De escucharla en varias ocasiones durante el lapso de un fin de semana, en el marco del 29° Festival Internacional de Cine Latinoamericano en la ciudad de Rosario, puedo decir que a Celina Murga le gustan los matices. Al menos esa fue la palabra que más salió de su boca y la que mejor le quedaba. El matiz. Todos tenemos insistencias, obsesiones, rodeos, preguntas que no cesan de abrirse. Al parecer, para ella un modo de pensar el mundo es a través del matiz, al menos dice encontrarlo en todas las cosas, lo intenta, lo crea, lo lee. Leer algo en su matiz posibilita una potencia creadora y liberadora (en el mejor de los sentidos).
Este divague sin mucha forma son las palabras a borbotones que emergen después de haber visto El Aroma del pasto recién cortado (2024) en el Cine Lumière a sala llena, con su directora presente. Son palabras un tanto inconexas luego de haberla escuchado hablar en el programa de radio al que asisto, luego de escucharla también brindando una masterclass con una humildad impresionante, luego de escucharla responder preguntas al finalizar la proyección. Durante tres días seguidos, Celina Murga conquistó las miradas de los espectadores rosarinos amantes del cine argentino, dispuestos a dejarse devorar por otra ficción, por una historia opaca, incierta y emotiva.
Con las debidas advertencias sobre la importancia del matiz -y yo agregaría opacidad; acaso todo se trate sobre hallar el tono para transmitir un decir-, nos adentramos en el visionado del último largometraje de Murga, una realizadora sin dudas osada, que recuerda un tanto a Martel por sus insistencias y obsesiones. Aclarando en su masterclass que no teme mezclar la vida cotidiana y documental con las ficciones que realiza, sino más bien encontrando en esa estofa de realidad los materiales y soportes para narrar sus historias, nos entrega otro relato para dejarnos llevar. Otro relato que, como sus historias previas, tiene una sustancialidad intensa, de lenta digestión, de emotividad plural y sensibilidad cierta. La oriunda de Paraná, Entre Ríos, se toma sus licencias desde su primer largometraje, Ana y los otros (2001), para situar detalles, viñetas y todo aquello que pueda hacer que sus personajes no se vean acartonados. Cada una de las escenas creadas por ella tienen una carga de profundidad en sus personajes que los convierten en humanos, ambiguos, torpes, odiables, amables, todo ello a la vez. En esa meticulosidad que se vuelve una forma de trabajo, Murga construye mundos habitables y radicalmente cotidianos donde vernos reflejados. El ruido, la interferencia, las mañas, todo aquello que nos rodea en la vida cotidiana incluso sin darnos cuenta, ella lo puede hacer visible y llevarlo a las imágenes en movimiento.
Esa mirada puntillosa resulta una virtud que vuelve a su cine un cine orgánico, vivo y en diálogo constante con el espectador y sus interpretaciones inevitables.
Nos hace, en última instancia, ponernos en conflicto con nosotros mismos y nuestros "matices", con todo lo que convive en nosotros sin percibirlo.
Su última película, entonces, El aroma del pasto recién cortado (2024). propone sumergirnos en los matices y dejarnos llevar por el vaivén dramático que la directora propone. Contando dos historias casi iguales desde dos perspectivas diferentes, nos pone en jaque, nos expone frente a nuestras miserias y sensibilidades construyendo personajes excesivamente humanos, frágiles, errantes. Allí reside la magia, en su componente humano y fallido, que los lleva al tropiezo, a la equivocación, a la maquinación de pensamientos luego de haber tomado decisiones esquivas. En ese sentido, el argentino Joaquín Furriel y la mexicana Marina de Tavira realizan una trabajo exquisito representando una misma realidad desde dos reversos.
Celina Murga muestra su humanidad, la de otros, otros reales e imaginarios, se deja traslucir en sus construcciones narrativas esos aspectos menos ficcionales de las historias. En su masterclass llevada a cabo en la Plataforma Lavardén en la ciudad de Rosario, manifiesta la importancia de resaltar la proximidad y la cercanía respecto a los temas con los que se trabaja, lo cual posibilita otra conexión, otro involucramiento que permite hablar desde la subjetividad de cada uno.
La intensidad se traspola a todas las esferas posibles dentro de la película, no sólo en los diálogos, en las miradas, en el contenido mismo del conflicto, sino en todo aquello que acrecienta la atmósfera de tensión. El juego con el sonido y con los objetos es de alguna forma un ejercicio que ya Lucrecia Martel implementaba y que, a mi parecer, Murga también lo trabaja. La intensidad del sonido, la intensidad de los obstáculos, de objetos que se ponen entre la cámara y los personajes como un enorme obstáculo, impidiendo ver claramente lo que sucede. Estas deformaciones y distorsiones presentes en las escenas aumenta el clima de dificultad, de rareza, de opacidad. Constantemente se nos presentan estos obstáculos que impiden una visión plena, nítida, total, de una escena, quizás porque ello de por sí es imposible. Murga juega con eso, lo lleva a un extremo a nivel narrativo lo cual alimenta la tensión de la trama.

