se pudiera vislumbrar un nuevo comienzo, con la misma tozudez o la misma fatalidad. Cerrar los ojos es una película y también es un empecinamiento. Después de todo, en el cine siempre se trató de encontrar cosas que todo el mundo da por perdidas definitivamente.



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