¡Esto es perfecto! ¡Esto es un Dalí! (Daaaaaalí!, 2023) Spoilers

“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio,

puede identificársele por este signo:

todos los necios se conjuran contra él”

-Jonathan Swift

“Es una profesión inexistente” le responde Salvador –Dalí, por supuesto- a Judith Rochant (interpretada por Anaïs Demoustier) cuando esta trata de explicarle que ella no es una actriz profesional: “¿¡Actor!? Es una invención total”. Esto ocurre durante el marco de una accidentada seguidilla de entrevistas que Judith, una farmaceuta devenida en aspirante a documentalista, intenta realizar junto con el surrealista catalán (interpretado a seis bandas entre Gilles Lellouche, Édouard Baer, Jonathan Cohen, Pio Marmaï, Didier Flamand y Boris Gillot) a fin de componerle un retrato biográfico. El resultado es, en primera instancia, improductivo además de desastroso y es desde donde arranca Daaaaaalí! (2023) del director francófono Quentin Dupieux.

Fiel al estilo dadaísta de su realizador –la ascendencia de la película puede ser rastreada hasta El discreto encanto de la burguesía y Ese oscuro objeto del deseo de Buñuel, Being John Malkovich de Kaufman o Poesía sin fin de Jodorowsky-, la naturaleza de la película consiste en su mayoría de historietas en apariencia desarregladas (peculiaridad de las instancias oníricas en el surrealismo) pero que una vez deconstruidas (lo que es igual a decir armadas de otra manera) revelan una serie de comentarios acerca de las características aparentemente contradictorias de la realidad. Se vuelve entonces una súper-narrativa.

Particularmente categórica es su postura acerca de la condición del genio tanto como figura que como concepto; de hecho, ya adelantamos al abrir que hay instalada en las exposiciones de la cinta una cierta incredulidad en cuanto al valor del intérprete. No porque el pintor considere que no existan actores -no realmente-, sino que todo lo contrario: lo que no hay es una profesión que singularice al actor porque, más bien, en realidad, todos los seres humanos somos intérpretes. A modo de explicación análoga podemos recurrir al concepto literario del theatrum mundi (o el teatro del mundo).

Como su nombre advierte, este sirve como una explicación determinista de la naturaleza del universo y lo existente: el mundo es un escenario previamente dispuesto para nosotros, los seres humanos y en el que cada uno posee un rol asignado de manera invariable que debemos de ejecutar con curada precisión y exactitud. Naturalmente qué el papel recaiga sobre nosotros es apenas una cuestión de suerte –bien podemos ser soldados como reyes o esclavos o artistas-, lo que emparenta a este teatro metafísico con otro concepto de la tradición escolástica: la rota fortunae o rueda de la fortuna y que mella de forma prácticamente total cuestiones como el mérito, el escepticismo y la libertad (tan apreciados en la hípermodernidad).

En primera instancia, la aplicación práctica de la filosofía es de índole antropogénica: ayudarnos a actuar mejor y tomar mejores decisiones en situaciones difíciles. Por ello es que resulta contra intuitivo que sea ella la que se encargue de presentarnos un universo completamente lógico -donde se acepta la existencia de una cadena de causas y efectos- y por ende, completamente determinado o lo que es lo mismo que decir: completamente ensayado. Comenta Crisipo de Solos: “(…) el universo es una eterna repetición de causas y efectos: todo ya fue, todo volverá a ser, siempre igual”.

Aunque fatalista para el común denominador de los críticos del determinismo (entre los que se podrían contar pensadores como David Hume y Augusto Comte), hay una auténtica agudeza y chispa en el asunto. Para ello, podemos usar un ejemplo muy sencillo y que sigue la misma lógica que Crisipo: si tú, amable lector, ya has llegado hasta este trecho del artículo, es porque ya esta decidido que lo terminarás. Naturalmente no puedo predecir algo así con convencimiento ya que desconozco las causas y efectos externos a mí pero lo que sí puedo asegurar es que indistintamente de sí terminas o no la lectura, este será el camino que ha sido inexorablemente dispuesto para que lo recorras.

