“Comer rezar, amar” es mi película favorita para un día de lluvia, o para aquellos momentos en los que deseamos activar nuestros sentidos, profundizar en la propia filosofía de vida, el amor por uno mismo y por los demás.

El director Ryan Murrphy nos invita a un viaje fascinante por lugares increíbles, cargados de significados que se anudan a la búsqueda del propio sentido. La belleza y la frescura de Julia Roberts (Liz), contagia de magia este camino, lleno de contenido y espiritualidad
Liz Gilbert, es una reportera neoyorquina que recibe la sabia profecía de Ketut Lyer de Bali, quien la reconoce como viajera del mundo. Y la historia cobra vida, en una emocionante travesía sembrada de señales que están ubicadas cuidadosamente marcándole el rumbo desde el inicio, esperando a ser vistas, reconocidas.
Vemos como Liz reza sumida en la angustia y el vacío, cuando aquello conocido se vuelve tan extraño a pesar de haberlo elegido. Un momento de crisis que de alguna manera y con el desafío que cada uno deba afrontar, es parte de nuestras vidas y nos pone en el vilo de generar un cambio. Es allí, en el momento más crítico de su existencia, que decide dar el salto a la incertidumbre de lo nuevo, salir de todo aquello que la abruma pero que a la vez resulta conocido y seguro. Observa como toda su vida puede caber en una bodega que alquila para dejar sus pertenencias, y decide compra tres pasajes para emprender su viaje.
Cada destino la llevan (y nos lleva) a recorrer una parte de su alma. Es atrapante como los lugares que visita se conectan con su interior y la búsqueda de la verdad que tanto añora sobre sí misma. Los recuerdos, las metáforas y sus vivencias se entrelazan con una riqueza que le da profundidad a cada instante de la trama.
Roma, las señales y los personajes que se cruza en su camino le enseñan a disfrutar, a volver a sentir la pasión, la alegría, los sabores, a ser amable con ella misma, a aprender algo nuevo. Aprende que no necesita que le digan que se lo merece para disfrutar de los placeres de la vida, a vestirse sensual para ella misma, a cocinar y disfrutar de un almuerzo en soledad.
India, la sumerge nuevamente en el vacío y la angustia. Busca la manera de despedirse de aquel amor y la culpabilidad que carga en su corazón. Aprende a no intentar callar su mente, a rendirse y dejar que fluya, a perdonarse a sí misma, de la mano de su amigo y su historia, quien la incentiva a creer nuevamente en el amor. Aprende que Dios vive dentro de ella, como ella es. Aprende a meditar y a encontrar paz.
Finalmente viaja a Bali. Ketut le enseña que para estar en equilibrio es importante disfrutar, trabajar, amar y meditar. Pero amar la asusta, porque amar implica para ella perderse a sí misma y hundirse en el vacío.
Con la valiente decisión de dejar la comodidad, lo familiar, lo conocido y seguro, emprende el viaje en búsqueda de la verdad. Liz recorre un camino de descubrimiento que la lleva a enfrentarse a sus propias sombras. Un camino que va quitando el velo de aspecto querido y temido en ella misma. Una verdad que será revelada si está dispuesta a ver las señales que le irán marcando el rumbo, a recibir enseñanzas de aquellas personas que cruza en su camino y, sobre todo, a darle lugar al amor.
Alegría, tristeza, angustia, diversión, amistad, familia, análisis, amor, duelo, gratitud, compasión, superación... Una película de una riqueza tal que te lleva a conectar con cada vivencia de la protagonista y disfrutarla.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.