Anatomía de una caída: el juego de los humanos 

Anatomía de una caída se centra en la palabra, en las palabras, en el lenguaje. Es una película europea también en el sentido de habitar y habilitar el cambio de lengua, la necesidad -¿la gimnasia?, ¿el placer?, ¿el desafío?- de establecer una comunicación con gente cercana que habla otro idioma. Y no deja de ser extraño que gente “del continente” se refiera a como lingua franca a la lengua de las islas: esa conversación sobre el inglés también está en Anatomía de una caída, y se da entre una alemana y un francés que antes de vivir en los alpes franceses vivían juntos en Londres. Ella, Sandra Voyter, y él, Samuel Maleski, son escritores. Ella ejerce, publica. Él quiere, o dice que quiere. No importan esos detalles sobre querer y poder, o sí importan, claro, porque como tantas grandes películas, Anatomía de una caída es sobre el poder y sobre poder, o haber podido. Pero eso importa en el relato cinematográfico, no aquí y ahora, no en este párrafo. O más bien importa aquí decir que ambos, mujer y hombre, tienen a la palabra como centro; a las palabras, a su uso, al idioma, a su orden, o a su desorden, su precisión, su fuga, su imprecisión, su sentido, sus sentidos, sus interpretaciones. Como todos, es verdad, pero ellos de forma consciente, persistente, problemática. Vidas centradas de forma clara y consecuente en la palabra. Quizás por eso, como gran burla, como notoria imagen -bah, sonido- del vacío Samuel pone a repetición una versión instrumental, sin palabras, de “P.I.M.P.” de 50 cent. Pero, se sabe, las palabras que deberían estar y no están también significan. Esa falta adquiere un sentido. Esa falta que se presenta como tal, esa desaparición, eso que estaba y no está, esa ausencia, ese vacío. Y esta película orbita, hablada, alrededor de una caída al vacío.

Anatomía de una caída (Anatomie d'une chute) de Justine Triet se estrenó en mayo de 2023 en el Festival de Cannes, y ganó el premio principal, la Palma de Oro, además de un premio a la mejor interpretación canina. Luego tuvo cinco nominaciones de las fuertes al Oscar, entre ellas mejor película y mejor dirección, y ganó el de mejor guión original. Aún así, recién la vi hace unos pocos días. Quizás haya leído alguna crítica en el momento del estreno en Cannes pero no recuerdo, o no la recuerdo. Y luego no leí otras críticas sobre la película. Así que no sé qué se dijo, aunque es seguro que se dijo mucho, o de seguro se dijo mucho, o seguro que se dijo mucho, o estoy seguro de que se dijo mucho. Pero no quise leer críticas sobre Anatomía de una caída antes de escribir acerca de o en torno a Anatomía de una caída. Así que no sé si alguien trajo a colación El desprecio de Jean-Luc Godard para hablar de esta magnífica película centrada en las palabras, en el lenguaje, en decirnos que podemos saber qué dicen los personajes pero no qué es lo que piensan, que podemos tener indicios, signos, rastros, pero que saber sin haber presenciado es casi siempre saber mediante la palabra del otro, o las palabras de los otros. Y, como bien sabía Oscar Wilde, el lenguaje es el padre del pensamiento y no al revés. Al terminar de ver la película vi todos los créditos, es decir los leí, y noté que el perro actor, personaje Snoop, se llama Messi. Y ahí me di cuenta de que quizás hubiera leído sobre el asunto, pero no lo sé, no todos los recuerdos tienen el mismo nivel de engañosa claridad. En El desprecio, los idiomas en danza eran francés, inglés, alemán e italiano. En Anatomía de una caída son el francés, el inglés y el alemán. El desprecio, producida por Carlo Ponti, tuvo una versión “italiana” que tenía otra música, completamente distinta a la de Georges Delerue de la versión perdurable -¿oficial?, ¿correcta?, ¿godardiana?, ¿magistral?, ¿eterna?- de El desprecio. Y además hubo una versión de la película doblada al italiano, y seguramente haya habido una versión doblada al español. Hacer una versión doblada de El desprecio es como quitarle el agua a la pintura El naufragio de William Turner. El desprecio necesita de la lógica del lenguaje, de la lógica europea del switch del idioma, del viraje posible y frecuente hacia el otro idioma que habla el que está cerca. Además del nombre del perro, el otro detalle que me llamó la atención de los créditos -bah, de esos créditos agregados que suele haber en las plataformas- es que hay disponible una versión doblada al español de Anatomía de una caída. Vaya uno saber cómo hacen para narrar el cambio de idioma, el pase de lengua, bajo el peso insoportable del doblaje. La persistencia del doblaje y de sus usos más allá de cuestiones de edad o de alguna discapacidad debería analizarse en una película llamada “Anatomía de una caída de la civilización”, una película de juicios. Juicio y castigo al abuso del doblaje. ¿Cómo será doblada -dañada- esa secuencia fundamental de la discusión de pareja en la que se discute con pasión acerca de en qué idioma se habla? Secuencia central de discusión probablemente final de una pareja, otro punto de contacto con El desprecio.

“Tengo especial interés en dar esta conferencia en París, ya que Francia es el país más inteligente del mundo, el país más racional del mundo, mientras que yo, Salvador Dalí, vengo de España que es el país más irracional del mundo, el país más místico del mundo.” Las películas de juicios son, para muchos de nosotros, un gusto que persiste, y cuando creíamos que quizás eran un placer de nuestro pasado como espectadores -los noventa del siglo XX fueron pródigos en thrillers de estrado-, llega -o llegamos a- Anatomía de una caída, con su extenso y apasionante tiempo dedicado al juicio, a los alegatos y a los testigos para interesarnos, tensionarnos e interpelarnos. El país más racional del mundo, decía Dalí sobre Francia; Anatomía de una caída está hablada en buena parte en inglés porque la protagonista, la acusada, es alemana y entiende el francés pero le cuesta hablarlo. Le recomiendan que hable en francés y trata, se empeña, pero en muchos momentos no puede. Esta, una vez más, es una película sobre palabras, sobre las sutilezas del vocabulario, sobre cómo interpretar. Y para la protagonista todo eso es obviamente más complicado en la que sería -o suponemos que es- su tercera lengua en cuanto al manejo, a la prestancia para moverse, para avanzar, para nadar en ella. El país más racional del mundo, decía Dalí; y ahí cuando la película parece que va a jugar la carta de Cuestión de honor (A Few Good Men, Rob Reiner, 1992) en cuanto a alguna confesión explosiva y furibunda a los gritos, eso es solo un espejismo, tal vez la mera activación de nuestra memoria cinéfila: esta es una película francesa, racionalmente francesa, detalladamente francesa, con una protagonista-acusada alemana a la que se le pide que hable francés. Y desde aquí podemos ir a la historia entre Francia y Alemania y sacar otras conclusiones y otras interpretaciones de esta película imprescindible, actuada como los dioses y escrita con la precisión y la ambigüedad -claro, combinadas- de quienes saben jugar el juego del lenguaje, es decir el juego de las ideas, de los sentimientos, de los sentidos que se ramifican, de los pensamientos y de algunas verdades distintas a la realidad. En suma, o en suma parcial, el juego de los humanos.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 4
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.