El determinismo no se trata de un encadenamiento a las causas –eso se da por sentado- sino de la convicción de que por lo menos podemos aspirar a un conocimiento pleno de estas para poder vivir más seguros en nuestros propios pellejos e interpretar mejor nuestros papeles. Spinoza lo explica mejor al decir que “es imposible que el hombre deje de ser una parte de la naturaleza y que no siga el orden común de ella. De todas maneras, si convive con individuos que concuerden con su propia naturaleza de hombre, su potencia de obrar resultará mantenida y estimulada, pero si por el contrario, convive con individuos que no concuerdan en nada con su naturaleza, será muy difícil que pueda adaptarse a ellos sin una importante mudanza de sí mismo”.

Esto implica que dentro de todos nosotros existe una inclinación natural, una pulsión que debemos de alimentar a fin de explotarla y para ello, primero debemos de conocerla. Negarlo sería el equivalente de negar una posibilidad –la única posibilidad, de hecho-. Lo que el theatrum mundi detecta dentro de cada uno de manera automática no nos deja indefensos sino que todo lo contrario: esta asignación nos ayuda a encontrar nuestra naturaleza y entorno favorables. “¡Sapere aude!” termina por rematar Immanuel Kant en ¿Qué es la Ilustración?: “Ten el valor de servirte”.

Para pensadores más fundacionales como Heráclito, estas características que debemos de conocer de manera imperativa son directamente trascendentales o cósmicas: estaban dispuestas a ocurrir tal y como ocurrieron desde el momento en que comenzó a girar la rueda de la fortuna –pensamientos, observaciones, conductas y aptitudes son el resultado de la distribución de materia y energía a lo largo del tiempo-.

Por lo tanto, conceptos como el mérito, el esfuerzo, la inteligencia o la culpa y la moralidad son más bien difusos porque, en todo este tiempo, nadie ha ganado realmente nada: llegar a decir que somos productos de nuestras decisiones termina por equivaler a decir que también somos productos de nuestras condiciones externas.

Es entonces que (finalmente) remontamos sobre el asunto de la genialidad, de Daaaaaalí! y del ya citado Kant quien, en su libro Crítica del juicio, determina que “el genio es el don natural que da dominio sobre el arte (…) el talento o el poder creador que posee el artista es innato, y pertenece por tanto a la naturaleza (…) el genio es la cualidad innata del espíritu (ingenium), por lo cual la naturaleza da la regla del arte”. La resonancia de esta premisa con el determinismo de Spinoza es evidente ya que se expresa que la genialidad es una facultad productiva (no una aptitud mental); un dote del universo.

La esencia de la genialidad esta dispuesta y de lo que requiere es de un conducto que permita desarrollarla -en lugar de forzarla-. En este sentido, el genio kantiano y la forma en que Salvador es retratado a lo largo de la cinta (de forma invariable a pesar del intercambio de actores) no son significativamente distintas: es un asunto picaresco y casi mitológico (esto en relación a las musas y la bilis negra en la teoría de Hipócrates) en donde el pintor no solo esta al tanto de su genialidad sino que la encarna, elevándose con arrogancia y trascendencia por encima de los demás.

En un par de ocasiones, Salvador explica que sus arrebatos son “ausencias místico-divinas” que le son concedidas de manera algo perturbadora y que además “lo que se erige sobre los logros de Dalí es la personalidad de Dalí. El Dalí personaje es por mucho superior al Dalí filósofo, al Dalí metafísico, al Dalí pintor. Es justo decirlo”. Todavía más: ocurre que durante el primer acto y tras una primera entrevista abortada por el propio artista, Judith, la periodista, telefonea a su casa con la convicción de poder convencerle para un reencuentro. Este responde diciendo que: “¿Sabes algo? A los artistas de mi calibre siempre les molestan las personas corrientes”.

El detalle es que, aunque Dalí se niegue a consumar esta opinión a lo largo de la cinta, Judith no es alguien normal (incluso si ella llega a admitirlo). Muy por el contrario, ella ha abandonado una profesión “corriente” previa porque la encontraba “agotadora”; porque por mucho que Dalí lo considere abisalmente aburrido, la realización del documental no es algo banal sino que una bisagra fundamental de su vida. Ella todavía no es consciente de ello, pero ella también esta inclinada a ser una genio.

¿Pero cómo adivinarlo? Los propios Kant y Dalí afirmaron en su tiempo que el gran arte es incapaz de responder a la pregunta sobre cómo fue conjurado: “Que no conozca el significado de mi arte, no significa que no lo tenga”. Afortunadamente, fiel a la tradición determinista de conocer las causas, Kant se animó a intentar listar las propiedades que él consideraba hacen resaltar a los genios de entre la multitud. En principio dice que son originales (1) y que por medio de su talento, son capaces de engendrar algo irreproducible –aurático diría Walter Benjamin- y que será su única medida.

