Una jovencita- ya no es niña y todavía no es adolescente- con una piedra en la mano delante de una casa. Tras unos instantes de duda, arroja la piedra contra una ventana, una parte del vidrio estalla. Luego la huida- aunque nadie haya salido de la casa- en bicicleta, en dirección contraria al viento. El camino de vuelta a la propia casa en una zona más antigua y pudiente. Con esta brevísima secuencia el director brasileño Fabio Meira inicia su opera prima Las dos Irenes filmada en el año 2017, presentando los dos espacios que transitará Irene, una línea de puntos que unirá con los viajes de ida y vuelta entre dos casas que en apariencia forman parte de dos mundos diferentes pero que están profundamente entrelazadas.

I. Dos Casas
Irene vive junto a su familia en una casa elegante, la cantidad de ambientes y los objetos antiguos dan cuenta del status social de sus habitantes. La presencia de la empelada doméstica, Madalena- que ha criado a la dueña de casa (la madre de Irene) y ahora a sus hijas- no hace más que reforzar el poder de la familia y dejar expuesta que las diferencias sociales se fundan en Brasil sobre la diferencia racial, Madalena es una mujer mulata, en cambio la familia de Irene es blanca.
El status familiar se manifiesta también a partir de la educación de las hijas, que incluye modales y modos de vestir para procurar envolver a las chicas en un halo de pureza que la madre controlará que no se desvanezca. Las ropas de la familia siempre son de colores claro- como los de su casa- el maquillaje y esmalte de uñas está administrado en pequeñas dosis solo para la hermana mayor. Solange será presentada en sociedad en pocos días, en aquel evento social las hijas mayores de las familias del pequeño pueblo son presentadas al gobernador. La madre ha preparado todos los detalles para que su hija sobresalga del resto.
Ante este modo de ser- o mejor dicho parecer- Irene comienza a rebelarse. Sus modales y costumbres rompen la armonía familiar. Las fricciones son recurrentes, con su madre la tensión es más explícita, Irene pone en palabras su malestar e incluso en algún momento acusa a su madre por su modo de vida. En cambio, la relación que mantiene con su padre está atravesada por una tensión palpable pero que aún no puede ser puesta en palabras. El padre será la figura central dentro de esta familia tradicional, el hecho de ser el único hombre de la casa parece acrecentar aún más su poder, su diferencia. Sus ausencias no necesitan ser justificadas, su llegada a deshora desorganiza la rutina familiar pero siempre será atendido y agasajado por madre e hijas. Meira, con sutiles pinceladas muestra lo fuertemente arraigado del patriarcado dentro de una familia tradicional en una pequeña región rural del interior de Brasil.
Pero la centralidad masculina también tendrá preponderancia en otro hogar, en una casa más sencilla, en una zona cercana del pueblo en el que vive Irene. Una casa habitada por dos mujeres, una madre y una hija. Aquí no habrá empleada doméstica, la madre modista será el principal sostén del hogar. Los colores y sonidos que habitan la casa son muy distintos a los de la familia tradicional del pueblo. Las mujeres aquí tocan el acordeón, visten con blusas de colores brillantes que dejan al descubierto la espalda, pero también esperan a un hombre que siempre tarda en llegar y que no vive allí. El patriarcado será entonces, con distintos matices, una presencia constante, un modo de entender y organizar a la familia.
La tensión que existe entre Irene y su padre es producto de que ella conoce su secreto, su doble vida, su habitar en aquellas dos casas, su movimiento oscilante entre sus dos parejas e hijas. Irene se rebela ante la apariencia de esposo y padre ejemplar de una familia tradicional que aquel secreto hace tambalear. Al comenzar el relato Irene ya es consciente de lo que ocurre, parece haber espiado varias veces la otra casa de su padre y a sus habitantes. Ella ya ha estado allí antes y hasta se ha atrevido a arrojar una piedra en una de sus ventanas.

II. Dos Irenes
Meira no se concentra en el descubrimiento de Irene respecto a la doble vida de su padre- cómo y cuándo lo supo- ni tampoco relatará lo que ocurrirá cuando la verdad estalle. Más bien decide ubicarse en la zona intermedia entre el no saber y el saber, ese pasaje que posibilita el crecimiento de Irene, que es también el pasaje de la niñez a la adolescencia, la perdida de la inocencia que siempre implica el descubrimiento de verdades dolorosas. De algún modo Meira decide dejar fuera del relato los sucesos más significativos y demorarse en los efectos que causan en sus protagonistas.
El verdadero descubrimiento para Irene será conocer el nombre de su media hermana. Una chica de su misma edad que también se llama Irene, oirá su nombre al espiar un desfile donde participa Irene, la otra Irene. La constatación de que alguien más se llama como ella, alguien tan cercana y a la vez tan lejana es lo que la sacude verdaderamente. La otra Irene es muy diferente, su cabello es oscuro, su andar despreocupado, sus gestos y modos de estar en el mundo son otros. Aquella diferencia es lo que parece atraer a Irene a su media hermana, buscar el modo de conocerla y compartir tiempo con ella.
Como si fuera un juego de dobles, las dos Irenes se harán amigas. Compartirán tardes en el cine donde besarán por primera vez a chicos que no llegan allí por un interés cinematográfico, más bien como una forma de dar los primeros pasos en un despertar sexual incipiente. La cercanía y la complicidad crecerá, el recorrido en bicicleta que hacía Irene y unía ambos mundos ahora lo hará en compañía de su amiga/media hermana Irene. Aunque la Irene de cabello oscuro no entrará en la casa de la familia oficial de su padre y gradualmente replicará el gesto de espía de la Irene de cabellos claros.
Las dos Irenes se confiesan, saben que su padre tiene dos familias y se reconocen hermas. Una de sus madres sabe la verdad, pero no que su hija la conoce, en cambio la otra madre no parece sospechar lo que ocurre. Irene de cabellos claros descubrirá una libertad en la casa de Irene de cabellos oscuros que no es posible en su propia casa, aquel espacio será de autodescubrimiento, la posibilidad de ensayar una nueva forma de estar en el mundo e incluso una nueva familia. Irene descubrirá en su media hermana una verdadera hermana, más cercana que sus propias hermanas de sangre. Meira acompaña el crecimiento de las dos Irenes, parece observarlas de cerca para registrar sus similitudes, pero también sus profundas diferencias. El director se detiene en los pequeños gestos, en los cambios de actitud que dan cuenta de una transformación interior. Las dos Irenes presenta dos mundos diversos que sin embargo se entrelazan de forma profunda. Dos mundos que sus protagonistas habitarán, disfrutarán y padecerán mientras van constituyendo su propia idea de familia.




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