Nadie se atreva a tocar a mi viejo | Julie Darling (Paul Nicholas, 1983) 

Los personajes de mujeres atormentadas por amenazas reales o imaginarias, o acaso una fusión de ambas, pueden encontrarse a lo largo de toda la historia del cine. En el cine noir o en los policiales clásicos son innumerables las mujeres cuya huída, su posición en permanente defensiva o lisa y llanamente su lugar de víctima, alimentan o motorizan la narración y protagonizan las escenas de shock. Ahí están Miedo súbito (David Miller, 1952), con la enorme Bette Davies, o el frame icónico de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) como mínimas pruebas de toda una tradición -un poco sádica- del cine y mujeres al borde (literalmente) de un ataque de nervios.

Entre fines de los ‘70 e inicios de los ‘80, esta tradición se actualizó al ritmo de algunas novedades contingentes. Algunas de ellas tienen que ver con el cine como industria y disciplina artística -el desmantelamiento parcial de los sistemas de censura, la centralidad de géneros violentos antes marginales, el color como norma y como demanda de impacto visual sangriento, la estetización del crimen que trajo el giallo italiano- y otras con el contexto político-social de occidente -tras las utopías rotas de los ‘60, el neoconservadurismo y el neoliberalismo económico traen aparejada la idea del cuerpo, en especial el femenino, como un objeto de mercado, digno de poseerse, consumirse y luego descartarse-.

Así, llegamos al apogeo de las películas-de-terror-con-chicas-indefensas que se constata en los ‘80. Mujeres acosadas, atacadas, emboscadas, asesinadas: los ejemplos y variantes son innumerables, y establecer la norma es descuidar la anomalía. Una de estas últimas es la peculiar Julie Darling, de Paul Nicholas, estrenada en 1983.

Lo es por dos elementos centrales de la película. El primero de ellos es la alta carga erótica de la historia, donde lo sorprendente es que, a priori, el objeto de deseo no son las mujeres sino un hombre maduro. Harold Wilding, interpretado por el correcto Anthony Franciosa (por entonces una estrella que venía de hacer nada menos que Tenebre, de Dario Argento, estrenada el mismo año), es un hombre que ha llegado a la cincuentena con una esposa joven y atractiva, una hija que entra la adolescencia con las transformaciones corporales propias de esa etapa, y, luego, una segunda esposa tan o más atractiva y sensual que la primera. Por supuesto son esos los tres cuerpos que Nicholas hace danzar y moverse ante la cámara, en vestimentas domésticas pero que permiten admirar sus curvas, su belleza.

Harold es deseado por sus dos esposas, lo que es esperable. Pero lo es menos que sea su propia hija quien, como la película sugiere todo el tiempo, tiene lo que se llama un “complejo de Electra” con su padre. Julie (Isabelle Mejías, que interpreta a una chica menor a su edad verdadera) tiene fascinación y apego demencial por su padre: los vemos dándose pequeños besos en la boca, compartiendo la cama, sentándose uno sobre el otro y haciéndose promesas de escapadas a solas como si fueran novios recientes. Incluso, cuando Julie descubre a su padre teniendo sexo con su segunda esposa, llega a imaginarse en el lugar de ella, en una relación incestuosa. Esta relación intrincada y polémica es, por supuesto, el motor de la historia en Julie Darling: el vínculo posesivo y retorcido de Julie con su padre atraviesa toda la película e impulsa los crímenes de la joven.

Entonces, llegamos a la segunda peculiaridad de Julie Darling: aquí, la chica no está bajo amenaza sino que es la amenaza. Esta disrupción, claro, es relativa. Julie toma el rol del personaje acechante, pero las acechadas son también mujeres. De hecho, son las mujeres que le disputan el amor y la atención de Harold. Julie parece declararles la guerra desde el primero momento en que las ve, y luego las tortura con el destrato y, finalmente, la violencia criminal.

Aún así, Julie Darling es un thriller erótico que avanza torpemente, como escribió el crítico Álvaro Bretal. “El debut del ignoto Paul Nicholas —o Nicolas, según los créditos— avanza de forma atropellada hacia ningún lugar. Cada escena es un intento grotesco de impactar al espectador”, escribió Bretal para el Fanzine que el Festival Internacional de Cine Independiente de La Plata publicó en ocasión de su proyección en copia de época. “Ahí están, por ejemplo, los planos de Julie sosteniendo una rata gigante e inquieta desde la cola, con el objetivo de alimentar a su serpiente y shockear a su mejor amiga; el intento de asesinato de su hermanastro dentro de una heladera desenchufada mientras juegan a las escondidas; y, fundamentalmente, el desenlace, que incluye la castración más veloz y menos impactante de la historia del cine”.

Bretal quizás exagere, y quizás la película no sea tan burda. O quizás sea posible encontrar en esta historia grotesca y torpe sobre una obsesión paterna incestuosa momentos de genuino disfrute de cine clase b. Para los argentinos, además, hay una contraseña que debe ser constatada y que convierte a la película de Nicholas en una obra de culto.

Censurada por la dictadura 1976-1983, Julie Darling quedó en el limbo hasta que una pequeña distribuidora, Clauen, la estrenó en cines en 1986. La distribuidora pertenecía a Claudio María Domínguez, hoy un reconocido referentes espiritual, pero en ese entonces todo un entusiasta de la importación de cine descuidado por los grandes actores del sector cinematográfico. Domíguez, que había sido un niño prodigio en programas de televisión de entretenimiento y competencias del saber, había hecho una pequeña fortuna y se dedicaba a traer un amplio espectro de películas. Julie Darling estuvo entre aquellas que prometían dinero fácil: en plena época de destape, sus escenas de semidesnudos femeninos y su alto voltage erótico podían atraer a muchos espectadores ansiosos por desbloquear tantos años de censura.

Aunque ante títulos tan inocuos como el elegido por Nicholas, Domínguez debía recurrir a su talento para re-titularlas. Así, llegó al mítico nombre con el que se estrenó en Argentina: Déjala morir adentro. Haciendo equilibrio entre el código de la calle y el mal gusto, Domínguez logró filtrar el contenido erótico de la película y eludir nebulosamente la censura (que aún operaba, aunque más permisiva, en democracia) y estrenarla con previsible éxito de taquilla. La historia está contada en detalle en el muy recomendable documental de Santiago Calori, Un importante preestreno (2015).

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