Clasificar las películas por género suele ser un desafío. Muchos directores se resisten a ser encasillados, otros abrazan el ser parte de una tradición. Y desde el punto de vista de los espectadores también puede haber confusión porque coexisten los referentes más puros con aquellas obras en las que se mezclan diversos elementos ¿Qué identificar y cómo hacerlo?
Núcleos comunes
Lo más importante que tenemos que saber es que a la hora de analizar géneros lo que hacemos es identificar núcleos comunes en su temática y su forma. Cuando decimos “núcleos comunes” estamos hablando de características repetidas en distintas películas de forma tal que se nos hace fácil agruparlas por esas similitudes. Cuando lo vemos en una nueva película rápidamente se nos viene la idea de que estamos frente a un género particular. Vamos a poner un ejemplo:
Si en un film gran parte de las acciones transcurren de noche, si la trama está motorizada por los ruidos, sombras y el miedo de sus protagonistas, predomina la oscuridad, la música colabora con la tensión y hay muchos silencios incómodos, es probable que ya nos hagamos una idea de que estamos dentro del terror. Pero si en cambio vemos colores cálidos, una trama más diurna motorizada por la química de entre dos personajes y la sensación de sensualidad, planos más cerrados y atentos al rostro o específicamente las miradas y la boca… probablemente estemos dentro de una película romántica.
Esto sucede por dos cosas, si nos basamos en “Los géneros cinematográficos” de Rick Altman (una lectura básica para empezar a hablar de géneros) nos vamos a encontrar con la siguiente argumentación: desde el lado de las producciones, el género funciona como una estructura o entramado formal sobre el que se construyen las películas. Y desde el punto de vista del espectador, el género es una especie de contrato o posición espectatorial que favorece a la asimilación de sus códigos.
No quiere decir que siempre se usen todos los códigos, sería una exageración y una afirmación demasiado categórica, pero para poder considerarlas dentro de un género u otro significa que hay presencia de varios bien identificables. Volviendo al terror, sabemos que muchas veces las historias se pueden dar alrededor de una familia que vive en una casa embrujada, como pueden ser El conjuro (James Wan, 2013), La maldición de Hill House (Mike Flanagan, 2018), Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) o Poltergeist (Tobe Hooper, 1982).
Pero también hay otras construcciones que pueden identificarse dentro del terror: el mundo de la fe como El exorcista (William Friedkin, 1973), La monja (Corin Hardy, 2018) o El rito (Mikael Håfström, 2011) y esto es el resultado de agrupar por lo que antes diferenciamos entre núcleos formales por un lado y temáticos por otro.
Cuando hablamos de “núcleo formal” nos referimos a recursos técnicos comúnmente usados en esas películas: tipo de luz, encuadres, colores, estereotipos, recursos sonoros, estructuras, etcétera. Y cuando decimos “núcleos temáticos” estamos haciendo referencia a los contenidos que suelen abordarse, por ejemplo suelen compartir tipos de conflictos y subtemas.
Vamos a pensar en los géneros como un delineado que contiene algunos elementos dramáticos y estéticos puntuales que construyen una característica expresiva para un mundo específico, esos mundos dentro de esos géneros mantienen reglas propias que, en la repetición se hacen identificables y verosímiles para su propia lógica, por ejemplo que en los musicales los números de canto y baile existen para la narración pero no para los personajes.

Subgéneros
Pero los géneros tienen mucha historia, más historia que el cine inclusive si nos remontamos a la clasificaciones originarias de la tradicional tragedia y comedia, o toda la tradición literaria. Y el tiempo dio lugar a nuevas exploraciones dentro de cada uno de ellos. Muchas películas pertenecen a un género pero tienen ciertas distinciones que las hacen ser parte de un submundo específico, crean su propia lógica dentro de la lógica matriz. Estos son los subgéneros.
Así es como dentro del terror podemos encontrarnos por ejemplo con el slasher donde el foco está puesto en un asesino y las singularidades de su propia lógica es que el villano suele llevar máscara, hay un alto componente de sangre, las víctimas son grupos de personas lo que permite prolongar por turnos cada ataque e ir descartando personajes hasta llegar a la figura de la “final girl”, también suelen estar protagonizadas por jóvenes de vacaciones en lugares aislados: Halloween (John Carpenter, 1978), Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980), Scream (Wes Craven, 1996).
Para no enfocarnos tanto en el terror podemos observar también al melodrama como subgénero del drama. El elemento clave del drama es que un personaje se vea envuelto en una tragedia que no pueda evitar y su único camino a trascender ese momento es atravesando de lleno el dolor: duelos, enfermedades, etcétera. Y el melodrama mantiene esto pero lo lleva a otro nivel, los personajes viven de forma extrema sus emociones y se genera una desproporción entre el sentimiento y la acción: aman apasionadamente, odian con todas sus fuerzas, lloran a los gritos, como para graficarlo de forma intensa.
Esto se puede ver mucho en las telenovelas, pero también hay buenos exponentes del cine y las series contemporáneas que dejaron de subestimar este subgénero y se lo tomaron en serio: La quietud (Pablo Trapero, 2018), The White Lotus (Mike White, 2018).

Mezclas
Retomando el texto de Altman, el autor en un momento dice “la historia del cine podría haber conducido al estudio de los géneros cinematográficos hacia las ideas románticas de la hibridación de géneros, pero los programas teóricos adoptados por los críticos de los géneros parten de una escrupulosa adhesión a la preceptiva clásica, no sólo en las distinciones entre géneros, sino también al entender la creación como un acto que se basa en un conjunto de normas”, esto se mete de lleno con la pureza de ciertos conceptos que sólo buscan encasillar de forma cerrada. Siempre se vuelve sobre la pregunta de si existen los géneros puros o verdaderamente cuántas películas pueden responder a esas condiciones.
Y es que en las artes la rigidez no tiene mucho lugar y rápidamente se empiezan a elaborar posibles mixturas y allí es donde se combinan novedosas posibilidades y los géneros puros no alcanzan para explicar algunas obras.
Un lindo ejemplo es Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004) que comienza como una comedia romántica donde vemos a Shaun sufriendo por su reciente separación, pensando qué hacer para recuperar el amor de Liz: tenemos la pareja, los amigos que ayudan (o no), el desafío romántico… Pero rápidamente vemos de fondo que, aunque los protagonistas aún no se dieron cuenta, estamos dentro de una película de terror de zombies que se desenvuelve progresivamente. Una vez que estalla el problema de los zombies, se combina con la comedia romántica pero ahora el objetivo es salvarse de este ataque. Además, esta gran película nunca abandona la comedia como forma principal, por ende podemos entender que funciona como parodia de cada uno de esos géneros.
Es por eso que las agrupaciones por género que hacemos cuando presentamos una película o la etiqueta que se pone en las plataformas para ubicar en una misma góndola varios títulos funcionan solo a modo de unificar criterios pero hay que entender que en la aplicación y en el análisis esto se complejiza pues los autores no están supeditados a esto.




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