Cuando pienso en La La Land, lo primero que me viene a la mente no son solo las imágenes vibrantes y los bailes coreografiados, sino el impacto profundo que esta película tuvo en mi percepción de los musicales y el jazz. Nunca había sido un gran aficionado de ninguno de los dos géneros, incluso demoré algunos años en ver Los Miserables luego de haber visto La La Land, y es que esta película me cambió. La película es mucho más que un homenaje al cine y al jazz, es una declaración sobre la búsqueda de los sueños, las emociones en conflicto, y, en mi caso, el portal hacia un mundo musical completamente nuevo.
Antes de La La Land, mi experiencia con musicales había sido casi nula. Los veía como algo lejano, un tipo de arte que no conectaba con mi realidad. Pero la magia de Damien Chazelle y la química palpable entre Ryan Gosling y Emma Stone me atraparon desde la primera escena. Recuerdo poner la peli en Netflix una mañana de pandemia con muy pocas expectativas pero mucho tiempo libre, pero entonces, los primeros acordes comenzaron, y algo hizo clic. La secuencia de apertura, con su energía vibrante y el incesante optimismo a pesar de los atascos y la vida caótica de Los Ángeles, me sumergió en un mundo donde la música no era solo un adorno, sino el alma de la historia. Y esa fue mi puerta de entrada al musical, al terminar la película la tuve que ver nuevamente esa misma tarde, obviamente las dos veces llorando como niño.

City of Stars es otra de esas piezas que realmente me tocó, no solo por su melodía melancólica, sino por la sencillez con la que captura los anhelos y desilusiones de sus protagonistas. Ahí fue cuando comencé a darme cuenta de lo poderosos que podían ser los musicales para narrar historias complejas y emocionales. Ya no se trataba simplemente de una serie de canciones pegajosas con trajes vistosos. Aquí, la música y el baile eran extensiones de los sentimientos de los personajes, y eso resonó en mí de una manera que no había experimentado antes. La música se volvió una forma más directa y visceral de conectar con sus emociones, y, sin saberlo en ese momento, empecé a buscar ese tipo de conexión en otros musicales también.
Pero La La Land no solo cambió mi percepción de los musicales, también me abrió las puertas al jazz. Antes de ver la película, el jazz para mí era un género misterioso, que consideraba aburrido, como música de ascensor (algo a lo que hacen referencia en un momento de la película) que no alcanzaba a comprender del todo. Había algo en su estructura aparentemente desordenada que me hacía sentir que no estaba hecho para mis oídos. Sin embargo, a través de Sebastian, el personaje de Gosling, pude ver el jazz desde una nueva perspectiva. Su pasión por el género, su defensa vehemente de la pureza del mismo y sus intentos por preservar su esencia, me hicieron escuchar jazz de una manera diferente. Cuando explica que sus inicios se remontan a un medio de comunicación entre los músicos ya que hablaban distintas lenguas, excepto el lenguaje musical, a través del cual se comunicaban. Comencé a comprender que el jazz es, en muchos aspectos, una conversación entre los músicos, un lenguaje que trasciende las palabras. Recuerdo la escena en la que Mia, interpretada por Emma Stone, va a un club de jazz por primera vez, acompañada de Sebastian. Mia, al igual que yo en ese momento, no entendía muy bien el jazz, pero a medida que la música en vivo comenzaba a llenar el club, algo se encendió en ella. Lo mismo me ocurrió a mí. Fue en esa escena que sentí una conexión con el jazz, no tanto por la música en sí, sino por la manera en que la película la presentaba: como un arte en constante evolución, improvisado y lleno de alma. Esa sensación de libertad que había captado en el film mientras Sebastian explicaba el jazz a Mia comenzó a cobrar sentido cada vez que escuchaba una nueva pieza. Y fue entonces cuando me di cuenta de que la película no solo había despertado mi interés por el jazz, sino que también me había enseñado a apreciarlo.

Otro aspecto que me fascinó fue su habilidad para hacerme reflexionar sobre los sacrificios y decisiones que hacemos en la vida. La película, con todo su colorido y fantasía, también tiene un trasfondo de realismo crudo. La relación entre Mia y Sebastian, dos personas apasionadas y talentosas que, a pesar de su amor, no pueden permanecer juntas debido a la naturaleza de sus sueños, resonó en mí de una manera inesperada. Me hizo pensar en las veces que uno tiene que elegir entre lo que ama y a quien ama, una temática que pocas veces había visto tratada con tanta sinceridad en el cine. Como actor me golpea de una manera profunda y personal. La lucha constante entre el amor y los sueños, la dedicación a una pasión que a menudo exige más de lo que uno está dispuesto a dar, es algo con lo que resueno intensamente. Ver cómo ambos personajes sacrifican su relación por seguir adelante en sus respectivas carreras me duele cada vez que veo la película. Esa elección entre lo que amas y a quién amas es una realidad que muchos artistas enfrentamos en algún momento, y aunque me rompe el corazón, al mismo tiempo me fascina. Es una de esas películas que te deja emocionalmente devastado, pero de una manera tan auténtica y real que no puedo evitar querer verla una y otra vez. Me encanta porque me recuerda por qué elegí este camino, pero también me duele porque muestra, con una honestidad brutal, lo que puede costar.
La La Land no es solo un musical moderno con influencias clásicas, es una reflexión sobre el costo de los sueños, sobre cómo el éxito y el amor a veces no pueden coexistir de la manera en que imaginamos. Y quizás eso fue lo que más me sorprendió de la película: su honestidad. En un género conocido por finales felices y resoluciones románticas, La La Land elige un camino más complicado, uno donde no todo sale como quisiéramos. Ese giro final, cuando Mia y Sebastian se cruzan después de años sin verse, me dejó un sabor agridulce que tardé en procesar. Sin embargo, con el tiempo, entendí que esa era la esencia de la película: una celebración de los sueños, pero también una advertencia de los sacrificios que estos pueden implicar. Esa dualidad entre la fantasía del musical y la realidad de los sueños truncados fue algo que me hizo regresar a la película una y otra vez. Cada vez que la revisito, descubro nuevas capas, nuevos matices en la actuación, en las letras de las canciones, en los silencios entre las notas. La La Land me mostró que los musicales pueden ser complejos, emocionales y devastadoramente reales, todo al mismo tiempo.

Desde que vi la película, mi perspectiva sobre los musicales y el jazz ha cambiado drásticamente. Ahora, cuando escucho una pieza de jazz, ya no la siento como una serie de notas al azar, sino como una historia que se desarrolla en tiempo real, una conversación entre los músicos y el público. Y cuando veo un musical, lo hago con una apreciación más profunda por la manera en que la música puede amplificar las emociones de una historia.
Lo que comenzó como una simple mañana de pandemia donde lo único que podía hacer era ver películas, se convirtió en un viaje personal hacia nuevos géneros y formas de arte que antes no entendía ni apreciaba. Hoy, gracias a La La Land, soy un amante del jazz y los musicales, y me siento afortunado de haber descubierto este mundo a través de una película tan especial. Es curioso cómo una película puede marcar un antes y un después en la vida de alguien, y en mi caso fue ese punto de inflexión.
¿A ustedes qué les pareció esta peli? yo suelo verla solo por que cada ver que la veo soy un mar de lágrimas.



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