La sustancia y la broma macabra sobre el deterioro y la muerte Spoilers

Dos ideas dominaron la recepción del estreno de La sustancia hace ya varias semanas. La primera fue su lectura como crítica a las presiones sociales sobre las mujeres para mantenerse jóvenes y bellas, especialmente en el mundo del espectáculo, pero podría extenderse a toda la órbita de la vida pública. La segunda, la clave del "body horror" como paraguas genérico que incluye referencias al cine de David Cronenberg y a los nuevos exponentes contemporáneos en el cine francés -de donde emerge la directora Coralie Fargeat- como la ganadora de la Palma de Oro por Titane (2021), Julia Ducournau. En esa doble aproximación se fundamenta la capacidad de la película de funcionar en el marco del cine de terror, destinada a un público ávido de experiencias sensoriales y baños de sangre -que la película cumple con creces y abusos- y, al mismo tiempo, de entrar en la competencia de un festival como el de Cannes y dominar la agenda de discusión de la crítica durante semanas, y a esta altura, meses. A eso se agrega que se palpita como posible múltinominada los Oscars, con lo cual su validación global estaría garantizada.

Ahora, bien, La sustancia es muchas otras cosas, algunas buenas, y otras no tanto. Es una película conscientemente provocadora, y eso la tiñe de cierta especulación y oportunismo. Es decir, el tema hoy ya tiene demasiado recorrido en la opinión pública y, desprovisto de alguna vuelta de tuerca, o de una forma original o novedosa para su abordaje, resulta trillado o incluso algo banal. Podríamos decir que la tiranía de la juventud y la belleza ya estaban presentes en películas que van desde El ocaso de una vida (1950), de Billy Wilder, en clave de melodrama mortuorio, hasta La muerte le sienta bien (1992), de Robert Zemekis, en clave de sátira disparatada. Una estrella otrora famosa encuentra algún artilugio para permanecer lozana frente al espejo y la mirada de sus admiradores, ya sea mediante el crimen y el autoengaño, o a través de una pócima que le promete la juventud eterna. Eso es lo que toma La sustancia, con las debidas reformulaciones de la tecnología actual y algunas claves estéticas del cine contemporáneo. Pero, en esencia, esa es la idea, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué más hay para decir que repetir lo obvio y lamentarse por la desgracia que resulta el mundo?

En ese sentido, Coralie Fargeat se posiciona en una encrucijada y encuentra algunas salidas. El punto de partida es el esperable: una ex estrella de Hollywood revive a sus 50 años un cierto corolario de su fama en un programa de televisión matutino en el que baila aeróbics enfundada en una malla ajustada al ritmo de una música pegadiza. La referencia es clara: los videos de Jane Fonda en los años 80, antes ganadora del Oscar y actriz comprometida, devenida en la reina de la gimnasia televisada que demostraba lo bien que se "conservaba" ya pasados los 40. Ahora es Demi Moore y los tiempos son los actuales, con lo cual el anacronismo del programa -y el cavado de las mallas- permitido por Fargeat se sustenta en un mundo enrarecido, casi atemporal, filmado con una perspectiva estilizada y colorida, de ecos lyncheanos que nos sugieren haber entrado en un laberinto imaginado por algún pintor abstracto. En el día de su cumpleaños, Elizabeth Sparkle -así se llama nuestra estrella- escucha desde el baño la buena nueva de su productor: ya está vieja para el programa y será reemplazada por alguien más joven, sin arrugas y con carnes firmes. Ella se ha convertido en material descartable.

La sustancia (2024).

Aturdida por la noticia, termina en la sala de emergencias donde un joven adonis le promete una salida a su desahucio: una milagrosa "sustancia" que a él le cambió la vida. Lógicamente esa será la SUSTANCIA del título, con un amarillo fluorescente y una serie de instrucciones que indican el procedimiento a seguir para Elizabeth. Pese a sus recelos, se aplica la pócima y consigue expulsar una doble espléndida, no de sus costillas sino de su columna, como un parásito convertido en "la mejor versión de sí misma". La Otra es Margaret Qualley, con una sonrisa de muchos dientes, una piel de porcelana, y un talle perfecto para la malla de gimnasia que llegará a vestir cuando el show se relance con su rostro en la marquesina. Hasta acá se pueden recoger algunas nuevas referencias, sobre todo en el marco del horror que veremos avecinarse, y todas ellas provienen de la literatura victoriana en la que realidad y apariencia se bifurcan en dos mundos paralelos, el de la superficie y el de las profundidades.

