Here we go again 

Verano del 2018, yo tenía 14 años. Inesperadamente, mi mejor amiga dejó de hablarme y nuestro vinculo se disipó como un nene que revolea un caracol al mar. Y aunque no me sentía sola, me sobraba más tiempo de lo común para matar, lo que irremediablemente me llevó a meterme de lleno en el mundo cinematográfico, lugar fascinante y cálido que ha sabido abrazarme en todos los momentos de mi vida.

Adicionalmente estaba adentrando la edad de incursionar en cualquier película que me causara curiosidad sin ningún tipo de control parental, lo que me daba una gran libertad de poder disfrutar nuevas historias. Es en esta parte de mi adolescencia, que conocí Mamma Mía.

Mamma Mía fue una película de la que había escuchado hablar mil veces, y de la que incluso recordaba haber visto afiches cuando se estrenó en 2008. Pero no fue hasta mucho tiempo después que me digne de verla gracias a mi prima, mi ángel de la guarda tres años mayor que yo, que ha iluminado enormemente mi camino musical y de cine. “Es una locura, haceme caso. Vas a tenerle mucho cariño porque te gusta mucho High School Musical” me dijo un día en lo de mi abuela. Así que un día, le obedecí.

Al principio, me causó una mala impresión. “No entiendo mucho porque se la pasan cantando. Me molesta que ni bien terminan de bailar una canción, arrancan con otra” le dije a mi prima en un audio cuando me percaté que pocos minutos después de Honey Honey sonaba Money, Money, Money. Lejos estaba de comprender como funcionaban los musicales, y aún más lejos de saber lo mucho que iban a calar en mi esas canciones de Abba una vez que terminara el film.

Poco a poco, fui entendiendo porque era tan galardonada: la locación era soñada, la historia era muy jugosa, y los personajes tenían una construcción increíble. Donna y Sophie tenían esa dinámica dulce de madre-hija que yo soñaba tener con mi mamá; Tanya y Rosie eran las mejores amigas que una mujer podía tener; Sky representaba ese novio enamorado que yo había anhelado toda mi juventud, y Bill, Harry y Sam esos padres triplicados que traían nuevas sorpresas además de mucho apoyo. Todo esto transcurriendo en el pleno verano de Grecia, acompañado de hits icónicos que me hacían sobresaltar el corazón.

No obstante, jamás voy a olvidar el momento de la película que me cambio la cabeza para siempre. Hasta el día de hoy, la escena ha quedado pintada con los oleos más coloridos dentro de mi memoria, y puedo sentir en la panza el mareo que me generó en aquel momento. Estoy hablando nada más y nada menos que el final de Dancing Queen, cuando Donna, vestida con su jardinero de jean y su blusa blanca, se tira al mar de bomba. Y la vi reírse en el agua con su cabellera rubia mojada, motivando a todas las otras mujeres que habían acompañado su número a tirarse como ella. “Ah okey. Yo puedo ser esta persona” pensé yo. “Yo puedo crecer y envejecer siendo feliz y libre, sin tener que cumplir con ningún tipo de mandato, y siendo la versión más autentica de mi". No me pregunten porque, pero fue así como Meryl Streep hizo un clic en mí, inspirándome a buscar ser una chica empoderada que vive con libertad absoluta (además de que logró que me decidiera por estudiar Administración Hotelera, carrera que disfruto enormemente y que llevo cursando hace 3 años).

Una vez que terminó, me di cuenta del evento canónico que había presenciado, y deduje que me encontraría en esa misma posición múltiples veces en el futuro: anonadada, cantando Waterloo y esperando que pase el suficiente tiempo para volver a verla. Y aunque obviamente fui creciendo y percatándome de nuevas cosas a medida que la miraba (como el excelente humor que maneja y lo triste que es la escena de la preparación de la novia donde cantan Slipping Through My Fingers), no hay nada que me gustaría más que volver el tiempo atrás para ver en tercera persona mi primera reacción a esa obra de arte.

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