“The lovers & the despot” - Choi y Shin filman para la dinastía Kim 

En 1926 la Warner Brothers presentó Don Juan (Alan Crosland), el primer largometraje de la historia del cine que incluía efectos de sonido sincronizados utilizando la tecnología Vitaphone. Si bien no contaba con diálogos –eso llegaría un año después, en la que efectivamente suele ser considerada la primera película sonora: The jazz singer (Alan Crosland, 1927)–, la película estaba precedida por un discurso grabado por Will Hays, presidente de la Motion Pictures Producers and Distributors of America (la MPPDA, asociación temida por los cineastas independientes tanto en 1926 como en la actualidad). En ese discurso, Hays dijo: «Amigos míos, ninguna historia escrita para la pantalla es tan dramática como la historia de la pantalla misma». Esta famosa frase aplica también para The lovers & the despot (2016), el documental dirigido por Ross Adam y Robert Cannan que cuenta la fascinante historia de Choi Eun-hie y Shin Sang-ok.

Afiche de Los amantes y el déspota.

Choi Eun-hie fue una importante actriz surcoreana de la década del cincuenta y sesenta, y Shin Sang-ok un reconocido director de cine de ese mismo período. Choi y Shin trabajaron juntos en varios proyectos, luego se casaron y adoptaron un niño y una niña. Años después se divorciaron, pero su sociedad creativa continuó. Pero su historia, parafraseando a Will Hays, es mucho más dramática que cualquiera de las que llevaron juntos a la pantalla. Es una historia que forma parte de la posguerra coreana, ese conflicto sucedido entre 1950 y 1953 entre los ejércitos del norte y del sur de la península, producto de la división establecida en el país al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Esa división arbitraria constituyó dos nuevos Estados organizados según los sistemas políticos representativos de cada una de las superpotencias: el capitalismo (Estados Unidos) en el sur, y el comunismo (URSS) en el norte. Luego de la guerra, atrapadas en un tenso enfrentamiento radical, las dos Coreas comenzaron a competir por otros medios, entre ellos la industria del cine. Esta rivalidad se manifestó a través de la calidad y el impacto en sus respectivas audiencias de las películas producidas en la República Popular Democrática de Corea, en el norte, y la República de Corea, en el sur.

Gracias a éxitos internacionales tales como Oldboy (Park Chan-wook, 2003) y Parasite (Bong Joon Ho, 2019), en la actualidad la cinematografía surcoreana tiene asegurado un lugar en el cine mundial. Estos clásicos del siglo XXI son parte de una continuidad industrial que nace en la década del cincuenta, luego del final de la guerra. Pero en Corea del Norte la situación no es la misma. Ni hoy, ni hace cincuenta años. Porque arriba del paralelo 38, allí donde se dividen las dos Coreas, nadie sabe bien qué es lo que sucede –no solamente respecto a la industria del cine, sino a la forma de vida en general–. Este es uno de los principales logros de The lovers & the despot: darnos la oportunidad de acercarnos a ese agujero negro que es Corea del Norte, un país definido por gobiernos extranjeros como una dictadura totalitaria que aplasta la libertad de sus ciudadanos –una investigación de la ONU de 2014 sobre los abusos en materia de derechos humanos concluyó que «la gravedad, la escala y la naturaleza de estas violaciones revelan un estado que no tiene ningún parecido en el mundo contemporáneo»–.

Choi y Shin filmando en Corea del Norte.

El documental de Adam y Cannan, cuenta con impresionante material de archivo del país gobernado por la dinastía Kim, puntualmente durante los años del ascenso al poder de Kim Jong-il –hijo de Kim Il-sung, creador de la dinastía, y padre de Kim Jong-un, actual líder supremo de la nación–. Desde el registro oficial de monumentales desfiles que recuerdan a la Alemania nazi, pasando por piezas de propaganda destinadas a afianzar el férreo culto a la personalidad que sostiene en el poder a la familia de dictadores, hasta un hallazgo que en su momento sorprendió a los servicios de inteligencia norteamericanos: registros de audio del propio Kim Jong-il. Es impactante escuchar declaraciones en primera persona del dictador, las cuales fueron obtenidas mediante grabaciones ocultas realizadas por Choi y Shin. Y lo maravilloso es que estos fragmentos no contienen discursos políticos, sino opiniones sobre la cinematografía de su país: «¿Por qué todas nuestras películas tienen las mismas tramas ideológicas? No hay nada nuevo en ellas. ¿Por qué hay tantas escenas de llanto? Esto no es un funeral (...) Miré películas surcoreanas y pregunté a mis asesores quién es el mejor director del sur. Dijeron: “su nombre es Shin”».

