El hombre que amaba los platos voladores: Elijo creer  

Al igual que el Dr. Jones en Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984), José De Zer está en un musical al inicio de El hombre que amaba los platos voladores. Específicamente en el ensayo de un número musical para una revista porteña durante la década de los 80, y la aclaración es pertinente porque en la vida de De Zer todo merece una información de apoyatura, que explica o extiende más algo que se creía -en apariencia- de una manera y no de otra.

Como sucede con la tendencia de los últimos años, en las películas biográficas se hace un estudio sobre la veracidad de los hechos presentados: si son fieles a lo que sucedió realmente, si hay exageraciones, si algunas situaciones tienen solo fines narrativos y así diversas variantes que circundan el eje de reconstrucción verdadera. Lo peor se desata cuando una película de este estilo recibe una valoración negativa por moldear un fragmento de una vida a una conveniencia dramática, que escapa a la pureza de los acontecimientos ocurridos. El personaje de José De Zer es inconmensurable para un relato cinematográfico, más aún si se considera cuáles son los estándares de formato para una plataforma como Netflix; es una película de 90 minutos o son 6 capítulos de media hora. Si hacemos un recorte de su período “Nuevediario”, lo que nos encontramos es como una serie de historias ubicadas en un espectro amplió de lo paranormal, la fe y el sensacionalismo, fundamentalmente como tono de todas sus creaciones.

Diego Lerman optó por la historia más popular sobre este emprendedor del periodismo televisivo amarillista, mucho antes que Crónica TV en la década de 1990 o que todos los canales de noticias en los tiempos actuales. Tal historia es la del Cerro Uritorco en Capilla del Monte, provincia de Córdoba. La versión oficial cuenta que De Zer (un espléndido Leonardo Sbaraglia) veía poco movimiento para su trabajo de movilero encargado de cubrir la temporada de verano en Villa Carlos Paz, es por ello que tiene la ocurrencia de prender fuego unos pastizales en el cerro y construir, a partir de las marcas dejadas, una fabulación sobre huellas de ovnis halladas en ese lugar. Mientras que la versión escrita por Lerman y Adrian Biniez (director de El 5 de Talleres, entre otras) ubica a De Zer como un personaje al que una cooperativa del lugar busca para hacer una nota alusiva a los atractivos turísticos del cerro. Al llegar se encuentra con una serie de marcas en forma de círculos, a las que inmediatamente él atribuye a un objeto volador no identificado. Desde ese disparador inicia un camino donde la línea entre realidad y ficción se borra parcialmente.

Al mejor estilo Don Quijote, De Zer tiene a su escudero que lo secunda en las aventuras, el Chango (interpretado por el gran Sergio Prina), un hombre con creencias religiosas y buen amigo, especialmente, porque además de ser un confidente es alguien preocupado por la salud de un hombre con una vida vectorizada por el caos: mal dormido, fumador empedernido y con una salud frágil. Un hombre al que las 24 horas le son insuficientes para mantener su ritmo alocado de trabajo.

De manera inteligente, Lerman hace una puesta en valor del estilo inédito que De Zer trajo a la televisión argentina, la cual en los 80 mantenía un espíritu conservador atravesado por la censura de la última Dictadura Cívico Militar. La creatividad afloraba, no obstante, la audacia para emular formatos más crudos estaba en un llano. Ni hablar de los programas emitidos durante el horario de protección al menor, el cual duraba hasta las 22 hs. Hay un doble mérito de este periodista en incluir en un noticiero de mediodía segmentos relacionados con una marginalidad propia de un programa sensacionalista. Por supuesto los niveles de audiencia de “Nuevediario” batían récords, el país se paraba para seguir las aventuras de José De Zer y su ladero, el Chango.

En El hombre que amaba los platos voladores, la comparación con Indiana Jones y el templo de la perdición funciona para emplazar el concepto de la escenificación de la historia dentro de una atmósfera enrarecida, ya que el punto de vista del “héroe” nunca se trastoca ni se modifica, y es uno bastante torcido sobre la percepción de los hechos. La batalla entre la creencia y la ficción se da cuando De Zer convence a todo el pueblo, claramente impactado por la llegada de un hombre de la televisión de Buenos Aires, quien es un verdadero “encantador de serpientes”, rebalsado de carisma y de una capacidad de oratoria única, imprescindible para convencer a todo el mundo.

A pesar de mantenerse en las fronteras de la historia del Uritorco, Lerman logra hacer una lectura acerca de la figura. En un momento de intimidad, De Zer le pregunta al Chango si cree que él está loco, previo a eso confirma que “sí, ya sé que soy un chanta”. La autoconciencia era una de las grandes cualidades, probablemente lo que le permitía ir a rincones muy oscuros en la fabricación de las historias periodísticas. Lo que entendía muy bien este personaje era que el periodismo podía ser entretenimiento también, nadie que veía con esos binoculares los segmentos en el noticiero podía creer que estaba en presencia de un hecho real inédito, y que justo alguien como José De Zer era el único periodista para cubrir el avistamiento de un ovni, un exorcismo o la aparición de una entidad maligna en una casa embrujada. Todo podía pasar en este maravilloso mundo de “las dos caras de la verdad”, como rezaba el slogan de “Nuevediario”, un concepto copiado por muchos.

Resultaba un gran interrogante qué podía hacer Diego Lerman con una historia de este tipo. Su antecedente inmediato es El suplente con Juan Minujín en la piel de un docente sustituto obligado a involucrarse con uno de sus alumnos cuando uno de ellos es amenazado por un narco. Más para atrás tenemos: Una especie de familia (2017), Refugiado (2014), La mirada invisible (2010), Mientras tanto (2006) y Tan de repente (2002), la que podría considerarse dentro del fenómeno “Nuevo Cine Argentino de los 90”. Es decir, ninguna de sus películas siquiera había sobrevolado algún borde de lo que podría ser una aventura de José de Zer.

De vuelta al concepto de recorte, en la elección positiva de Lerman también se entiende qué es lo quedó afuera de su película. En ese gran fuera de campo está la vida turbulenta de De Zer como personaje desprolijo -por ser cariñosos- en su rol de padre. Era sabida su doble vida: tenía dos familias y dos DNI (Documento Nacional de Identidad), también en ese aspecto es que resuena la necesidad de sumarle más horas a sus ya largas jornadas por motivos laborales. El eje propuesto está en la necesidad de creer, en forzar los límites para alcanzar lo que parece imposible, incluso cuando la mirada de todo aquello que se presenta bien de frente esté nublada. Que una plataforma como Netflix haya apostado por contar una parte de la vida de un personaje muy particular y gris de la cultura argentina es motivo de celebración.

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