La amenza, el villano, el malo, el monstruo en el género de terror suele tener un sinfín de matices. Pueden ser físicamente intimidantes, emocionalmente espantosos, violentos, manipuladores, abyectos, paranormales, etc. Pero un hilo conductor constante es que todos son hombres, bueno, casi todos.
Puede que no tengamos el lujo de que se nos conceda una historia de fondo completamente desarrollada para cada criatura o antihéroe que alguna vez apareció en pantalla, pero normalmente podemos atribuir su inicio a dos escenarios: o son seres no humanos profundamente ajenos, que invaden nuestra normalidad y representan una amenaza externa a la sociedad, o hay monstruos creados por la sociedad, una amalgama de las trampas, la fealdad y las acciones de la humanidad que llevaron a una creación que refleja la basura que somos.
A menudo, esta perspectiva puede interpretarse como conservadora o reaccionaria, pero hay excepciones y eso ocurre cuando el centro de la acción lo protagoniza una mujer.
No llamaría a este subgénero de terror como “feminista” pero algo parecido a eso existe desde hace tiempo, en las últimas décadas hay ejemplos de films como "A Girl Walks Home Alone At Night", "Under the Skin", "Midsommar", "Ready or Not" y la trilogía “Pearl”.
El tema general aquí es: nuestra femme fatale ha sido agraviada y va a ejercer rabia, dolor y venganza. Es a través de la variedad de opciones que cada historia presenta que encontramos otro hilo conductor: la humanidad es un asco.
Tomemos como ejemplo a la película de Mitchell Lichtenstein de 2007 "Teeth", donde Dawn (Jess Weixler) es una adolescente estadounidense común y corriente, cuya proximidad a una planta de energía nuclear la convirtió en un ejemplo viviente del mito de la vagina dentata; una vagina con dientes.
Esta deformidad le da los medios para defenderse a instancias de los hombres que intentan aprovecharse sexualmente de ella. En una de las escenas mas polémicas se nos muestra a Dawn y a su hermanastro, Brad (John Hensley), cuando son niños pequeños sentados en una piscina inflable. Dawn no tiene más de 5 años en ese momento, Brad unos 7 u 8, cuando sufre una lesión mientras los dos niños se muestran mutuamente sus genitales; ya saben, como hacen los niños pequeños. Dawn no dice nada durante esta escena y no comete ningún acto de violencia que el público pueda ver. Todo lo que sabemos es que la mano del niño se encontró en un lugar donde no debería estar, y el cuerpo de Dawn la defendió, mordiendo la punta del dedo de Brad.
Luego volvemos a ver a Dawn, de 16 años, que ahora predica la abstinencia para niños y adolescentes de su comunidad. Este programa también disuade a los participantes de otras formas de intimidad, así como del placer autosatisfactorio. Sabiendo que este es probablemente un camino que Dawn ha seguido desde la infancia, podemos conjeturar que ella sabe tan poco sobre sus propias anomalías anatómicas como el público. Junto con un cuerpo cambiante y la falta de respuestas, la madre de Dawn sufre una enfermedad no especificada (que podemos atribuir a la proximidad de su casa a la planta de energía nuclear) que le impide ser capaz de estar presente para su hija.
Durante la educación sexual, las ilustraciones visuales de las vulvas en el libro de texto de cada estudiante han sido tapadas, mientras que las guías de órganos más fálicos están expuestas para que las aprendan y las comprendan. Entre su promesa de abstinencia, el sistema educativo que obstruye activamente la educación sexual integral y el impacto que tuvo la contaminación nuclear en el cuerpo físico de Dawn, nuestra protagonista se ha visto obligada a usar anteojeras para su propia existencia.
