"Pulgasari": la paradoja norcoreana de Shin Sang-ok y Choi Eun-hee  

Secuestros, dictaduras y cintas de video: Kim Jong-il, Shin Sang-ok, Choi  Eun-hee y la industria del cine norcoreana - La Soga | Revista Cultural

Luego de la caída de la Unión Soviética, con una economía devastada no solo por el bloqueo norteamericano, sino también por un producto interno en picada debido a la malversación de sus recursos naturales y los rumores de estafa mafiosa alrededor de sus dirigentes políticos, Corea del Norte no tuvo otra alternativa que mostrar sus fisuras sociales al mundo. Poco y nada se sabía de esta tierra, disputada por chinos, rusos, japoneses, norteamericanos y coreanos al mismo tiempo, que cerró sus fronteras a la altura del paralelo 38 tras el armisticio firmado en 1953

Ahora, con las puertas diplomáticas relativamente abiertas, es posible hacer turismo. Bajo estricta reglamentación policial, algunos curiosos y visitantes pueden transitar por Pyongyang en fechas clave como Año Nuevo o para la celebración del cumpleaños del amado Líder. Las actividades son simples: sacar fotos, visitar la plaza central, sorprenderse ante las enormes movilizaciones militares, admirar los carteles del nuevo Líder político y regresar a sus hogares con televisores y wi-fi, pero con más preguntas que respuestas. Más allá del ideal turístico occidental y la eterna duda del burgués medio sobre “cómo será vivir en un país comunista”, algunos visitantes hacen todo el periplo para constatar los mitos que han circulado en torno a ese agujero negro en el hemisferio: ¿Es realmente cierto que son tan estrictos? ¿Aún existen campos de concentración? ¿Es posible que todavía ejecuten a los desertores o a cualquier persona que actúe en contra del gobierno? El desafortunado Otto Frederick Warmbier, joven estudiante de economía de la Universidad de Virginia, Estados Unidos, tuvo estas inquietudes y las sufrió en carne propia: fue condenado a 15 años de trabajos forzados por robar un póster del líder Kim Jong-Un del hotel donde se hospedaba.

Paul Fischer, documentalista y sociólogo árabe con residencia en Estados Unidos, formado en París y California, viajó a Corea del Norte con la idea de desentrañar una vieja historia convertida en mito ocurrida en 1978: el secuestro del director de cine surcoreano Shin Sang-Ok y de su estrella y ex esposa, Choi Eun-Hee, a manos de Kim Jong-Il, jefe de los estudios de cine norcoreanos, director del ministerio de propaganda e hijo mimado del dictador y líder Kim Il-Sung. La historia no es nueva. Se dio a conocer después de 1986, cuando Shin y Choi lograron escapar en Viena y pidieron asilo político en la Embajada de Estados Unidos. Afincados en California, Shin escribió un libro sobre su experiencia y Choi dio algunas conferencias, hasta que su historia perdió interés, en parte por cierta especulación mediática y en parte porque los norcoreanos negaron cualquier tipo de relación con los presuntos afectados.

Fischer se contactó con quienes trabajaron en Corea del Norte para Shin, o al menos, con los que aún estaban vivos, y con desertores que llegaron a tener algún tipo de vínculo con el matrimonio. Leyó libros, recorrió estudios de cine en desuso, sacó fotos en la plaza de Pyongyang, investigó mucho a través de Google Maps, e incluso entrevistó a la mismísima Choi Eun-Hee en Seúl. Volvió a su casa en California y escribió Producciones Kim Jong-Il presenta, uno de esos libros que, desde la primera frase, te envuelven en un vértigo imparable, exalta los chismes a niveles estelares y abusa un poco de ciertos recursos narrativos. Como en los libros Easy Riders, Raging Bulls o Down and Dirty Pictures de Peter Biskind (algo así como el Jorge Rial de la crítica de cine, según algunos críticos, aunque estemos exagerando un poco), el lector pasa las páginas dudando de la veracidad de las fuentes, luchando por creer o descreer en el relato, ignorando algunas aseveraciones políticas y ciertos excesos de la efervescente imaginación literaria del autor. Sin embargo, permanece cautivado por la materia misma del texto, que Fischer, con habilidad y astucia, va moldeando hasta convertir su libro en un perdurable monstruo de goma.

