"Apartment 7A": Entre el purgatorio y el infierno 

Comenzar este artículo enumerando los innumerables hallazgos que “Rosemary´s baby” supuso para el cine de terror dentro del marco de los años 70, sería caer directamente en papel mojado. Cosa harto difícil, tanto lo del papel mojado – en el medio digital – como intentar evitar las magníficas ideas creativas de una de las películas más influyentes de todos los tiempos.

Aunque actualmente el nombre de Roman Polanski sea completamente tabú (de hecho, ni se le cita en los créditos de la película de la que hoy vamos a hablar), en ningún caso se le puede negar el haber creado un nuevo tipo de terror. Un terror basado en el miedo a lo cotidiano, al vecino que se esconde detrás de la puerta o a través de la mirilla. Además de esto, la película original, fue pionera en cuanto a puesta en escena, huyendo de los lugares comunes del género y recurriendo a una propuesta estética más cercana al “Repulsión” del mismo autor – mucho más vinculada estéticamente al “cinema verité” británico – que a la de los grandes estudios como Paramount, que era donde se estaba llevando a cabo el rodaje. Al fin y al cabo, los años 70 se carecterizaron por una enorme reacción a los cánones impuestos por las condiciones que los estudios llevaban desarrollando desde los años 20, así que, las decisiones de Polanski encajaban muy bien en esta “nueva ola”.

Por tanto, a la hora de realizar una precuela de tan mítica cinta, deberíamos pararnos a pensar en qué es lo que une esta nueva propuesta a la original. ¿Las vincula una estética común? ¿O nos ceñimos únicamente a algo temático?. Desde mi punto de vista, un equilibrio entre ambas cosas sería lo ideal.

Julia Garner con corte de pelo a lo Farrow, lo mejor de la función.

No obstante, si se sigue ese camino, caemos en la posibilidad de ser completamente repetitivos, y eso es algo que estamos demasiado acostumbrados a ver en los infinitos remakes, reboots y secuelas que pululan por los cientos de plataformas al mero alcance de nuestro mando a distancia. Por ello, la idea de contar con una cineasta como Natale Erika James, no parecía del todo desafortunada.

Tras un primer intento de reboot de la cinta de Polanski en 2014 – y formato de miniserie – dirigida por Agnieszka Holland y protagonizada por Zoe Saldana, era evidente que el universo creado por Ira Levin en la novela original necesitaba una pequeña inyección revitalizante. Y es que, Erika James venía de dirigir la muy perturbadora “Relic” hace un par de años. Sin duda, una cinta que hace uso de una atmósfera insoportable para hablarnos de la vejez y las rencillas familiares desde una perspectiva única, y que colocó a la cineasta en el punto de mira de las nuevas creadoras del cine de género.

Y – cómo no – allá se lanzaron las plataformas para ensuciarlo todo.

La propuesta de “Apartment 7a” nace de una premisa ciertamente interesante. En lugar de tomar de nuevo el texto original de Levin que ya adaptara Polanski, se toma la libertad de crear una precuela de la misma, con lo cual, el factor sorpresa queda parcialmente renovado. Todos sabemos que, viniendo de donde viene, la trama tendrá un final devastador, la gracia está en ver cómo llegamos a dicho desenlace. En este caso, seguimos la pista a Terry – una más que decente Julia Garner desencasillandose de su papel en “Ozark” – bailarina vocacional que acaba de sufrir un accidente en el trabajo. Esto, le complica la subsistencia económica y – lo que es más importante – trunca sus sueños de éxito, y ambición. Cuando, siguiendo a su director teatral, su destino se cruce con el matrimonio Castevet (Dianne Wiest y Kevin McNally) en el magnánimo edificio Bramford, su destino dará un giro de 180º.

Dianne Wiest, una cuestionable imitadora de Ruth Gordon.

Las temáticas principales de la obra original permanecen ciertamente intactas. Si en la obra original, Rosemary era una víctima manipulada por las ansias de poder de su marido, en este caso, Terry es quien sucumbe a esa necesidad de aceptación y triunfo. Esto, se refleja tanto en su necesidad de una familia, que en este caso cubrirían Minnie y Roman, como en su lucha por ser una estrella de la danza. Y aunque ese desarrollo temático se balanceé con cierta corrección uniendo la película original y aportando alguna que otra buena idea, el film nunca acaba teniendo una identidad propia ni siendo completamente fiel al universo de la película original.

Por un lado, la dirección artística es más que correcta e incluso conmueve volver a ver el piso de Rosemary tan bien recreado. Por otro lado, la propuesta estética y fotográfica carece de la textura realista y malsana de la original, transitando en este caso por terrenos mucho más convecionales del género. La directora parece mostrarse mucho más sumisa creativamente a los deseos del estudio, y nunca entramos en una atmósfera tan perturbadora como en su anterior film “Relic”, lo cual le hubiese venido como anillo al dedo a esta cinta. La introducción del universo de la danza, no es del todo desacertada y nos recuerda a otro film contemporáneo muy “Polanskiano”, “Cisne negro”, de Darren Aronofsky. Pero donde Aronofsky triunfaba es donde Erika James fracasa, ya que él optó por un trabajo de cámara mucho más cercano al espíritu de Polanski, cosa que James descarta desde los primeros compases de la cinta. “Cisne negro”, rodada en 16mm, con textura granulada y un profuso uso de la cámara en mano, está en las antípodas del trabajo realizado por el director de fotografía español Arnau Valls Colomer. Siendo exquisito, el trabajo de Colomer resulta mucho más “friendly”, huyendo en todo momento del feísmo y la incomodidad estética, algo en lo que “Rosemary´s baby” solo caía en sus primeras secuencias, a modo de despiste.

La película, introduce como novedad, el mundo de la danza.

Y por un lado, me parece bien desmarcarse parcialmente de la original, pero esto es profundamente contradictorio cuando se toman otras decisiones casi plagiadas de la misma. Por no hablar de esos “nuevos” Minnie y Roman, algo bastante desacertado a rasgos generales. Dianne Wiest es una actriz maravillosa, pero no es una buena elección para imitar a Ruth Gordon. En todo momento se puede apreciar como no ha hecho una construcción del personaje, sino que se limita a poner el tono de voz como la Minnie Castevet original, cuando físicamente no se le acerca lo más mínimo. Esto, crea una molesta disonancia haciéndonos sentir que estamos ante casi una parodia de la original.

Son suficientes elementos para considerar esta precuela como un producto ampliamente fallido, que no se decide de qué lado quiere estar. Probablemente sirva para atraer a las nuevas audiencias a la película original, ya que el final entronca directamente con esta. Parece ser la intención de la productora, al llevar a cabo una película que no esconde en ningún momento la estética de terror “mainstream” reconocible por el público más joven.

Si lo consiguen, bien por ellos, ya que “Rosemary” solo hay una, y merece la pena ser revisionada las veces que sea necesario. Únicamente me entristece el hecho de asistir a la sepultura creativa de una directora tan talentosa como Natalie Erika James, quien – estoy seguro – que podría haber realizado algo mucho más interesante si hubiese tenido más carta blanca por parte del estudio. Aunque realmente, eso nunca lo sabremos, y tendremos que esperar al próximo proyecto de la cineasta mientras esperamos si, en algún momento, el diablo creado por Levin tendrá alguna otra adaptación a la altura del gran trabajo filmado por el maestro polaco.

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