ANTOLOGIA DESORDENADA DEL CINE ARGENTINO. Hoy: Señora de nadie (1982) 

A veces la espera se da sin que nos demos cuenta. Conviven la vida familiar y la traición, el contracanto del corazón y la rutina, la intuición y la normalidad. Después, como rompiendo el cristal del a veces, descubrimos sin querer un secreto y del trauma de saberlo nos vamos patinando a una especie de liberación tranquila, un cambio pragmático y sin estridencias que nos deja en otro lugar. Lo que pasa es que ahí hay que empezar de nuevo y nada nos garantiza que no vamos a vivir otra vez una vida en parte injusta, aburrida y olvidable. ¿Cómo hacer entonces? Esta película se pregunta eso y no se lo responde del todo.

Leonor (Luisina Brando) es madre de dos hijos, nunca trabajó, pero gobernó su casa como nadie. Pulcra pero vívida, moderna y activa, la casa es como la base de lo que quiere hacer y no puede. En realidad no sabe lo que quiere hacer porque está tranquila así: marido, hijos, rutina y nada más. Si la película empieza con una escena filmada desde la perspectiva de una habitación matrimonial, de mañana, en la que prima una cama en la que la están pasando bien, por así decirlo, es para advertir que en medio de tanta buenaventura siempre hay un resquicio para la disrupción o la casualidad triste. Es que ese mismo día, después de desayunar con los hijos, descubre, por razones que no vienen al caso y sin querer, la infidelidad de su marido Fernando (Rodolfo Ranni), del que no conocemos la cara hasta bien entrada la película.

Inmediatamente Leonor increpa a la amante de su marido. Después vuelve a su casa, y custodiada por una cámara en mano inolvidable, la deja preparada, amojonada en cada ambiente con alguna instrucción precisa para el anodino arquitecto inutil, y no vuelve más. Se va a vivir a lo de una tía y sus señoras a una casa grande en Caballito. En el Pumper Nic de los arcos de Palermo, le cuenta a sus hijos lo que pasó con el marido, algo “de grandes” aunque los niños parecen entender todo lo que ella no quiere explicar. Consigue trabajo en una inmobiliaria. Curte con un picarón mentiroso (Hugo Carámbula) del que se aburre rápidamente. Se inscribe porque sí, pero buscando, en unas clases de psicodrama (muy en boga por entonces) y da con Pablo (Julio Chavez) un jóven huérfano de ascendencia burguesa y soñador, gay y prácticamente hippie de lo sensible e ingenuo que es. Esta relación de lealtad será la estructura moral que hilvana la historia.

Antes de seguir hay que decir que este film de María Luisa Bemberg es de 1982, cuando todavía el divorcio no era legal. Incluso el personaje de China Zorrilla, madre de Leonor, una especie de señora canchera bien psicoanalizada, también está separada y vive con su nuevo novio. Una dimensión omnipresente es la relación padres e hijos, a través de diferentes combinaciones y dramas.

De alguna manera, Leonor hace el camino de una renovación que la lleva a una nueva adolescencia. Pasa primero por la casa de los padres, duerme en lo de una amiga sexualmente libre a la que hacía mucho que no veía, se queda en lo de la tía que vive con siete tías más, intenta alquilar un departamento pero no puede porque no tiene papeles ni plata. El rostro, el look, los ademanes y la voz de Leonor se van transformando con los minutos. Mucho de ella se transforma, incluso la relación con sus hijos, a los que con cierta pena les dice que no estará en las noches para darles un beso antes de dormir. El cambio de Leonor como mamá pasa, principalmente, por su salida de la casa, y eso parece tender a otra forma de la amistad, a un amor de madre que sabe de tristeza pero también de dulzura. Una tarde cuida al hijo más chiquito que tiene fiebre y está en cama; él le dice que la ve más linda que nunca. Puede haber ahí un punto de quiebre, un momento familiar para que, de la familia, el afecto se desparrame hacia espacios menos conocidos.

Hay que decir que todo se enreda cuando vuelve a ver a su marido, sin querer, en una fiesta. Esa es una escena de contradicciones donde toda la historia parece hundirse pero flota en una conversación de estirpe bergmaniana, en una habitación con leños y fuego de fondo, en alguna playa en invierno.

Si hubiese terminado así todo hubiese terminado mal. Aunque no sé qué significa el mal, ni mucho menos el bien, es una manera de decir que Señora de nadie prima por su frescura, que se ve amenazada, varias veces, por la abulia de la historia sencilla y piadosa. El movimiento del relato se mantiene porque ella no es curiosa, sino que quiere serlo. ¿Pero curiosa de qué? Leonor busca tener amigos, se dice de nadie para ser de ella misma, para tener un placard que pintar y mancharse las manos aunque sepamos que en ella siempre hay una intención delicada. Se postula una idea de la crisis que se ocupa de ver más el nuevo lado de la frontera que el tedio depresivo de la que se topa con ella pensando que no hay nada más. Hay de todo, la frontera ya se pasó, pero la conciencia no pasa. El personaje rumbea para una esquina que es un bar y la sede de un estoicismo logrado a base de interpretaciones lo suficientemente tensas de sí misma como para que la mantengan viva.

Antes de terminar, dos cosas: la primera, es que Bemberg estrenará, dos años después, una película taquillerísima y muy debatida, en la que revisa al rosismo, a la iglesia y al amor. Se llama Camila.

La otra, es una pequeña consideración que me gustaría hacer sobre el artista Guillermo Iuso y un aforismo superior que alguna vez escribió: “Todo pendiente y no es así”. Si imagino un afiche para el relanzamiento de Señora de nadie en el siglo XXI (pongamos en el cine Gaumont, si no lo cierra el gobierno insuperable y penoso que dio con la Argentina) pondría esa frase casi como amiga madre, arriba a la izquierda, como un prólogo o proclama inicial. Porque nos dice sobre la conversación entre lo que creemos haber sido y lo que todavía seguimos siendo sin saberlo. Ni hablar de lo que vamos a ser. Leonor no sabe qué va a ser pero hace algo con eso. No sabe qué le gusta de las personas pero elige a su mejor amigo para que acompañe todo. Del pasado no queda pendiente nada, o mejor dicho: queda pendiente seguir encontrando los pequeños nudos que nunca va a poder resolver, por lo tanto ni se preocupa. De lo que se ocupa es de profundizar las condiciones, a su manera, con su templanza, para que Buenos Aires sea el lugar donde caminar, tomar café, pasear con sus hijos, ir a fiestas, tener amantes, visitar en el geriátrico a una parienta dulce, tomar taxi los primeros días del mes, alquilar un buen dos ambientes en su mente y decirse a sí misma que es de nadie, porque no sabe de quién quiere ser. Y porque está bien así.

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