La película da cuenta de esta idea a lo largo de una trama paralela en donde, tras haber sido invitado a una cena en casa de su jardinero (Georges), Salvador se encuentra escuchando un sueño que tuvo el acompañante del primero, el padre Jacques, afirmándosele que de seguro inspirará una obra maestra. El pintor responde tácitamente que “puede que no (…) ¿realmente piensas que Dalí requiere de alguna otra persona que no sea él para imaginar algo?”.

Dalí continúa en varias ocasiones, afirmando que sí de hecho pintara el sueño del cura, sería algo vulgar, decadente, sin trascendencia y poco original. Cuando termina por encontrarse con la diminuta pieza en lienzo, Salvador siempre exclama horrorizado, asegurando que él jamás podría haber pintado algo tan corriente.

Salvador fue formado en los modos tradicionales de la pintura (estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en su juventud solía visitar el Museo del Prado todos los domingos para contemplar a los grandes maestros) pero llegada la segunda mitad de los años veinte, la influencia del surrealismo de Breton creció en él y optó por desechar los libros de reglas y los modelos apolíneos para favorecer un movimiento que le daría a su estilo una madurez solo equiparable a su genio natural. Algo similar le ocurre a Judith en el filme: a raíz de las desavenencias de Salvador, ella se ve empujada a romper con la estructura tradicional de la entrevista para, entre todo, poder rescatar de sus encuentros algo con significado y valor tanto para ella como para el pintor; es entonces que llega a un subrepticio: una entrevista en donde las preguntas las hace el entrevistado.

Este nuevo sistema conforma entonces la segunda característica del genio: es capaz de marcar pauta (2); plantillas que sin embargo serán incapaces de equipararse al original en cuanto carecen de su aura y solo sirven para estimar el genio del primero. “Todos los pintores modernos están totalmente engullidos por la decadencia que define nuestra era” dice Salvador en un momento de la película que, debido a su parentesco con el cine de Buñuel, Jodorowsky e incluso el de Lynch, no resulta tampoco en algo flameante –aunque sí sea absolutamente encantadora-.

Kant agrega a sus observaciones del genio que este es, evidentemente, artístico (3) ya que el arte, a diferencia de las ciencias, no puede ser enseñado, no realmente –recordemos que es innato- y esa sería la razón por la que, conforme Judith trata de seguir las indicaciones de otras personas como Jeróme (su productor), Lucie (su asistente) o el mismo Salvador acerca de cómo realizar el documental, esta puesta a fallar ya que la imitación (característica del aprendizaje) es lo opuesto de la creación y que además, como ya comentamos, un trabajo con base en un modelo original jamás alcanzara la totalidad –quizás a raíz de ello es la elección de hacer de Judith una documentalista en lugar de una artista plástica-.

El genio no conoce el origen de su genialidad porque estaba predeterminada y por lo tanto, el alumno nunca se convertirá en maestro pero tampoco el maestro en alumno. "El genio es necesario a fin de producir una pieza de arte hermosa” sentencia Kant, haciendo ver además la potencia de la genialidad que puede hacer de algo repulsivo como la personalidad e interpretación de Dalí, algo hipnótico: “Seré tan claro como el agua de un arroyo. Tú no me puedes hacer cambiar de parecer. Desafortunadamente careces absolutamente de ese poder. Dalí cambiará de parecer solo cuando él lo deseé y solamente cuando tenga la íntima y profunda convicción de que debe de cambiar su parecer. Eso será exactamente mañana, domingo, alrededor de las cuatro y quince. Adiós”.

Finalmente, el genio es, como ya se había mencionado, completamente natural (4). Es prácticamente imposible (o al menos esa es mi lectura) definir cuantitativamente cómo una obra de arte alcanza cuotas de maestría. Lo que los artistas sí tienen claro es que previo a ello, hubo un influjo de algún tipo, una pulsión que los inclinó hacia la actualidad; en el caso de Judith, en un aparente capricho, se agendó la labor de realizar una pieza fílmico-biográfica sin entrenamiento previo y con un sujeto protagónico tan frustrante.

