
Cuando una película perdura circulando en tus pensamientos después de muchos meses de su visionado, algo quiere decir. Algo moviliza que la distingue de todas las demás, o al menos de la mayoría. En este caso, me gustaría reflexionar y escribir a la vez sobre una película del iraní Jafar Panahi (1960), más precisamente su última elaboración, No hay Osos o Los ojos no existen (2022). Este largometraje nos cuenta una historia cuanto menos compleja, con una cantidad de capas de profundidad que la tornan una experiencia cinematográfica completamente singular. Se trata de un director de cine -él mismo-, que debe filmar su próxima película alejado del set de filmación en Turquía, más bien dirigiendo por videollamada. Panahi lo transmite directamente con imágenes, para que nosotros espectadores emancipados podamos armar la historia con las piezas del rompecabezas. Lo muestra con las imposibilidades concretas de no estar en cuerpo en un set de filmación siendo acaso la dirección el eslabón más importante. Una computadora que pierde conexión, el delay entre el momento en que se habla y el momento en que llega ese sonido, la imagen de la pantalla que se entrecorta, se granula y la nitidez se escapa. En algún punto, Panahi habla del malentendido mismo existente en todas las conversaciones humanas.

Si la historia continuara con esta premisa, sería una comedia que logra trabajar con el malentendido de una manera novedosa. Sin embargo, No hay osos manifiesta que hay un trasfondo político en esta decisión que vemos a su comienzo. Mientras todos se encuentran intentando realizar una película en Turquía, Panahi permanece en un pequeño pueblo iraní, casi desconocido para él, sólo porque es el más cercano a la frontera que la separa de Turquía. Si bien podría ser una especie de 8 ½ fellinesca o asemejarse a El estado de las cosas (1982) de Wim Wenders, hay aquí otro componente que la trastoca, y es la vida personal del director que intenta volcar en esta ficción (¿se trata de una ficción propiamente dicha?).
Su cine no puede pensarse por fuera de su vida personal, su actividad política y su producción audiovisual están íntimamente ligados, siendo uno el reverso del otro o, mejor dicho, dos caras de una misma moneda. Indisociables, veremos en cada película suya una declaración certera sobre su modo de ver la vida y de posicionarse en el mundo, un acto valorable en los tiempos que corren. Este director es un exponente de la Nueva Ola de cine iraní, el cual se constituye paulatinamente luego de la Revolución Islámica de 1979 que instauró un régimen radical islámico que perdura hasta nuestros días. Los cineastas, no ajenos a esta coyuntura donde crecieron y se desarrollaron, utilizaron los medios audiovisuales para transmitir un decir sin soslayar el terreno político en el que se encontraban. Abbas Kiarostami es uno de ellos entre tantos otros, con quien Panahi iniciara su recorrido en el mundo del cine, trabajando como su asistente en A través de los Olivos (1994).

Este director tiene una historia política dura que jamás deja de lado en sus películas. En 2009, Panahi fue detenido cuando participó del entierro de una joven asesinada durante una protesta electoral. Aunque fue liberado, le prohibieron salir del país, reteniendo su pasaporte. Esta detención derivó luego en una clara persecución política e ideológica, donde tiempo después fue detenido nuevamente durante más de 80 días y, posteriormente, condenado a 6 años de prisión, sin una explicación o delito que lo avale. Panahi se convirtió, claro está, en un preso político víctima del régimen iraní, acusado de realizar propaganda contra el Estado. Este panorama, cuanto menos oscuro, es uno de los tantos que acontecen no sólo en Irán sino en distintas partes del mundo, una cristalización del panorama político cruel que persiste desde hace décadas. Allí está Panahi, hoy en prisión cumpliendo aquella condena de 6 años, pero aún así pensando en imágenes que puedan transmitir, no sólo su experiencia sino las vivencias de la coyuntura social del momento.

