Make & remake
La nueva versión de una película siempre me interesó. Nunca di crédito a la muletilla habitual de “Hollywood está falto de ideas y por eso hace remakes”; lo contradice la misma historia del cine norteamericano. Remakes hay desde que el cine es cine, y Hollywood las ha practicado de manera temprana, con la irrupción del sonido, desde las revisiones de un mismo director, y en las aproximaciones a títulos de procedencia extranjera.
Por otro lado, se trata de una práctica que no es privativa de Hollywood. Y no es menor destacar que solo la pudieron llevar adelante cinematografías potentes; entre ellas, y si bien en contadas ocasiones, la argentina. Pero ése es otro tema, y amerita un desarrollo particular.
Ahora bien, el concepto de remake abre un diálogo atractivo. Por un lado, hacia la película origen (cuándo se filmó, quién, por qué el interés por re-filmarla); por el otro, hacia las impresiones de las distintas audiencias. Por otra parte, no es menester que el espectador haya visto el film original, puesto que uno de los supuestos que acompaña esta práctica es la renovación de públicos. Hay también casos distintos, a partir de estrenos recientes, de cinematografías ajenas.
Tal es el caso de Speak No Evil.
¿Una de las películas más crueles del último cine?

Entre la película danesa original y el actual estreno norteamericano, existe apenas una separación de dos años. Es extraordinaria la agilidad con la cual se llevan adelante películas así, si se tienen en cuenta dilemas como la adquisición de derechos, y todo lo relativo a preproducción, rodaje, post, y estreno.
El film original -Gæsterne (2022)- cuenta con la dirección de Christian Tafdrup, coguionista con su hermano, Mads Tafdrup. A grandes rasgos, narra la historia de una pareja danesa que es invitada a pasar un fin de semana por otra pareja, holandesa. El prólogo del film los ubica de vacaciones en Italia, a la manera de un escenario neutral. Es allí donde se conocen y confluyen en gustos y placeres. La sintonía en el disfrute abre la puerta a una oportunidad posterior, y es hacia allí donde viajarán los daneses; a fin de cuentas, ¿qué podría salir mal?
El film de Tafdrup esboza su simetría en el contraste entre las parejas. En un caso, los daneses, correctos y preocupados hasta el detalle por su hija, quien no puede estar sin su conejo de peluche. El muñeco es un pivote de importancia en la construcción del guion, ya que su pérdida será el motivo por el cual el padre tendrá que desandar un largo recorrido en Italia para encontrarlo, y recuperar la tranquilidad de la niña. Algo que la otra pareja no pasará por alto. Desde una frontera tan laxa como notoria, las diferencias se acentúan y serán explicitadas en las nacionalidades -un chiste si se quiere interno a los públicos de la película-, pero también señaladas en relación al disfrute sexual, los dilemas con el trabajo, las comodidades de la ciudad, y la proximidad con lo salvaje que ofrece la naturaleza.

En efecto, la morada holandesa ofrece un ámbito campestre, por fuera del ruido citadino. Ahora, las contingencias están a la orden; y quienes están a su merced, tendrán que encontrar las maneras desde las cuales atravesar estos días. Así, las formas educadas se revelan como un simulacro que pierde efectividad, mientras gana terreno el comportamiento escabroso de los anfitriones. Las caracterizaciones de los daneses -Morten Burian y Sisel Siem Koch- es la de una pareja constreñida por sus obligaciones y costumbres, que desoirá los reclamos de la hija durante la noche para, por fin, disfrutar de algo tan postergado como el sexo. Motivo por el cual, la madre encontrará a su hija en la cama de la pareja ajena, desnudos, seguramente luego de haber tenido relaciones. (El detalle del cuerpo desnudo del actor no es menor, y avizora problemas para la remake norteamericana.) Por su parte, Fedja van Huêt y Karina Smulders -los holandeses- componen una pareja siniestra, que esboza de manera paulatina un costado oscuro. Lo hacen de manera equilibrada, porque si bien él parece ser quien dirija las acciones, será ella quien corresponda de manera cómplice y desalmada.
Lo que aún no se mencionó aquí es el protagónico del niño “mudo”, el hijo de la pareja holandesa, que padece de alguna enfermedad rara, según el diagnóstico ¿médico? de su padre. Su grito ahogado presagia algo terrible. Y es hacia allí donde dirige su cometido el film de Christian Tafdrup. Para llegar, esboza una puesta en escena que recorre aspectos tal vez un tanto previsibles en su contraste de clase, pero que sabrá cobrar una dimensión terrible al momento de llegar al desenlace. La decisión que elige la película para culminar, hace de ella una pieza digna de atención. ¿Será una de las películas más crueles del último cine? Tal vez. Pero también, contiene una crítica demoledora al concepto de familia como engranaje de una sociedad conservadora, de progresismo calculado (en frases, gestos, vegetarianismo al uso, crianza), a la cual, literalmente, se apedrea y se mata.
¿Podría una re-versión norteamericana soportar tantas situaciones indigestas?
Una de las películas menos crueles del último cine