Un matrimonio de varios años, dos situaciones profesionales y laborales diferentes, una infidelidad, rispideces, desencuentros, conflictos implícitos. Todos estos condimentos que podemos encontrar a la vuelta de la esquina en toda ficción, aquí presentan otra tonalidad. El juego es de espejo doble, de polaridad, incluso de antítesis. Si bien Murga podría presentar el conflicto mostrando los puntos de vista de cada miembro de la pareja en crisis, se arriesga un paso más, manteniendo la polaridad pero ubicando extremos ficcionales que poco a poco van anudando sentido. En principio, ella nos va presentando detalles a tener en cuenta para armar el rompecabezas que se irá construyendo paulatinamente: diálogos que se reiteran, escenas mundanas como charlas nocturnas en la cama, escenas de trabajo que tienen un hilo en común: Allí, Marina de Tavira y Joaquí Furriel establecen una dualidad casi al modo de Aristófanes. El aroma del pasto recién cortado como sensopercepción los une; ambos trabajan dando clases en la Facultad de Agronomía, conformando también un grupo de investigación. Sus mundos son similares, mas nunca se tocan entre sí. En algún punto, las similitudes se abren tomando caminos distintos y, en un punto determinado de la película, la condición de cada uno los pondrá en situaciones totalmente diferentes. Ser hombre y mujer va a jugar un papel particular para cada uno, otorgando ventajas y desventajas, correspondientemente.

Murga, en su masterclass, refiere que el guión se fue construyendo a partir de sucesos sociopolíticos del momento, llevándonos a 2018, donde la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito era un tema candente, junto con la puja del movimiento feminista. Toda esta estofa permitió la construcción profunda de estos personajes y sus perspectivas. A partir de esa escena, bisagra y vital, los relatos de cada uno irán ubicando surcos, opacidades y vertientes mínimas dispares.

El trabajo actoral, reitero, se come toda la pantalla a partir de ese momento. Es como si Celina dejara los adornos de las imágenes de lado y apostara todas las fichas a lo que cada uno puede hacer con sus rostros, con sus gestos y máscaras. Resulta un deleite emotivo ver cómo cada actor construye el desenlace de la ficción con una intensidad casi teatral. Vemos cómo afectan las decisiones que cada uno tomó en el comienzo de la historia, cómo a cada uno se le va desorganizando y rearmando la vida, cómo se le desencaja la cara, cómo pierden y encuentran rumbo.
La resolución final, mundana y cotidiana, recuerda al maravilloso final de Secretos de un Matrimonio (1973) de Ingmar Bergman, drama canónico sobre engaños, amor y separaciones. Aunque sean temas trillados, descubrimos en Murga otra manera de trabajar estos temas tan cotidianos, que nos atraviesan profundamente, con sus matices, como ella gusta decir.




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