A este director, entre otras cosas, además de haberse prohibido salir del país, también se le prohibió filmar películas o hablar en entrevistas, intentando convertirlo en un nombre a eliminar. Por ello, sus últimas películas fueron realizadas de manera clandestina, más precisamente desde Esto no es una película (2011), título que ya configura el tono en que debemos leer todo lo que viene a posteriori y particularmente en No hay osos. Desde ese momento, filma una serie de películas con sumo cuidado y con el riesgo de que la persecución se torne aún más hostil. Por ello, podemos ver que este último largometraje es fiel reflejo de lo que el director se encontraba viviendo en todos esos años, desdibujando aún más la noción de ficción. Él mismo se pone en su propia piel para representar a un director que no puede estar allí como se acostumbra en el terreno de filmación, porque el riesgo es enorme. En ese sentido, capas de ficción y documental se entremezclan para dar lugar a No hay osos, con el protagonismo de Panahi, Mina Kavani y Bahktiyar Panjeei como la pareja central que nos guiará en una serie de enredos cada vez más oscuros. La película nos hace olvidar cuál fue el verdadero comienzo: una pareja Zara y Bahktiyar (los dos últimos actores mencionados) se encuentra intentando escapar de Irán y dirigirse a otro lugar, probablemente a Europa. Para ello, deben falsificar pasaportes y, asimismo, su identidad. Esta trama se irá desplegando lentamente a lo largo de todo el largometraje, indicando que están siendo grabados por el mismo Panahi. Entonces, son actores representando a esta pareja en situación de huída. Algo más nos es sugerido a medida que los minutos avanzan. Esta filmación es en sí misma una recreación de algo real (dentro de la ficción de Panahi). Si quisiera, en este punto, explicar las idas y venidas, crearía un enredo del cual sería muy complejo salir; es mejor mirar la película para percibir la confusión con las imágenes. Este largometraje de Panahi abre la pregunta sobre la tan discutida dicotomía ficción/documental. Nos inserta en un mundo donde ambos caminos se entrecruzan, se tocan, se distancian y se superponen, haciendo que la diferenciación sea un borde difícil de distinguir. Qué de lo que vemos es espontáneo y qué es una situación pensada por quienes están detrás de cámara, es una pregunta válida que insiste hasta el final de la película. En algún punto, la pregunta desaparece y nos entregamos a la contemplación.
Es una película de una complejidad enorme, por varias razones que la hacen atractiva. Lo atractivo acaso se liga a puntos de indecibilidad por parte del espectador, por esos momentos de incertidumbre ante lo que se mira, suspensión absoluta de la comprensión.

Por último, además de situar la cuestión propiamente política y la puesta en juego de la diferencia documental/ficción, Panahi nos remite a la pregunta por las tradiciones, por las culturas y por lo inherentemente ajeno que resulta todo aquello que no es lo propio de Occidente. Ese pueblito pequeño en el que el director se asienta para filmar a la distancia, tiene una idiosincrasia que incluso para un iraní se tornan ajenas. Es que, además de todos los problemas que van emergiendo en la película, el director se crea uno más: en su tiempo libre (o cuando la conexión de internet le impide estar en el set de filmación), saca fotografías de lo que tiene a su alrededor. Una de ellas, al parecer, capturó una situación que no debía ser vista, algo que para los ojos occidentales pasaría desapercibido, e incluso para los ojos del Panahi dentro de la película también. Esa fotografía que jamás será vista desata una serie de rispideces que se adicionan al drama de la pareja que quiere escapar, y a la dificultad y persecución ideológica que Panahi vuelca sobre su personaje ficcional.
Panahi se hace discutir a sí mismo con su propio bagaje y el choque de realidades ante un pueblo hermético, auto aislado, que se inventa mitos y relatos sobre genios y osos peligrosos que aguardan en la frontera, acechando imaginaria y simbólicamente a aquellos que siquiera osan pensar en traspasar el más allá del territorio conocido.
En casi dos horas observamos un tejido de profundidades y conflictos pocas veces visto en el cine contemporáneo. Panahi nos ofrece un mundo inabarcable y un drama que contiene capas de complejidad, algo que se celebra en épocas donde a la imaginación y la creatividad se le quiere dar cada vez menos valor.




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