Con producción de Blumhouse y dirección y guion de James Watkins, Speak No Evil (2024) mantiene el plot original y cambia previsiblemente las nacionalidades de las parejas: estadounidense y británica. De igual modo, la invitación a la casa campestre obliga a enfrentar un fin de semana cuyo descanso trocará en el descubrimiento de un plan macabro por parte de los anfitriones. Así como en el film anterior, hacerse con la hija de los visitantes es el plan, asesinar a los padres, y de esta manera reemplazar al propio “hijo mudo”. Una fragua criminal que el film de Watkins explica de manera detallada, tanto como el corte de lengua que sufrió el niño (y los anteriores a él, todos sustraídos y asesinados por igual).
En este sentido, hay decisiones de guion que benefician y otras que enturbian. En el primer caso, la molestia del padre ante lo que entiende es un capricho de su hija por la constante necesidad de su peluche. ¡Vas a cumplir 12 años!, le grita. Algo que guarda correlato con la insatisfacción de la pareja (Scoot McNairy y Mackenzie Davis), sumida en un acostumbramiento burgués cuyo vértigo está a la vuelta de la esquina: basta que no funcione el GPS. Por otro lado, la elección de James McAvoy obliga a sumir todo a su presencia. Sea porque es una estrella pero, también, porque se ha vuelto un actor fácilmente extrovertido, a veces insoportable. Contenerlo parece cada vez más difícil, y acá está a sus anchas, hasta el punto de exhibir con orgullo su físico inflado.
Sus maneras chocan, inevitablemente, con las de su pareja (Aisling Franciosi), cuya relación de consorte guarda alguna explicación que el film original prefiere dejar oscura. En todo caso, la versión de Watkins está atravesada por el filtro de la corrección política; de esta manera, tanto a la manía homicida de la mujer inglesa como a la frigidez y maternidad sobreprotectora de la norteamericana, las esboza para luego darles un prudente correlato que baje el tenor del asunto. Tanto es así, que elige a una de ellas como la heroína del asunto. En este sentido, Watkins no oculta su pretensión de reversionar Perros de paja (Straw Dogs, 1971) de Sam Penkinpah, pero en clave femenina. Así las cosas, no será el hombre de la pareja quien conozca su costado más oscuro y cavernario, sino la mujer, quien no duda en disparar armas y emplear de manera letal algunos rudimentos domésticos; mientras, su marido dice tener miedo y tiembla como un tarado. Ella -la que no comía carne y odiaba las armas- será la guardia y custodio del hogar.

Como era de esperar, lo que en el film original era una mirada despiadada a la clase media y acomodada de un status quo facineroso, aquí se traduce en un final aleccionador, en donde el niño en peligro (el niño “mudo”) será rescatado, la niña propia resguardada, y la dupla homicida aleccionada (en una secuencia final de película slasher o algo así). Aquí es donde hay que poner la atención: quienes mueren son quienes en el film original sobreviven. Y quienes matan: la madre y esposa norteamericana, con la santidad del hogar como su excusa; y el niño de la lengua cortada, quien se desquita brutal con una piedra sobre el rostro de McAvoy.
Es una piedra porque, justamente, se trata de la misma manera de morir que tuvo la pareja desafortunada del film danés: muertos a piedrazos. A esta manera, Watkins revierte el asunto y parece responderle a Tafdrup desde la saña con la que se desquita este niño violentado. Y violento. Es decir, un ojo por ojo “justificado”, en donde el malestar se resuelve -más allá de algunos puntos suspensivos-, se justifica la violencia utilizada, y se recurre a un planteo moral absolutamente ajeno al film primero.
La crueldad no es una imagen gratuita; es otra cosa. Por eso, el film de James Watkins es pura epidermis, mientras que el de Christian Tafdrup aflora como veneno de víbora.
Leandro Arteaga



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.