¿Debe dar miedo el cine de terror? 

La respuesta es obvia, dirán ustedes, ¡por supuesto que sí! Es cine de terror, ¿no? TERROR. T-E-R-R-O-R. ¡TERROR! Parece claro. Pero ¿por qué no nos hacemos la misma pregunta con el drama o la comedia? ¿Debe el drama conmover siempre? Sería imposible que lo hiciera, pues no todas las películas dramáticas lo pretenden. Unas buscan la reflexión, mientras que otras solo quieren mostrar la realidad de sus países, a menudo incomodando mucho más que cualquier cinta con fenómenos paranormales. ¿Debe la comedia hacernos reír cada vez que la veamos? Quizá las más simples, pero sabemos de comedias que también nos han hecho llorar.

Entonces, si tratamos de manera más compleja a otros géneros, ¿por qué al terror lo seguimos viendo como ese género que solo tiene como objetivo colocar en la pantalla algo que nos arruine la noche?

Fotograma de la película austriaca The Devil's Bath (2024), una cinta que no es aterradora por sus imágenes, sino por su contexto histórico.

Para comprender este paradigma cinematográfico debemos remontarnos a su historia, a los años en los que el cine comenzó a dar miedo. A finales del siglo XIX, por mencionar un ejemplo (quizá el primero), los hermanos Lumière presentaron una película donde llegaba un tren a su estación. Un mito muy extendido cuenta que la gente que presenció aquella proyección se asustó y que huyeron despavoridos de sus asientos. La reacción por parte de los Lumière habría sido inesperada.

Hoy nos parecerá gracioso que personas de 1895 se pudieran haber asustado así. Algunos alegarán que esto no es cierto, que bien sabía la gente del pasado lo que era una tela blanca y un proyector. Tontos no eran. Pero no nos interesa desmitificarlo. Lo que nos ocupa aquí es que fue de las primeras veces que el ser humano conoció el miedo en una sala.

Más tarde, resumiendo, vino el cine mudo alemán con El Gabinete del Doctor Caligari o Nosferatu. Después llegó el sonido y apareció Universal con sus monstruos como Drácula, Frankenstein, El Hombre Lobo o La Momia. Se apagan estos últimos un tiempo y, en pleno macartismo, hay de pronto una fiebre por los marcianos, el espacio y los platillos voladores debido al miedo a lo exterior, a lo de afuera. Y una vez que pensábamos que aquellas cosas nunca nos harían daño porque eran ficticias, viene Psycho y nos dice que un asesino podría verse como el chico tímido que escribe poemas y que podría esperarnos en cualquier motel de carretera.

Psycho (1960) fue muy exitosa por tener fama de “ser muy aterradora”.

Se consolidó el cine de terror, y sin importar si los peligros en pantalla fuesen posibles o no, nos quedó clara la premisa: que todas estas películas eran para pasar “un mal rato”. Todos gastaban en un boleto porque los expertos aseguraban que sentir miedo en un entorno seguro era cosa sana, además de divertida.

En fin, pasaron las décadas, vimos al cine progresar, otros países sin relación con Hollywood le dieron forma a sus leyendas, hubo mezclas con otros géneros, como la propia comedia, y nació la comedia de terror; y el propio cine de terror parió decenas de subgéneros más a los que hoy muchos rinden culto y otros no le ven la mínima gracia. Se puede decir que este género es ya tan rico y diverso como la cultura de una nación. Al final, sin embargo, tu amigo que odia Alien porque le parece lenta y anticuada cree que estas películas solo tienen un propósito: dar miedo. Si no lo cumple, no sirve.

¿Y tiene razón?

Antes de contestar esta pregunta, les contaré una anécdota. En 2015 se estrenó La Bruja, una cinta que parecía ordinaria: Nueva Inglaterra en el siglo XVII, juicios, superstición, bosques. La fórmula clásica de una cinta de Halloween, vaya. Parecía que Hollywood quería rehacer El Crisol pero a lo serio. Esto me llamó mucho la atención, desde luego. De modo que la vi y quedé impresionado. Me sorprendió tanta elegancia, tanta sofisticación. Las actuaciones me resultaban incluso extremas. Y había mucho cuidado por la fotografía y la ambientación. Además, ese final se quedó en mi memoria para bien; a pesar de haberla visto hace casi diez años, aún recuerdo los diálogos y los personajes. No puedo decir que me haya asustado, porque no suelo temer a la ficción, pero sí que gocé el visionado.

Sin embargo, cuando la película cobró relevancia entre los estudiantes de mi universidad, un compañero —conocido también por sus opiniones incendiarias y binarias— comenzó a convencernos de que no debíamos ir a verla, que era una absoluta porquería, además de pretenciosa, aburrida y horrible. Yo discutí con él y ambos terminados medio peleados. Creo que no nos dirigimos la palabra en dos horas. Me quise convencer de que él solo había buscado sustos fáciles, pues yo no solo había hallado una película de terror bien estructurada, sino que se me contaba la historia de una jovencita que batallaba con su propia identidad, a raíz de los prejuicios y acusaciones que los adultos infringían sobre ella. Después de todos estos años me avergüenzo de esa discusión, y hoy no me parece más que algo que pudo haberse evitado.

