John Wick: una venganza con la mejor marca personal 

Recuerdo cuando vi el trailer de “John Wick, otro día para matar”. Como fan de géneros como la ciencia ficción y el misterio, no me entusiasmaba mucho ver a Keanu “Neo” Reeves protagonizando una película de acción y violencia. Al final, me sedujo la propuesta. No sé si fue la combinación de armas de fuego y artes marciales, o la mera curiosidad de ver a Keanu en este nuevo personaje.


Lo cierto es que con “John Wick” me vi reconciliado con las escenas de peleas, las persecuciones, los disparos y los asesinatos; con las películas de acción. No obstante, me parece que John Wick es mucho más que una “película de acción.”


Quiero decir que, si bien estamos hablando de una cinta de acción basada en la venganza, con un personaje central que me recordó al “Vengador Anónimo” de Charles Bronson, la historia del “hombre de la bolsa” y su desarrollo es más pretenciosa de lo que sugiere una trama en apariencia sencilla.


Un desencadenante explosivo


Mr. Wick es un hombre que ha logrado retirarse (después nos enteraríamos a qué costo) del mundo de la mafia y sus “negocios”, donde la palabra negocios significa, simplemente, matar. No es un don nadie, su “marca personal” en el submundo de los negocios criminales es intimidante y poderosa: es el boogeyman, alguien definido por unas frases-mantra muy claras:


El es un hombre “con concentración, compromiso y voluntad pura.”


Es alguien con una efectividad única en lo que hace, implacable y letal. Uno imagina cómo fue ese día en el que conoció y se enamoró de Helen, el día en que la máquina asesina vio la luz y, sobre todo, una oportunidad de testear la dulzura de la vida. Pero, como suele suceder, esta siempre termina recordándote, historia tras historia, que cosas tan buenas no están destinadas a durar. Así, después de algunos años de idilio, mientras caminan por un bulevar en un día cualquiera, Helen se desmaya en sus brazos y termina muriendo de una extraña enfermedad.


John se ha quedado solo. La inercia de la máquina asesina parece llamarlo con fuerza. En el garaje de su casa yace el que parece ser su compañero fiel, el viejo amigo que siempre estaba ahí mientras Helen trabajaba o no estaba en casa: su Mustang del 69. En una de esas primeras escenas podemos verlo entrando en una especie de terreno baldío, donde su impotencia y furia encuentra una salida haciendo rugir el motor del vehículo, maniobrando salvajemente, e incluso amagando con estrellarse con unos tractores que marcaban un límite.


El fantasma de la máquina asesina parece empezar a asediarlo. En una estación se servicio se cruza con un tipo fanfarrón y su par de amigos. Este se “enamora” del Mustang y le propone comprárselo, pero John deja claro que no está a la venta y se lo dice en su idioma después de que este pretendiera insultarlo sin que supiera. Pero hay un problema: el fanfarrón es Iosef Tarasov (Alfie Allen), un hijo de papi, pero de papi poderoso del crimen organizado; John no sabe quién es él, pero aquel tampoco sabe quién es el dueño del Mustang del 69.


Pronto veremos la escena que se convierte en la razón por la que muchos simpatizamos con Mr. Wick desde el principio y lo acompañamos en su determinación de venganza.


Helen se iría de la vida de John de una forma prematura y trágica. Consciente de lo que pasaría, tenía preparado un regalo para cuando no estuviera y que sirviera de recuerdo: un lindo perrito acompañado de una emotiva nota. Así, mientras sentía los toques de la inercia de asesino brutal con marca personal, su nueva mascota le servía como un símbolo de la vida feliz que logro tener. Era la presencia del amor, el recuerdo de los años preciosos que habían compartido. La vida, con todo y el dolor, parecía seguir teniendo sentido.


El perrito era una nueva oportunidad de amar, un símbolo de Helen y su amor incondicional.


Pero el pasado siempre nos acecha y Mr. Wick no sería la excepción. Una noche, Iosef y sus secuaces penetran en casa de John para robar el Mustang. A John lo golpean salvajemente, y en eso se escuchan los ladridos de la criatura inocente que sabe que algo no está bien con su amo. Es ahí cuando matan al perrito con un salvaje golpe, en una dura escena que hace que todos los genios malignos salgan de las botellas. Era el evento que pedía la pulsión asesina de John, la justificación para conectar de nuevo con los viejos demonios.


Después de esa escena fue imposible para mí no ver el resto de la película, quería acompañar los pasos de John hacia su la venganza.


A partir de aquí, comenzaría una cacería. Todo el amor de John se había convertido en furia asesina, en enfoque, en voluntad pura. La oportunidad de continuar en la luz se había visto truncada por un fanfarrón que pertenecía al mundo del que él se había salido.

Mr. Wick: una poderosa marca personal


De aquí en adelante, lo que nos ofrece el director Chad Stahelski es una propuesta que incluye un guion con las palabras necesarias (la historia se cuenta sola), unas peleas que combinan disparos, armas blancas y artes marciales con un estilo “virtuoso” que me recordó al Cristian Bale de Equilibrium (2002), y unos personajes y una fotografía que se pasea de forma brillante por la belleza de la oscuridad.

El conflicto interno en el submundo estaba servido. Se había cometido un grave error con Mr. Wick, quien por motivos eminentemente personales regresaría a sus andanzas y buscaría apoyo en amigos como Aurelio (el mecánico) o Winston (el jefe del Continental).


A diferencia del vengador de Bronson, Paul kersey, quien era un ciudadano normal, un tranquilo arquitecto, un anónimo, la fama de John como asesino era legendaria y desde Nueva York cruzaba el Atlántico hasta la Italia de la “High Table”, pasando por África y hasta el lejano oriente.


Habían desencadenado al hombre de la bolsa, a aquel que había matado a tres tipos en un bar con un lápiz, a ese temido tirador conocido por su concentración, compromiso y voluntad pura. Habían despertado a John, un tirador con una reputación digitada bala a bala, el asesino con la mejor marca personal del submundo.

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