La primera interacción sexual de Dawn con otro chico que predica la pureza, Tobey (Hale Appleman), desafortunadamente, conduce a una agresión sexual. Sin embargo, esto hace que su anatomía "monstruosa" salga en su defensa, mutilando permanentemente a su agresor y deteniendo el asalto de inmediato. Los sueños de matrimonio, pureza y vida heteronormativa de Dawn se desmoronan, desmantelando su comprensión de sí misma, sus creencias y su cuerpo. Las instituciones de castidad se le caen cuando se da cuenta de que los principios del cristianismo en los que cree son incompatibles.
El "monstruo" que vive dentro de Dawn sirve para protegerla. Este monstruo es a la vez el subproducto y el contraste de problemas más grandes, creados por el hombre, relacionados con la violencia, el sexismo y los valores basados en la religión.
Así la veremos acceder a un nuevo poder, que en realidad es solo una sensación de autocomprensión. A medida que avanza la historia, Dawn desarrolla una sensación de control y es capaz de mostrar los dientes, literalmente, cada vez que se enfrenta a un encuentro no consensuado, doloroso o desagradable. Esencialmente, la última línea de defensa que la protege de los avances agresivos del hombre.
Después de que su madre enferma fallece, Dawn exterioriza su rabia iniciando relaciones sexuales con su hermanastro, mutilándolo permanentemente, y luego invita al perro sediento de sangre de Brad a consumir su falo perdido. Hermoso.

Algo parecido pero en otro tono pasa en la película de Diablo Cody de 2009 "Jennifer's Body", Jennifer Check (Megan Fox) tiene una mala energía demoníaca devoradora de hombres. Es manipuladora y controladora, como muchas chicas adolescentes. Sin embargo, la personalidad de chica mala existe dentro de un núcleo de mujeres que intentan tirarse abajo entre sí.
Cuando Jennifer y su amiga Needy (Amanda Seyfried) van a Melody Lane, el bar donde conocemos a la banda emo satánica Low Shoulder, se desata un incendio que mata a docenas de personas y Jennifer es conducida a la camioneta de gira de Low Shoulder. ¿Por qué? Porque creen que es una virgen digna de un sacrificio humano para llevar a su banda a un éxito sin igual.
Cuando el sacrificio sale mal, Jennifer se convierte en un demonio devorador de hombres sediento de sangre. En su mayor parte, solo se come a chicos. Pero hay mucho más. En el tercer acto, nos encontramos en la habitación de Jennifer mientras se prepara para el baile de graduación de primavera de su escuela, lidiando con la realidad de su vida. En un raro momento de vulnerabilidad, llora antes de untarse la cara con base para cubrir sus rasgos cambiantes, signos que necesita alimentar. Jennifer era una adolescente normal que se deleitaba con su fuerte sentido de autonomía.
Su sacrificio satánico fallido explotó la rabia de Jennifer hasta un punto en el que solo puede canalizarla lógicamente de una manera saludable: comiéndose a los chicos. Este acto de consumo sirve como una forma retroactiva de protección. Protección contra el deseo sexual de los hombres, promulgando rabia y violencia para satisfacer una maldición que le pusieron unos imbéciles hambrientos de fama.
Cuando pensamos en el concepto de violencia, trauma sexual o agresión, un denominador común es que estos actos implican una invasión del espacio. El espacio físico, el espacio mental son dos elementos que influyen en el comportamiento de Jennifer.
El dolor y el miedo se entrometen, ya que son sentimientos desagradables que a menudo son provocados por otra persona o por circunstancias externas. Cada acción provoca una reacción igual y opuesta, para contrarrestar los sentimientos de invasión, una reacción igualmente opuesta sería el consumo; la forma final de autoconservación.
Hay una reivindicación muy satisfactoria que acompaña a estas chicas. No actúan de forma gratuita, no le provocan dolor y sufrimiento a cualquiera. Este consumo selectivo es un método terapéutico para recuperar un poco de autonomía, ejercitar algunos demonios literales (o figurativos) y hacer un poco de justicia en un mundo cada día mas injusto.




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