Intriga Internacional

Después de la guerra de los años 50, que terminó por dividir a Corea en dos, Shin Sang-Ok se convirtió en el director de cine más importante del sur. Gracias a la promoción estatal, que buscaba mostrar a un país en pleno desarrollo económico y cultural, y debido también a cierta urgencia y demanda social por entretenimiento, la carrera de Shin despegó. Llegó a filmar más de diez películas al año. Su cine era audaz, culto y cinéfilo. Reconocía una herencia del neorrealismo italiano y del spaghetti western. En un escenario de posguerra lamentable, y con entradas de cine muy accesibles, la gente pasaba tardes enteras en funciones continuadas. Sus primeras películas, como Una flor en el infierno y Mi madre y su invitado, se recuerdan como pioneras del hoy mundialmente celebrado y festivalero cine coreano.

Cineastas surcoreanos - Pulgasari.
Shin y Choi, enamorados

Shin se enamoró de su actriz fetiche, Choi Eun-Hee, quien representaba a la mujer moderna de Corea del Sur. La vida de Choi, antes de su matrimonio con Shin, merece un libro aparte: se escapó de su casa en la adolescencia, se casó muy joven con un alcohólico abusador, se enlistó en la guerra con Corea del Norte, fue abusada por soldados norteamericanos y coreanos, logró divorciarse de su primer esposo (algo muy mal visto en la Corea de aquella época), y finalmente se convirtió en la actriz y modelo mejor paga de todo el sur. También llegó a dirigir películas y a tener su propia escuela de actuación. Era la Anna Magnani de Shin. Sus interpretaciones ofrecían un dramatismo inusual en el cine de la época, que también lloraba por la división política y, al mismo tiempo, añoraba una reunificación estatal. Choi era la actriz del pueblo.

Del otro lado de la cortina de hierro, Kim Il-Sung construía su imperio. Con el apoyo soviético, se autoproclamó líder y estableció una autocracia que perdura hasta hoy en el norte. Las fronteras se alzaron como muros, y Corea del Norte estableció relaciones parlamentarias con Rusia, China y Cuba. Estados Unidos era el demonio. Kim Il-Sung no solo colocó su imagen en todas las casas, inventó canciones en su honor y llenó los manuales escolares con su ejemplo bélico, sino que, tras esa fachada, avaló los campos de concentración y las torturas en nombre del partido. Stalin, Hitler, Reagan y Clinton lo entendieron: el cine era una herramienta fundamental para reforzar su imagen y poderío. Y ahí estaba su hijo mayor, listo para aportar ideas.

Kim Jong-Il era el encargado de la oficina de propaganda y un fanático del cine, pero sin talento para la dirección. Las películas norcoreanas eran malas, llenas de mensajes de propaganda, o documentales sobre la exaltación de los valores del trabajo partidario. Kim Jong-Il había gastado mucho dinero en crear estudios de cine. Filmaba en planos generales sin conocimiento de la gramática cinematográfica. Era un entusiasta capaz de ejecutar a personas que no compartieran su gusto cinematográfico. Había filmado una extensa saga cinematográfica, La estrella de Corea, donde sometió a cirugías estéticas al actor principal, quien quedó con la cara deformada y nunca más pudo trabajar frente a una cámara. Era un salvaje.

Kim estaba al tanto, gracias a espías norcoreanos que frecuentaban el sur, de que la carrera cinematográfica de Shin Sang-Ok no atravesaba su mejor momento. A fines de los 60, Shin tuvo un hijo con otra actriz de su enorme conglomerado industrial y, tras dejar a Choi en medio de un escándalo mediático, su carrera comenzó a decaer. Terco y orgulloso, Shin también trabajaba para el estado surcoreano. Después de un malentendido político, el presidente de Corea del Sur le cerró las puertas para que sus producciones representaran al país en el extranjero. Desesperado, intentó recomenzar en Centroamérica. Hasta que, una noche de 1978, de paso en Shanghái, fue capturado y llevado por la fuerza al otro lado de la cortina de hierro.

UN GODZILLA COMUNISTA

Kim Jong-Il siempre se jactó, hasta su lecho de muerte, de tener la colección personal de cine en fílmico más grande de la historia. Amaba las grandes películas. Doctor Zhivago y Papillon estaban en su top ten. Pero su director favorito no era otro que Shin Sang-Ok. Kim tenía un plan para sacar a Corea del Norte del estancamiento estético. Tomaba el ejemplo de Japón: Rashomon de Akira Kurosawa marcó un antes y un después en el mercado cinematográfico asiático de posguerra. El cine era una gran ventana al mundo, y Japón comenzaba su largo mea culpa a través de películas inolvidables que cosecharon premios en festivales, especialmente en Cannes. Kim soñaba con hacer lo mismo con su país. Ese era el objetivo detrás del secuestro de Shin y de su exesposa Choi: quería que la pareja más famosa y taquillera de Corea del Sur cambiara de ideología y se pusiera al servicio del amado líder, su padre, Kim Il-Sung.

