Se escucha esto cuando la película está empezando: “Esta es una historia de la ciudad. Sucedió, o pudo suceder hace varios años… Entonces, las cárceles no eran como ahora… Y por un resquicio del código se filtró la idea de un delito audaz". Y después esto: “Crespo, haga la nota de José Morán, el que capturaron hoy. Hable de la familia, en el sobre hay datos.” Su director, Hugo Fregonese, sabe pendular entre el anticipo y la historia clásica.
Hoy en día, en la época del miedo al “spoiler”, de la devoción por no arruinar los finales, del intento ansioso por mantener un misterio inútil, las películas que empiezan por el final tal vez puedan darnos alguna pista sobre el susto de enterarse cómo termina una historia. Suelen ser un poco pesados los que le tienen fobia a que les cuenten los finales. Como si el final no fuese una excusa para decir otra cosa, para contar formas, para expandir la visión y reubicar el entretenimiento en un rincón crítico de nuestra butaca mental. Estamos hablando de las buenas películas, como esta. Quizá ese sea el susto verdadero: lo que termina es la historia, ¿y después qué?
Esa pregunta por el después tiene algunos matices. No es lo mismo preguntarse por las consecuencias que fantasear con algún final victorioso. En este film conocemos al protagonista, de nombre José Morán (interpretado por Jorge Salcedo), que después de perder su plata en el turf y en cuanto garito de timba subyugue a la realidad, imagina un sueño mayor. El gran pozo, la estafa primera y final. A la manera hollywoodense pero en Buenos Aires, como un titán pero de Saavedra, con la voluntad y el oficio de un pícaro. Con la pesadumbre, la melancolía y el amor propio de un porteño de ley. Es empleado contable de alguna empresa de solidez burguesa y oficinas art decó, en medio de la Diagonal Norte flamante, en medio de los años cuarenta, el apogeo de la economía peronista del todos ganan, aunque siempre haya quienes ganan mucho más.
Un halo de preguntas existenciales recorre el film ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de mandarse la parte delincuencial? La única que se le ocurre a Morán lo anima a decidirse sin pensarlo demasiado: ser reconocido como quien triunfó ante un sistema que solo tiene para él una vidriera de zaguán, triste y desgraciada. Cambio de vida a cambio de unos pocos años en la cárcel.

La película muestra el ambiente alborotado de la vida en la ciudad. Primero vemos todo desde un avión: grandes edificios, el obelisco de 1937 que indignó a Martínez Estrada -a quien le indignaba en sí la ciudad toda-, y las diagonales surcando los edificios como las fotos de Horacio Coppola. Autos estacionados en lo que parece ser un garage a cielo abierto, venidas doble mano... Como si la ciudad se despertara, los trenes y tranvías aparecen a toda velocidad. La gente amontonada sube y baja las escaleras de la boca del subte de Primera Junta, viaja en tranvía con medio cuerpo afuera, camina por calles que todavía no tienen senda peatonal, compra el diario para enterarse de malas noticias. Es la gente de una ciudad con “los nervios excitados”, como dice la voz en off, que habla del sinsentido de los que viven apurados. Es la vida moderna en su momento de traslación a la sociedad de masas, al espectáculo y a las miserias de otra calaña, ya no coloniales sino universales pesando en el ánimo civil, en la fricción de la lucha por el día a día, en el frenesí que lleva finalmente a ninguna parte.
La historia se organiza en relación a la noticia de la captura de Morán. A través del periodista que la redacta Fregonese -director de esta y muchas películas, la mayoría filmadas en Estados Unidos, pero también de Pampa Bárbara- nos introduce en el relato. Ya vimos la escena con la que termina, porque así empieza la película. Ya sabemos que Morán será capturado, porque vimos la noticia. Y ahora este periodista de nombre Crespo nos hace prestar atención a lo verdaderamente importante en una historia como esta: la familia. Porque vemos a un Morán nervioso e inquieto durante el momento en que lleva a cabo su plan de estafa y le da a firmar a su jefe un cheque por una suma impensada, pero también lo vemos impaciente por hacerlo, ansioso por cumplirlo. Es una manera extraña de la tranquilidad, una calma construida por alguien que necesita mantener un secreto.
Este secreto no es solo el plan de la estafa. Su motivación no pasa por no ser condenado, sino al contrario, porque Morán quiere guardarse la plata para disfrutarla después de cumplir los seis años de cárcel a los que lo condenan. ¿Y su familia? En la relación con quienes se preocupan por él y su vida hay una pista para conocer mejor lo “apenas delincuente” de Morán.
Él sabe hacer cálculos, y gracias a su novia estudiante de derecho se entera de que sus números pueden crecer. Ella le cuenta que las condenas por estafa no tienen un límite relacionado a la suma de dinero: si la estafa es por unos pesos o por millones, el máximo de tiempo en la cárcel es el mismo. Entonces Morán descubre lo que está dispuesto a hacer por su causa. Y esto es simplemente así, porque actúa para él, la causa es completamente suya. Morán parece no querer contarle a nadie su plan no por temor a que lo delaten sino porque no se le ocurre. Está demasiado envalentonado y actúa para sí mismo.
En la cárcel todo cambia y la vida fuera de la cárcel lo condiciona más de lo que parece. De esos dimes y diretes surge la pregunta por qué vale la pena, si el esfuerzo o la chicana, si la conducta o el riesgo. El final-final de la película dice mucho, se decide por una de las dos, en un salto moral. O trágico, mejor dicho.
Una película de 1949, urbana y suburbana, es una vidriera al pasado y eso no tiene nada de malo, porque tira para todos lados también. Nos muestra la cárcel de la avenida Las Heras y los montículos del Ferrocarril rodeados de descampados. La saña humana por la plata y la tensión familiar. Se entrevé la convivencia en Buenos Aires de desesperaciones y tecnologías que cambian siendo siempre las mismas, cada vez más.
Podría terminar este texto con varias razones para ver la película. Que inspira a Rodrigo Moreno para su reciente film Los delincuentes, donde retuerce, expande y transforma la historia estructural de Apenas un delincuente. Que nos llama a pensar de qué manera una ciudad ordenada, un país ordenado, un gobierno ordenado, una época ordenada y convulsa, llena de discusiones, como lo era Argentina en 1949, empujan y amparan la historia del que quiere zafar, del que no le cree a nada salvo al corazón riesgoso. Que está en esta historia la literatura de Roberto Arlt y Elias Castelnovo estilizada, como decorada por el cine, pero está. Que se remite enfáticamente a la idea de que alguien así pueda ser ídolo popular. Que queda pendiente en el espectador la frase que dice Morán: “La dicha y la fortuna son cosas que hay que tomar por asalto”. Finalmente, que todos estos elementos son espacios de la imaginación para encontrar la alianza entre la aventura individual y el lazo social, imparables cuando se hacen amigos.



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