El hecho, sin embargo, es que su genio había sido activado por la diosa Fortuna (y reafirmado por sus interacciones con Salvador) e incluso a falta de un manual, de las improvisaciones, de ser despedida de la producción, de la humillación constante y de cuestionar cada una de sus decisiones (“¿Por qué decidí hacer una película? ¿Cómo pude pensar que era posible? Ni siquiera puedo usar una cámara”), su film esta destinado a estrenarse. No solo porque así este dispuesto sino porque su propio talento (oculto hasta de ella) la conduce a esa realidad; tratar de negarlo sería un absurdo: “Nunca he filmado nada, no es lo mío”, salvo que sí lo es.

De igual forma, la gratuidad con la que es encarnado Dalí sirve de testimonio para la forma en que una naturaleza trascendental trabaja por medio de él: una espontaneidad que no solo se refleja en su trabajo sino que en la integración de instancias psíquicas como el Yo, el Ego, la Máscara y la Sombra para obtener un dominio total del rol de Salvador Dalí, su pieza de arte más acabada y que demuestra el entendimiento más profundo del surrealismo: el momentum de la creación en que vive el propio Salvador, del cual es consciente y que le sirve de inspiración eterna ya que se trata de sí mismo. “Dalí es probablemente –que yo soy probablemente- y lo digo con toda sinceridad, con total honestidad, el único artista con vida en este miserable y patético planeta”.

Bibliografía:

  • Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Distrito Federal, México: Editorial Ítaca.
  • Dalí, S. (1993). Vida secreta de Salvador Dalí. Barcelona, España: Editorial Antártida.
  • Gregor, M, ed. Practical Philosophy. (1999). Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press.
  • Rey Hazas, A.; Sevilla, F. (1991). «Introducción» a El gran teatro del mundo. Barcelona, España: Planeta.
  • Spinoza, B. (2000). Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid, España: Trotta.

¡Uf, hermosa lectora, hermoso lector! Si yo me he agotado escribiéndolo, imagino que tu lo estarás el doble de leerlo. Te pido sepas perdonar lo extenso, intenso y desconcatenado de este artículo porque lo sentí importante; más que por el tema (que en sí ha forjado no solo varias de mis posturas “académicas” sino que mi forma de experimentar la vida desde la primera vez que escuché hablar acerca del determinismo o que tomé un libro de filosofía entre las manos) por la cinta, que aunque proyectada por primera vez en el Festival Internacional de Venecia del año pasado, tuvo su estreno en salas recién ahora, en 2024.

Este ha sido un año particularmente espeluznante para mí (cuidado no el que más en toda mi vida) y uno de los motivos es que me he visto privado de asistir a una sala de cine -que viene siendo algo así como mi segunda casa, sea la sala que sea-. Por ende, he estado escaso de estrenos: películas que esperaba con muchas ansias pasaron a un décimo plano por razones íntimas, personales y espirituales. Aún así, a quienes nos toca su influjo, no podemos escapar perennemente del proyector, incluso en el ostracismo de nuestros hogares. Daaaaaalí! me encontró y al hacerlo, risueña y divertida, se volvió mi cinta favorita de lo poco que he visto en el año y por eso sentí mi deber el devolver lo que me hizo sentir. Hacerla de dominio público por medio de mi escritura (aunque esta última resulte repugnante). Además, no puedo dejar de rogarles que escuchen el diminuto soundtrack de la cinta -apenas dos temas- ya que fue compuesto por Thomas Bangalter, ex-Daft Punk, por lo que es una delicia en sí mismo.

Espero también que el tópico del determinismo y el genio enfrentado al mérito despierte, aunque sea, un pequeño debate en quienes hayan alcanzado este punto. Si te animas a compartir tu opinión, me harías extremadamente feliz: ¿acaso sientes, presientes, que eres maestro de tus acciones, de tus pasiones? ¿O mis palabras te han hecho volverte a plantear aquello del libre albedrío? Sí por el contrario, te interesa comentarme acerca del genio catalán, puedes decirme cuál de sus pinturas es tu favorita. De cualquier forma, lo que más disfruto de escribir es leerlos a ustedes. Si lo que gustas es hablarme de forma privada, puedes hacerlo por Reddit: u/Acaso1mporta.

Por millonésima vez el día de hoy te molesto en cuanto, de ser posible, te animes a seguirme para que estemos en contacto y si de verdad disfrutaste el artículo (pero solo si enserio te gusto), lo compartas entre tus amistades. Así tendré un feedback más completo y entre todos, haremos un mejor trabajo la próxima vez que publique algo.

Hermosa lectora, hermoso lector: un abrazote y aloha.

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