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Kim, líder y frustrado director de cine

Los secuestros eran moneda corriente en Corea del Norte. No solo capturaban presos políticos del sur, sino también diplomáticos, periodistas y hasta eminencias culturales de otros países: músicos, pintores y escritores. Era el modo que tenían los norcoreanos de “actualizarse” en términos políticos y artísticos. Pero para ponerse al servicio del Partido, los secuestrados debían pasar por una lenta “reeducación”: tomar clases de Historia norcoreana, repetir los cánticos al amado líder y participar, como toda la comunidad, en las fechas celebratorias.

Choi fue más dócil, o perspicaz tal vez, en la etapa de su reeducación (o lavado de cerebro, podríamos decir). Quizás por haber sido secuestrada primero o por tener menos ambiciones. A Shin le costó un poco más. No sabía que Choi estaba viva en la capital, e intentó escapar un par de veces, actos que fueron tomados como traición y penalizados con encarcelamiento y trabajos forzados. Después de tres años de reeducación, Shin y Choi se volvieron a encontrar. Bajo la dirección de Kim Jong-Il, retomaron su viejo matrimonio (un aspecto positivo del secuestro, según le aseguró Choi a Fischer) y su sociedad artística se puso nuevamente en marcha al servicio del amado líder Kim Il-Sung.

La producción de Shin y Choi en Corea del Norte fue maratónica. Llegaron a realizar hasta seis películas por año en un período relativamente corto. Kim les abrió oficinas en Hungría y usaron los sets de Checoslovaquia, Moscú y Alemania Oriental. Filmaron películas bélicas, dramas amorosos, comedias y hasta una de karate. Sus películas tuvieron un impacto social inesperadamente grande. Los técnicos no entendían por qué Shin filmaba en planos cortos, por qué hacía movimientos de cámara o por qué tardaba tanto en una toma. Kim confiaba plenamente en su talento, y hasta obtuvo un premio a mejor director en el festival de Moscú por su primera película en Corea del Norte, Emisario sin Retorno.

Con su pareja idolatrada en acción y en terreno propio, Kim Jong-Il finalmente iba a poder realizar su mayor ambición: una película al estilo Godzilla. Fischer no aclara bien el modo en que fue escrita Pulgasari, pero la trama es bella y absurda, producto de una mente febril y descontrolada, como solo un adicto a las fiestas nocturnas y los bailes pro-régimen de Kim Jong-Il podía concebir. Más o menos, es así: gracias al llanto de una niña campesina que sufre por los ataques de un rey déspota a su pueblo, una gota cae sobre la figura impresa de un monstruo, que mágicamente se convierte en un bicho desproporcionado, interpretado a gran escala por un actor cubierto de trajes de goma. El monstruo se alimenta de hierro y finalmente salva a los campesinos de los ataques reales, devorando sus cañones, armas letales y ¡misiles! en un relato medieval. Pero ahí no termina la cosa. Una vez liberados, los campesinos deben reorganizarse y enfrentarse a una nueva preocupación: ¿qué hacer con el monstruo que no para de devorar hierro? La chica que le dio vida se camufla en un cañón, y el monstruo se la devora, pero su estómago no soporta carne humana y muere al vomitarla. Fin.

Bulgasari - Wikipedia
Afiche de Pulgasari

La película se puede ver en YouTube. Dura más de dos horas. Es larga, intensa y lenta al mismo tiempo. Soporífera para algunos, una obra maestra del cine clase B para otros. En Corea del Norte, el estreno fue un éxito rotundo. Hubo dos casos de muerte por la desesperación de la gente al entrar en las salas. También sirvió como salvoconducto para que Shin y Choi ganaran la confianza de su productor, jefe y secuestrador. Con la promesa de abrir una oficina de producciones en Viena, lograron escapar de sus captores en 1986, luego de ocho años de cautiverio hiperactivo. Se establecieron en Estados Unidos, donde, más allá de algunas pobres excepciones, no volvieron a filmar con la misma cantidad de recursos. Hasta el momento de su muerte, Shin intentó sin éxito vender la película invisible que subyace a Pulgasari. Hay directores que viven para filmar películas y directores cuya vida se termina convirtiendo en una película en sí misma. Cómo hubiera sido esa otra Pulgasari que se lee en el libro de Paul Fischer, solo Shin lo sabe.

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