"La Sustancia", la tiranía de la estética combatida con espanto y horror Spoilers

“La Sustancia”, mejor guión en el Festival de Cannes, se convirtió en una de las películas más vistas del año en los cines de Argentina. En simultáneo, por estos días desembarcó en Mubi. En la plataforma que promueve el cine independiente, no sólo se estrenó el filme de horror corporal dirigido y escrito por la francesa Coralie Fargeat -también dirigió “Revenge” (2017)- y protagonizado por Demi Moore y Margaret Qualley, sino que también se creó un segmento especial de temáticas y estilos similares que llamó “Prueba La Sustancia”. Pone el foco en las trampas que la mente le tiende al cuerpo en la era de la estética hegemónica de red social e incluye propuestas como “Swallow”, de Carlo Mirabella-Davis; “Crimes of the future”, de David Cronenberg; “Titane”, de Julia Ducournau, y “Sick of myself”, de Kristoffer Borgli.

"La sustancia" narra la frustración de la súper presentadora de televisión Elisabeth Sparkle (Demi Moore), que ofrece un ciclo de entrenamiento y gimnasia -al estilo María Amuchástegui en los ‘80- y en el día de su cumpleaños número 50 se entera de que será reemplazada por una conductora más joven. Frente a ese dilema llega a sus manos una propuesta misteriosa llamada “La Sustancia”, que le ofrece volver a la mejor versión de sí misma -en términos estéticos- a partir de una especie de auto-clonación inyectable. Perturbada por la sensación de fin de ciclo, Elisabeth accede al tratamiento y se clona en vida empezando una doble vida entre su yo del presente y su versión joven y sensual con la que terminará compitiendo y rivalizando.

La película pone en cuestionamiento el peso que los parámetros de belleza imponen sobre las mujeres y sus cuerpos en la sociedad moderna, sobre todo en las industrias culturales y de medios. También en la mirada en torno al paso del tiempo desde la adultez a la ancianidad. Generación descartable para el pensamiento globalizado que, a diferencia de otras culturas como las de oriente o las de los pueblos originarios de nuestro continente, que ubicaban a sus abuelos en el pedestal de la sabiduría y el conocimiento, convirtiendo su experiencia en aprendizaje y no tirándolos en la papelera de reciclaje donde el sistema ubica a nuestros adultos mayores.

A favor de la propuesta de “La Sustancia”, más allá de los estereotipos que busca derribar, hay que resaltar la libertad con la que Demi Moore explora y exhibe su cuerpo actoralmente. Sin filtros, sin planos que disimulen sus estrías, celulitis y todo lo que el paso del tiempo naturalmente produce en nuestros cuerpos. Algo que Hollywood rara vez se permite. Demi Moore normaliza con su actuación el hecho de tener un cuerpo de su edad. Esto se potencia con el hecho de que se trata de una actriz que construyó los cimientos de su carrera sobre su sensualidad, con películas como “Striptease” (1996), “Ghost: la sombra del amor” (1990), “Propuesta indecente” (1993) o “Acoso sexual” (1994). Su actuación es dramática, potente, la desesperación de su personaje por no sucumbir ante el inexorable paso del tiempo es patética hasta la incomodidad.

Cuando hablamos de incomodidad, hablamos de cómo la directora busca potenciar el daño y el dolor que muchos hombres y mujeres de esta era están dispuestos a tolerar en su propia piel, esclavos de la imagen siempre jóven y atractiva que exige la estética hegemónica de publicidad que nunca se parece a la que nos devuelve el espejo de nuestras casas. En “La Sustancia”, este castigo autoflagelado se traduce en agujas atravesando la piel con la naturalidad con que abrimos y cerramos los ojos. En carne que se abre y cierra como si se tratase de una cortina. Quizás sea demasiado, quizás tanto ida y vuelta de sangre, tanta carne rodando por el piso, estallando, tantos órganos volando por el aire, sean demasiado explícitos, más allá del gran trabajo de maquillaje y producción que ostentan.

Es de suponer que lo que se busca es el impacto, el golpe bajo de knockout, que el espectador sienta la necesidad de taparse los ojos o agachar la cabeza, pero tengo la sensación de que cuando el hecho comienza a ser desagradable, es posible que el impacto buscado se convierta en rechazo. En algún punto me llevó a pensar que es un recurso muy utilizado en este tiempo, y que es algo que se puede proyectar en muchos otros aspectos de nuestra vida cotidiana, el de la búsqueda del impacto, del shock, incluso del morbo. Es un anzuelo que funciona para que los medios lleven más tráfico a sus noticias, quizás también sea un recurso del cual el cine empieza a echar mano para logar fines similares. No me termina de convencer como recurso, pero es una experiencia personal, me gustaría leer opiniones de aquellos que vieron la película. ¿Cómo se sintieron frente a esto?

Otro aspecto positivo para resaltar en el planteo ideológico de la película es la mirada de género que plantea la directora. Ahí está Harvey (Dennis Quaid), el productor general del ciclo donde Elizabeth, una consagrada estrella de Hollywood en el ocaso de su carrera, chorreando grasa por los dedos mientras come al mismo tiempo que les exige a las mujeres del programa una sonrisa y un cuerpo perfecto. Nada más, nada menos. Arreando un grupo de inversionistas de traje que corren detrás de las plumas y los cuerpos como niños malcriados. No es ese el mismo trato que le da a las figuras masculinas del canal donde trabaja, los hombres tienen permitida la vejez.

El conflicto por la imagen es llevado al extremo cuando el antagonismo se plantea entre las dos versiones de la misma persona. Alerta spoiler: para que Sue -la joven- pueda mantenerse con vida debe darle aire y espacio a Elisabeth -la versión adulta-, ya que a pesar de ser dos personas distintas dependen de una equilibrada distribución de “Sustancia” entre ambas para poder sobrevivir. El daño que se hagan entre ambas, se lo están haciendo a sí mismas en última instancia. Como es de esperarse, es más fuerte la ambición que la empatía entre ambas, y esto las llevará a una competencia donde el único destino posible es el colapso y la destrucción.

Como casi todo en este mundo, también hay un gigantesco negocio en torno a estas demandas de perfección. Una industria farmacéutica que saca rédito de la exigencia de la piel perfecta con un arsenal de cremas “antiage”. Es increíble pensar que en la descripción misma del producto está la trampa y la solución. La promesa imposible de detener lo único que nunca jamás se detendrá: el paso del tiempo, la vejez, la muerte. Lo mismo con el color del cabello, nunca natural sino a la medida de la moda que se persiga, o la caída del pelo en los hombres, combatida con injertos y productos anticaída. Vale la pena aquí el viejo refrán que dice que lo único que detiene la caída del cabello es… el suelo. La lista es interminable, el tamaño del pene, de los pechos, las arrugas, todo está puesto en la lista de los enemigos de la tiranía tóxica de la estética inalcanzable. ¿Tiene remedio esta enfermedad en la que estamos metidos y que “La Sustancia” pone en evidencia? Claro que sí, se llama aceptación.

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