Esta preocupación de Kim Jong-il por el estado de situación del cine de su país derivó en el secuestro primero de Choi, una importante estrella del cine surcoreano premiada en festivales internacionales, y luego de Shin, un talentoso director con una filmografía de más de cincuenta títulos. El plan del dictador era simple: abducirlos y obligarlos a realizar películas para él, películas que levantaran la vara, tanto técnica como dramática, del cine norcoreano. El testimonio actual de Choi respecto al secuestro y a los años de sometimiento a los deseos del dictador es sorprendente. El documental se construye principalmente con este testimonio –al que se le suman otros de menor relevancia–, con dramatizaciones hechas por actores siguiendo el estilo de los documentales de Errol Morris –The thin blue line (1988), Wormwood (2017)– y con planos extraídos de escenas de ficción de la filmografía de Shin Sang-ok. Estos distintos registros son articulados por medio de un montaje pausado que busca transmitir el peso dramático de cada una de las peripecias vividas por los protagonistas, y apuntalados por una música ominosa hecha con sintetizadores que trabaja en el mismo sentido.

Kim Jong-il.

Los secuestros sucedieron en el año 1978, en Hong Kong. Una vez en territorio norcoreano, Choi y Shin vivieron separados durante cinco años. Choi tuvo que representar el papel de una invitada del Gobierno, a la cual le asignaron una bonita casa y una decena de oficiales que vigilaban cada uno de sus movimientos. Según ella, en esos años aprendió que «existe la actuación para el cine, y la actuación para la vida». Shin tuvo menos suerte, y vivió tormentos en distintas prisiones. Desde allí escribió cartas destinadas a Kim Jong-il, en las cuales proclamaba su voluntad de servir al régimen y su amor incondicional por el líder. Finalmente, de manera inesperada para Choi quien no tenía idea que Shin había sido también secuestrado, una noche ambos fueron reunidos en una gran fiesta de cumpleaños. Choi describe su emoción, la sensación de irrealidad que tuvo al encontrar a Shin observándola detrás de una máscara sonriente. También recuerda las carcajadas que el encuentro produjo en Kim Jong-il, quien con este acto demostró no sólo su sentido del drama, sino también su categoría de villano de película.

Y en este punto surge tal vez lo más interesante de esta historia: el trabajo que la pareja hizo con el absoluto respaldo del gobierno norcoreano. Según IMDB, Shin dirigió diecisiete películas entre 1983 y 1988. Todas con el apoyo incondicional de Kim Jong-il –un hombrecito introvertido que tenía proyectores en todas sus casas, con los cuales veía películas extranjeras constantemente–, todas ellas aportando valor a la pobre cinematografía local. Shin no solo dirigía sino que también oficiaba de camarógrafo, y Choi era su asistente de dirección. Juntos realizaron películas que fueron creciendo en ambición y escala. La relación entre Kim Jong-il y Shin fue profundizándose, y de alguna manera se asemeja al vínculo entre un mecenas y su artista predilecto. El dictador le aseguró que no tenía intenciones de obligarlo a realizar filmes que sostuvieran su ideología, y aparentemente, hasta cierto punto, mantuvo su palabra. Según el testimonio de un reconocido crítico francés entrevistado para la película: «Todas las películas norcoreanas anteriores a Shin eran muy predecibles. Los personajes siempre se sacrificaban por su Gran Líder. En las nuevas películas de Shin, los personajes finalmente eran individuos».

Shin Sang-ok y Choi Eun-hie junto a Kim Jong-il.

Años después la sociedad creativa se vería interrumpida por la cinematográfica fuga a la embajada norteamericana que Shin y Choi realizaron durante su visita a una capital europea con motivo de la presentación en festival de uno de sus films. Según Shin, el beneplácito que había alcanzado dentro de la órbita del dictador no estaba del todo asegurado. Y así como lo habían necesitado, en cualquier momento podían prescindir de él. Esta situación decidió la riesgosa y exitosa fuga, la cual permitió que Choi y Shin se reunieran con sus hijos, para posteriormente emigrar juntos a Estados Unidos.

Una vez afincados en Los Ángeles, Shin intentó sin éxito trabajar en Hollywood. Según el testimonio de Choi, Shin pasó el resto de su vida repitiendo que había odiado toda la experiencia norcoreana…. excepto el hecho de que nunca había tenido que preocuparse por conseguir financiación para poder hacer sus películas.

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