Así como para el Doctor Jekyll de Stevenson su versión monstruosa y promiscua bautizada Mr. Hyde saldrá a vivir en pecado por la puerta trasera de su consultorio, también para el pobre Dorian Gray de Oscar Wilde el rostro lozano de una juventud incorrupta tiene como precio el cuadro inmoral que se guarda en el altillo. Y nadie mejor que Wilde sabía de dualidades, en una sociedad que había castigado su homosexualidad con la cárcel y su arte con la censura. Ellos son también los ancestros dobles de la pobre Elizabeth, pero es ella la que termina guardada en un cuarto oscuro tras una puerta falsa de un baño de azulejos blanquísimos e inmaculados. Lo interesante de Fargeat en la apropiación de estas coordenadas es que lo hace a través del estilo, y lo que era gótico en sus inspiraciones literarias, se convierte en lustroso y digital en su puesta en escena. Nada de lo carnal o lo contrastado aparece aquí, sino un mundo de contornos claros, justamente cuando el tema se torna más oscuro. Por ello Elizabeth, deberá permanecer vieja y corrupta en el escondite, mientras su doble perfecta y triunfante se pasea por los canales de televisión y las tapas de Vogue.

La sustancia (2024).

Sue es el nombre de esa mejor versión, un vampiro sin colmillos que lleva al límite su vida de solo siete días y consigue ganar unas horas a costa de la podredumbre de la nave insignia. "Recuerda: siempre sos una, no puedes escapar de vos misma". Así, cada hora de disfrute juvenil de Sue, lo paga Elizabeth con dedos y piernas anquilosados. Su goce siempre es delegado y asume su propio límite: cada vez que cambian, y la libertad se le ofrece a Elizabeth, se siente incapaz de atravesar la puerta de su departamento-sarcófago porque la sola mirada de su doble la consume en el odio a sí misma. No solo se pudre su cuerpo cuando Sue la vampiriza, sino que ella misma se esconde en el revés de una imagen a la que nunca se permite alcanzar. A Sue la ven, la celebran y la desean. A ella le gritan que se corra de la calle y le regalan libros de cocina para engordar, ahora que la delgadez ya no importa.

Es aquí donde asoma quizás el mejor hallazgo de la película, no el del tema importante, o el del estilo ingenioso, ni siquiera el festival de sangre que empasta la resolución, sino el retrato de una soledad devastadora que empuja a Elizabeth a la inevitable autodestrucción. Y no es solo el mundo el que le escupe el desprecio por la vejez, sino es ella quien lo ha naturalizado, como solo puede sentirse alguien cuando su ingrata fotocopia es querida por esos anónimos que la celebran y la endiosan solo porque agita las nalgas en sus medias rosadas con el desparpajo que solo tienen la belleza y la juventud. ¿Son esos planos del trasero de Margaret Qualley en diferentes tamaños y posiciones, empujados hacia adelante y atrás por el zoom y la música pegadiza una trampa para la denuncia sobre la sexualización de los cuerpos femeninos? ¿O en realidad Fargeat no quiere que nos tomemos demasiado en serio el alegato feminista y nos invita a ver como un placer culposo ese cuerpo que su cámara filma con cierta fascinación? Y, algo de eso hay. La película insiste en sacudirnos esa demanda de consignas para llevarnos a una risa macabra, que combina tanto la conciencia dolorosa de lo cruel del paso del tiempo, como también la atracción que genera la belleza autoconsciente en cámara.

La sustancia (2024).

Lo que nos espera hacia el final es quizás un bucle prolongado y anticlimático, que encubre sus dudas sobre la resolución en una infinita digresión que intenta ser una vuelta de tuerca. Pero lo mejor ya pasó, sangre y tripas a granel no consiguen empañar algunos hallazgos inteligentes de la construcción de la película, y algunas de las mejores secuencias que encarna Moore. Su ritual de maquillaje y decepción frente al espejo es uno de los grandes momentos de la La sustancia, logrado a partir de una profunda tristeza nunca enunciada, sino edificada con rigor y sutileza a través de la imagen y el rostro avinagrado de la actriz. Es allí donde el humor arremete sin escrúpulos sobre la identificación y la conciencia del propio espectador de haber estado allí.

Lo efectivo del horror, aún con las constantes del splatter más excesivo, y algunos guiños al Lynch de El hombre elefante, se encuentra en esa fibra que sabe encontrar Fargeat al oscilar entre el exploit del cuerpo sensual, el asco del body horror, la pátina feminista, y una forma cinematográfica astuta para revelar el impacto devastador del deterioro como verdadera consciencia de que lo que nos espera es la muerte. No importa la tecnología que nos prolongue, la sustancia que nos duplique o la ilusión que nos ayude a olvidarla. Como decía Ingmar Bergman, al final siempre estamos solos cara a cara con la muerte.

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