
El plan parecía infalible; nada podía salir mal. Al menos, así lo creía Julien Tavernier (Maurice Ronet). Con esa certeza, se infiltra en la oficina del poderoso industrial Simon Carala (Jean Wall) para asesinarlo a sangre fría y comenzar una nueva vida junto a Florence (Jeanne Moreau), la esposa del magnate. Pero lo que parecía un crimen perfecto pronto se complica. Cuando Julien regresa al lugar del asesinato para recuperar una evidencia olvidada, queda atrapado en un ascensor. Mientras tanto, Louis (Georges Poujouly), un joven delincuente, y su novia Véronique (Yori Bertin) se apoderan del coche de Tavernier, usándolo para un improvisado viaje de fin de semana, sin imaginar el caos que desencadenarán.
A veces, las obras y sus creadores tardan en recibir el reconocimiento que merecen. Este es el caso del debut como director de Louis Malle, Ascensor para el cadalso (1958). En su estreno, la influyente revista Cahiers du cinéma, epicentro de la Nouvelle Vague, no fue especialmente amable con el filme. Curiosamente, esta misma publicación, conocida por haber albergado a figuras legendarias como Jean-Luc Godard y François Truffaut antes de que revolucionaran el cine con sus propias películas, se convirtió en un pilar del movimiento al que más tarde se asociaría Malle. Aunque nunca formó parte del núcleo de esta corriente, Ascensor para el cadalso sería considerada una de sus primeras manifestaciones.

El filme de Malle ocupa un lugar peculiar entre lo clásico y lo innovador. Por un lado, retoma elementos característicos del film noir: la femme fatale, las tomas nocturnas y una visión pesimista del mundo. Todo gira en torno a personajes avariciosos, inmorales y despiadados que, sin saberlo, complican mutuamente sus vidas. Por otro lado, Malle rompe con varias convenciones del género. Uno de los aspectos más célebres es la representación cruda de Jeanne Moreau: su Florence vaga por las calles de París, desmaquillada y sin iluminación favorecedora, en busca de su amante. La actriz, que más tarde se convertiría en un ícono del cine francés con películas como Jules y Jim, aparece aquí al borde de la locura, confundida incluso con una prostituta, pese a ser la esposa de un rico industrial.
Esta audaz representación muestra a una mujer en ruinas, despojada de cualquier idealización. La cámara de Henri Decaë espesa esta distancia emocional al mantener un enfoque clínico y reservado, dejando que el espectador sea un cómplice incómodo y voyeur. Aunque ocasionalmente se insinúan las motivaciones de los personajes, como en la apasionada declaración telefónica de Florence al inicio, estos permanecen ajenos entre sí y al público. La película no pretende ser un estudio profundo de carácter; en cambio, expone a individuos atrapados en un ciclo de codicia y soledad, luchando por alcanzar algo que nunca podrán poseer.

Como thriller, Ascensor para el cadalso también se aparta de las expectativas convencionales. Adaptada de una novela de Noël Calef, la historia no gira en torno a la búsqueda de un culpable, pues el espectador sabe desde el principio quiénes son los responsables. En todo caso, la pregunta central es si los personajes serán capturados y castigados, y, de ser así, por qué crimen. Es un giro interesante: el "crimen perfecto" de Julien se ve amenazado no por una investigación, sino por un delito fortuito cometido por otros.
El filme conserva su capacidad de intrigar, especialmente gracias a su fascinante puesta en escena, que transforma París en una especie de infierno anónimo y surreal. Incluso después de más de sesenta años, las imágenes mantienen su vigencia. Las escenas en las que Florence deambula por la ciudad, buscando amor y consuelo, no avanzan la narrativa de manera significativa y, de hecho, no estaban presentes en la novela original. Sin embargo, son esenciales para el espíritu del filme, que retrata un mundo sin fundamentos, donde las identidades se desdibujan, intercambian y destruyen. Una atmósfera que oscila entre la claustrofobia y la vastedad deshumanizada.

En cuanto a su guion, Ascensor para el cadalso bebe profundamente del legado de Alfred Hitchcock, especialmente en su construcción narrativa. No obstante, su estética visual, particularmente en las detalladas secuencias dentro del ascensor, rinde homenaje a Un condenado a muerte se escapa (1956) de Robert Bresson. Mientras que los actos inicial y final están marcados por un realismo nítido y grabaciones en tiempo real, el segmento central adopta elementos clásicos del film noir.
Por lo demás, Ascensor para el cadalso posee una curiosa cualidad histórica: aunque Louis Malle buscaba, según sus propias palabras, distanciarse de la “vieja calidad francesa de los años 50”, la película podría interpretarse retrospectivamente como la culminación de esa tradición. A pesar de sus destellos que apuntan hacia las décadas de 1960 y 1970, el filme permanece firmemente anclado en 1957, reflejando con exactitud su época en términos políticos, sociales, arquitectónicos, sociológicos y psicológicos.

Malle exaltaba la modernidad de los escenarios, como el motel o el ascensor del edificio de Carala, pero es imposible pasar por alto el estudio mísero y decadente del joven par criminal, un espacio parisino desgastado y sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial. Este contraste entre lo nuevo y lo antiguo sitúa a la película en la frontera entre el clasicismo y la Nouvelle Vague. El director aborda el tema de los marginados, una constante en su filmografía. En Ascensor para el cadalso, los personajes expresan la rebeldía de su tiempo mientras están profundamente moldeados por él, lo que los convierte en figuras sinceras y auténticas. Esto se refleja también en El fuego fatuo (1963), de la que hablé hace unos meses, donde Malle adapta una novela anterior a su época, transponiéndola al París contemporáneo. Ambos filmes, en su tratamiento de personajes al margen de la sociedad, son de una modernidad y sensibilidad únicas. Malle convierte los decorados en personajes esenciales de la trama, utilizando cada espacio con inteligencia, desde el sonido hasta los pequeños detalles visuales, para preservar la atmósfera única del filme.

El amor en Ascensor para el cadalso no es heroico ni redentor. Es una fuerza impulsiva y frágil, marcada por los caprichos del destino. Los protagonistas, seguros de su pasión y convencidos de su determinación, no están preparados para afrontar las devastadoras consecuencias de sus actos. Esta vulnerabilidad profundamente humana conecta al espectador desde el primer instante y lo envuelve en una atmósfera tensa que no se disipa hasta el desenlace. En una época en la que las películas de género suelen priorizar fórmulas previsibles o estética efímera, Ascensor para el cadalso permanece como un ejemplo de cómo el género negro (o noir) puede explorar las profundidades de la condición humana con sofisticación y rigor. Louis Malle logra capturar la tensión y el vacío existencial de una sociedad en transformación, creando una obra que trasciende su tiempo y que sobrevivirá incluso al nuestro.




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