“Sometimes I think about dying” - vivir y morir en la oficina 

Como si se tratara de un estreno en la cartelera porteña de la década de los noventa, el título original en inglés de la película de 2023 de Rachel Lambert fue severamente modificado para su presentación en español: de Sometimes I think about dying (“A veces pienso en morir”) a La vida soñada de Miss Fran. Teniendo en cuenta que se trata de un estreno exclusivo de Mubi –plataforma que se autodefine como “Un lugar para descubrir ambiciosas películas realizadas por cineastas visionarios, desde directores icónicos hasta autores emergentes”– el cambio es desconcertante. La vida de Fran (Daisy Ridley), la protagonista del film, si bien confortable y segura, no tiene mucho de soñada. Y efectivamente, a veces piensa en morirse. En cualquier momento de su jornada laboral de oficina, de forma inesperada, Fran se pierde en sus fantasías tanáticas: una grúa mecánica vista desde una ventana se transforma en una horca, una enorme serpiente venenosa se desliza por la alfombra naranja en dirección a su escritorio, etc. Posiblemente estos dos elementos narrativos –el espacio de la oficina y la representación vívida de las imágenes mentales de Fran– son el motivo de la traducción de su título al español, ya que el espectador desprevenido puede darle PLAY a la película creyendo que está a punto de ver algo parecido a La vida secreta de Walter Mitty (Ben Stiller, 2013). La diferencia radica en que si bien las dos películas parten de una premisa similar, en el recorrido de Walter Mitty (Ben Stiller) el personaje se aleja lenta y sostenidamente de sus fantasías de heroísmo para embarcarse en una gran aventura que requiere una transformación de su carácter introspectivo (el santo grial del manual de guión hollywoodense). Fran, por otro lado, no aspira a una aventura, sino tan solo a encontrar una forma de generar vínculos sociales significativos sin la necesidad de hablar constantemente.

Fran (Daisy Ridley).

La película arranca con una serie de imágenes de Astoria, una pequeña ciudad portuaria del norte de Oregón, ubicada frente a la bahía del río Columbia, el cual desemboca en el océano Pacífico a pocos kilómetros de allí. Los encuadres asemejan postales, y la belleza de la ciudad con sus vistas naturales y sus casas de madera transmite una nostalgia subterránea. Astoria pareciera ser un lugar sacado de la portada de un disco folk, un lugar para vivir una vida lenta, de pueblo, con las necesidades básicas aseguradas y en contacto con la naturaleza. Sin embargo, el paraíso de unos puede ser el infierno de otros, y Fran, si bien parece tolerar la vida plácida de Astoria, tiene la sensación (o el miedo) de estar convirtiéndose en un fantasma. Su vida gira en torno a su trabajo, una oficina con cubículos armados con paneles que no llegan al techo, ficheros, lámparas de escritorio y seis o siete compañeros. La amabilidad de todos es evidente, pero la incomodidad que siente Fran durante toda la jornada es tan profunda que le impide hacer contacto visual con ellos. No sabemos si Fran padece de fobia social o alguna condición similar, lo que es indudable es que no puede participar de la actividad principal con la cual sus compañeros combaten el tedio: las conversaciones de pasillo, lo que en inglés se conoce como “small talk”. Fran no habla, apenas si articula un “hola” y un “hasta luego” al inicio y al final del día. Sus compañeros lo saben y no le piden más, porque, a diferencia de lo que le sucedía a Walter Mitty, aquí no hay bullying. Y este ambiente sano y respetuoso le impide a la película utilizar la gama de recursos cómicos inaugurados por el genial Mike Judge en Office space (1999) y llevados al paroxismo en The office, la serie original del británico Ricky Gervais adaptada en Estados Unidos por Steve Carrell. Según estas representaciones, la oficina pareciera ser un agujero negro en donde todos pueden hacer el trabajo por el que les pagan en menos de un tercio de la jornada que deben cumplir, y de esa manera el objetivo principal del día no es el de completar tareas útiles, sino soportar el lento paso del tiempo, observando febrilmente el avance de las agujas del reloj como si se tratara de una disciplina olímpica y haciéndole la vida imposible a los demás. Pero allí donde los personajes de Office space y The office convierten el sinsentido de la vida de oficina en un espacio de investigación performática de su verdadero yo, Fran simplemente se aburre y fantasea con morirse. Hasta que un día llega Robert.

Robert (Dave Merheje) y Fran (Daisy Ridley).

Robert (Dave Merheje) tiene la misma edad de Fran –alrededor de cuarenta años–, le gusta mucho el cine y se divorció dos veces. Es la persona contratada para ocupar el sitio que dejó Carol (Marcia DeBonis), una mujer a quien le llegó la jubilación casi como si fuera el aviso de haber cumplido la totalidad de una condena en prisión. Pero Robert no solo es nuevo en la oficina sino también en Astoria, y tiene un entusiasmo respecto a la ciudad típico de un recién llegado. Luego de una incómoda presentación en la sala de reuniones de la oficina, Robert comete la insensatez de iniciar una conversación con Fran. Pero el hombre es pillo, y tiene el recaudo de hacerlo a través de un chat. De esta manera asistimos a una de las mejores escenas de la película, aquella en la que Robert y Fran dan inicio a lo que puede ser interpretado tanto como una insípida conversación de trabajo, o como un velado coqueteo. Separados por escasos metros de alfombra, Robert y Fran se comunican a través de internet, y la sorpresa para nosotros es descubrir que Fran tiene sentido del humor. No solo eso, sino que ella va a tener un rol activo en las posteriores citas que derivan de este primer acercamiento. Es decir, contra todo lo que podemos esperar de estos personajes como espectadores, va a ser Fran quien invite a Robert a salir –primero al cine y luego a encontrarse el fin de semana–, no al revés. Y este movimiento es la evidencia de que Fran aún no está muerta.

La habilidad de Rachel Lambert como directora está en permitirnos habitar estos dos momentos del personaje de Fran. Primero el letargo, el estado hipnótico en el que se sumerge en la oficina mientras la gente habla a su alrededor, o también en sus ratos de ocio en el hogar, ocupados por sudokus y contemplación silenciosa de las paredes. Y luego la intranquilidad que le produce Robert, ese algo indefinible que la impulsa fuera de sí, fuera de sus fantasías de muerte. Los encuadres y el diseño sonoro son los grandes aliados de Lambert, las herramientas mediante las que consigue hacernos sentir aquello que su protagonista siente. Pero, ¿qué es exactamente lo que Fran siente? Robert no lo sabe, y nosotros menos. Y la película no gasta mucha energía en tratar de dilucidarlo. De alguna manera, Sometimes I think about dying tiene mucho del cine de Aki Kaurismaki, de sus historias de gente común comportándose como autómatas. Como en el cine del maestro finlandés, aquí también aceptamos no saber, no entender del todo por qué los personajes actúan como actúan.

Astoria (Oregon), la ciudad de Fran.

En el final, Fran se encuentra casualmente con Carol, la compañera de oficina recientemente jubilada. Para ella, el anhelado retiro no ha resultado ser lo que había fantaseado. Hundida en su propia confusión, le dice a Fran lo que Fran ya sabe. Una sola frase que resuena en nosotros mucho después del final de la película, y que tiene el poder de convertirse en una síntesis de todo lo que vimos: «Es difícil ser una persona».

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 6
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.