Anya Taylor-Joy interpretando a Thomasin, la joven protagonista de The Witch (2015).

¿Cuál es el propósito de esta anécdota?

No se trata de que el terror deba generar polémicas que refuerzan las redes sociales, sino de resaltar que Robert Eggers intentó contar una historia en el género más vilipendiado del cine (quizá por debajo de la animación). Tenía algo que decir. Lo hizo a su manera y se ganó detractores y fanáticos. Eso es digno de reconocimiento.

Podrá no gustarte La Bruja, lector. Tal vez piensas como mi excompañero. No se trata de debatir gustos y disgustos. Tampoco trato de dividir a la gente entre “fanáticos de James Wan” y “seguidores pretenciosos de A24”. De hecho odio estas dicotomías. Odio que cada vez que una película de terror se estrene y se vuelva popular el público se parta en bandos como si fuesen las elecciones presidenciales. A lo que voy es que el cine de terror, ya sea el de autor o el comercial, se ha vuelto una fuente innecesaria de polarización.

¿Y por qué?, te preguntarás.

Porque creo que todavía le cargamos el estigma de que este cine no puede ser más que un simple fantasma aterrorizando a quienes protagonicen. El miedo, pienso yo, es de las emociones más complejas que pueda experimentar el ser humano; lo que active tu sentido de alerta irá moldeado por tu propio cerebro. Parafraseando a Lovecraft, tememos a lo desconocido, a lo que no comprendemos, y si es mucho más grande que nosotros, seguro que nos mantendrá constantemente amenazados. Hay tantas posibilidades en esta básica premisa. Habrá realizadores que lo hagan de una manera muy rebuscada y habrá quienes den trabajos interesantes, digeribles para el gran público. Al final, esta diferenciación dependerá de los cinéfilos, tan diferentes como los planetas del universo.

Para terminar este punto, deberé agregar otro fenómeno que creo también ha empañado la evolución del cine de terror moderno: el marketing. ¿Cuántas veces hemos visto que viene una nueva película y las distribuidoras la venden como “la película más aterradora del año”? ¡Huy!, les encanta decir: «los espectadores han salido de la sala o se han vomitado». Y cuando tu amigo que odia Alien la ve, te dice: «Está sobrevalorada. No es para tanto. Ni da miedo. Yo me dormí en los primeros quince minutos. ¡No la veas, es una pérdida de tiempo!». La mala publicidad predispone a los espectadores, llevándoles a ignorar su propio criterio. Si les disgustó la película, no es porque ellos notaran recursos narrativos que no fueran de su agrado, sino que un pésimo anuncio les dijo que sentirían el “miedo más grande de su vida”. Y viene así la decepción. Pobre de la película si acaso quería contarte la historia de una mujer que sufre violencia, porque la gran mayoría de quienes la vieron ahora la odian por razones equivocadas.

Antes que nada, debemos comprender que en estas situaciones las distribuidoras intentan replicar lo que El Exorcista consiguió en su momento. Esta película sí que hizo a la gente vomitar en la sala, mientras que otros soportaron el frío de diciembre y una larga fila para verla. Pero fue su mérito propio, no la idea de un distribuidor codicioso y sin creatividad. Por favor, Hollywood, empresas de marketing, entiendan que la sociedad ha cambiado en cincuenta años. Hoy los niños ven peores cosas en internet. Y si bien las películas modernas pueden ser tan aterradoras como El Exorcista lo fue en su época, la valentía tiene mucho ego también.

Una fila de personas esperando ver El Exorcista en diciembre de 1973.

Pero, entonces, ¿debe asustarnos el cine de terror?

Hoy el cine de terror continúa siendo menospreciado, lamentablemente. Es un hecho. El cine en general está sujeto a los géneros, porque es un producto vendible, y asimismo es prisionero de lo que da miedo o no, según cada quien. Mientras a unos nos aterran los ahorcados, a otros les parecerá cliché ver unas piernas oscilando en el aire. Para la Academia no es más que un circo de efectos y sustos, por lo que consideran inútil premiarlo, a no ser que tenga un mensaje que les interese como en el caso de ¡Huye!

Cuando el cine intenta ponerse serio, artístico, incluso experimental, se le cataloga como intelectual o elevado, lo cual no está mal si el objetivo no es jerarquizar al público; es solo que, el cine, cuando no solo quiere generar dinero, pretende narrar. Sí, algunos cineastas pueden ser pretenciosos; a veces se les va la olla, lo admito. Pero el cine expresa, comunica, y el terror no ha sido excepción. Aunque no sea drama, también merece que esperemos algo de él, que no sea solo asustarnos. Que este no sea el único parámetro de su calidad, digo yo. Es triste aceptarlo, pero creo que al terror todavía le falta un trecho enorme para que lo tomemos en serio.

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