Fran sueña despierta en su propia muerte. Se disocia de su trabajo monótono en una oficina gris, del sudoku que completa en la soledad de su casa, y se imagina yaciendo en un bosque, rodeada de plantas, los bichos caminando por sus manos, o en un auto estallando por una colisión mientras maneja.
En Sometimes I think about dying, la tercera película de la directora estadounidense Rachel Lambert –pero la primera en alcanzar más notoriedad–, los hechos se van desarrollando silenciosos, como su protagonista. Fran (Daisy Ridley), una chica de unos treinta y pico de años, atraviesa sus días con monotonía, de la casa a la oficina y de la oficina a la casa. La película se detiene en esas rutinas que se repiten día tras día, el encender la computadora, el retorno a la casa, la cena frugal –aburrida, hasta un poco desagradable–, de algún tipo de proteína a la que le tira unas cucharadas de queso cottage, probablemente el queso más aburrido de todos y que Fran, como dirá luego en una de esas reuniones organizadas (forzadas) por recursos humanos, elige como su comida preferida.

La monótona y gris vida de Fran parece adquirir otro tono cuando comienza a trabajar en su oficina un nuevo compañero, Robert (Dave Merheje). Ambos se sienten atraídos, pero el encuentro no será sin sus complejidades, ya que Fran vive más en su mundo interior que en la vida colectiva que la rodea. Atraviesa sus días en la oficina prácticamente en silencio, no parece interesarle la charla banal en la que sus compañeros se embarcan para hacer más amenas esas horas. Tampoco los mira con desprecio, pareciera querer, tal vez, poder participar. Pero evade la mirada del resto, intenta pasar desapercibida. En los momentos en los que sus compañeros se dirigen a ella deliberadamente contesta con monosílabos. Se esconde. Es interesante cómo la película logra generar esta sensación de aislamiento entre Fran y el resto con un trabajo de montaje sonoro. Esas voces de la oficina, que hablan de la nada misma, se escuchan lejanas, casi como si Fran se encontrara en otra dimensión paralela.

Como decíamos antes, la película se detiene en las rutinas, pero también en los pequeños detalles. Dirige nuestra mirada hacia las manchas del techo de la oficina, hacia el café que vierte la máquina, al labio que Fran se muerde. La película fue filmada en la pandemia, y si bien temáticamente no hay ninguna referencia directa al COVID, el contexto de producción emerge de todas maneras. Aparece entonces en el detenerse en las pequeñas rutinas y gestos de la vida cotidiana que la pandemia puso en suspensión, en el enrarecimiento de los vínculos sociales luego de meses de aislamiento, en la soledad en la que mucha gente se vio inmersa. Dice la directora al respecto: "Lo otro, desde un punto de vista temático, fue, ya sabes, se me ocurrió en noviembre de 2020. Aún no teníamos las vacunas distribuidas, y aquí estaba una película que pedía a la audiencia que siguiera a [Fran] en este viaje. Comienza en un lugar de atención frágil y preocupada hacia los detalles minuciosos de un día, pero al final realmente celebra esas cosas. Siento que mi propio recorrido durante 2020 fue muy similar.
Eso es algo que intentamos explotar realmente cuando improvisábamos en el espacio de la oficina: destacar y poner atención en estos aspectos de la vida humana que a menudo pasamos por alto o damos por sentados, pero que en realidad están llenos de carácter, humanidad y humor. Quería hacer una película que celebrara eso." (1)
Las escenas en la oficina, cuenta la directora, fueron mayormente improvisadas. Casi todos los actores y actrices que interpretan a sus compañeros de trabajo vienen del ámbito de la comedia, y realmente se lucen en estos diálogos paródicos de charlas anodinas de oficina estiradas hasta el absurdo (como el diálogo acerca del crucero que para frente a su ventana, y de lo grandes realmente, realmente grandes, que son los barcos de crucero), o escenas profundizadas hasta un cringe digno de The Office (como la secuencia de presentación de Robert dirigida por la representante de Recursos Humanos). Pero no sólo los diálogos fueron improvisados sino las acciones y movimientos en el espacio, como cuenta Lambert: “Debido a que sus escritorios eran totalmente interactivos, a veces solo tenía que llamarlos y podían usar sus computadoras: podían enviar correos electrónicos, hacer llamadas, hacer hojas de cálculo, podían hacer todo tipo de trabajo. Era un set de 360 grados, así que podían moverse y hacer lo que quisieran, y yo alentaba eso. Creamos un ambiente en el que había escenas que tenían que ser muy deliberadas, pero también había muchos momentos en los que, incluso en el intercambio de Slack, mientras Daisy estaba en lo suyo, la vida ocurría a su alrededor, así que había mucha confianza en el grupo, lo que creo que permitió a todos decir que sí a esas oportunidades alrededor de ellos” (2)

El universo de Sometimes I think about dying, está construido con minucia: una paleta de colores apagada, un soundtrack original basado en música hawaiana que remite a la ensoñación. La elección del pueblo donde residen aporta al clima lento. Bromean en la película con que Fran se crió “en la parte tranquila del pueblo”, y es difícil imaginar cuánto más tranquila puede ser que el resto de los espacios que se muestran. Está filmada en Astoria, Oregon, que según la directora parece un pueblo costero suspendido, “atrapado entre el pasado y el presente. Se sentía como si hubiera sido arrastrado hasta la misma playa. Como resultado, parecía el espacio perfecto para encontrarse y alinearse con la temática de la obra. Podía sostener la unión del naturalismo y el realismo mágico de una manera que tenía sentido, que era creíble.” (3)

La actuación de Daisy Ridley sostiene la película incluso en los momentos en los que el Fran se torna un poco insufrible; logra construir al personaje a través del silencio, ya que las palabras que emite a lo largo de toda la película son realmente contadas. Otra actuación destacable es la de Marcia Debonis, que interpreta a Carol, la compañera de trabajo de Fran que se jubila al comienzo del film. Hacia el final de la película, una escena entre ella y Fran es la que permite un giro en la historia y un cambio en el modo en que la protagonista se para ante ese mundo que le es ajeno y del que no pareciera ser del todo parte.
La película, con su mirada contemplativa y sus silencios, aborda la incomodidad de estar vivos y atravesados por la angustia, la soledad y la muerte. Pone de manifiesto, con destellos de humor y actuaciones muy sólidas, lo raro –pero también necesario– que es vincularse con otros.

Sometimes I think about dying se estrenó en 2023 en el Sundance Film Festival y actualmente puede verse en Mubi. Dirección: Rachel Lambert. Guión: Stefanie Abel Horowitz, Kevin Armento, Katy Wright-Mead (adaptación de la obra teatral Killers de Armento). Elenco principal: Daisy Ridley (Fran), Dave Merheje (Robert), Parvesh Cheena (Garrett), Marcia DeBonis (Carol), Meg Stalter (Isobel). Fotografía. Dustin Lane. Género: Comedia dramática romántica. País: Estados Unidos. Duración: 91 minutos.
CITAS:
(1)https://filmstories.co.uk/features/sometimes-i-think-about-dying-interview-director-rachel-lambert-talks-cottage-cheese-and-living-well/
(2) https://moveablefest.com/rachel-lambert-on-breathing-life-into-sometimes-i-think-about-dying/
(3)https://www.moviejawn.com/home/2024/1/25/sometimes-i-think-about-dying-interview?srsltid=AfmBOorIHjoNf_dUaO5vzmq7hponbTyCrapmKEErizdpjrfrPkJdgsgx



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