"Cromañón": la herida abierta del rock nacional 

Terminé de ver la serie de Cromañón y no pude parar de llorar. No soy una persona de lágrima fácil, pero hay algo en la historia que tocó en mí fibras muy sensibles. No sólo por la tragedia y los 194 muertos que dejó como saldo el incendio del boliche de Once en un show de Callejeros el fatídico 30 de diciembre de 2004, es algo que va más allá. Tiene que ver con la narración de una época de nuestras vidas, tiene que ver con el hecho de haber sido un adolescente en los ‘90 y un joven en los 2000. Tiene que ver con la cultura rock, con la idiosincrasia de barrio en Buenos Aires, con la amistad, la militancia y el amor. Pero vamos de a poco.

Si bien la serie de ocho capítulos -que puede verse por Amazon- está centrada en la tragedia y, por ende, basada en hechos reales, las historias que cuenta son las de los pibes y pibas que iban a ese tipo de shows. El mayor acierto del guión es que cuando llega la trágica noche del tercer show de la banda de Patricio Fontanet en Once, ya estuvimos en sus casas, en sus calles, en sus canciones, en sus amores, en su supervivencia, en sus errores, en sus familias, con sus amigos, compartiendo con cada uno de los protagonistas una historia singular, que más allá de la estremecedora cifra de muertos, lo que logra es multiplicar la empatía del espectador por cada una de esas víctimas. Además de poner en evidencia todas las responsabilidades en su lugar, obviamente.

Todos los elementos que fueron saliendo a la luz a lo largo del juicio están contados en la historia. Las puertas de emergencia del boliche cerradas con candado desde afuera pero con un cartel de salida que fue una trampa mortal para muchos chicos, los matafuegos vencidos, la capacidad de 1000 personas multiplicada en tres o cuatro veces para vender más entradas, los consiguientes sobornos pagados a la policía para habilitar un lugar que tenía grietas por todas partes -baños sin agua para vender más en las barras, techos de material inflamable que combinados con pirotecnia en un lugar cerrado convirtieron los techos en nubes de fuego y humo tóxico, presencia de menores en el lugar-, más su respectiva cuota de sobornos para los inspectores municipales que firmaron la habilitación vaya a saber a cambio de qué. Y también la propia estupidez de prender bengalas en un lugar cerrado por parte de los jóvenes que fueron víctimas y victimarios en ese sentido. Un cóctel de muerte, desidia, estupidez y, sobre todo, corrupción. La ambición, el anzuelo más mordido de la historia de las tragedias de este tipo. Ese en el que picaron tanto los miembros de la banda y su equipo de producción, así como también el dueño del lugar, Omar Chabán, que murió en su casa cumpliendo condena domiciliaria por el delito.

Al estar presentada desde la mirada de las víctimas, la serie se pone en su lugar. Busca retratar su idiosincrasia, su jerga, su lunfardo, sus berretines, su cultura de barrio. Lo logra a veces, no con todos los protagonistas, y otras veces peca de tener poca calle. Nunca las ficciones de este tipo terminan siendo del todo creíbles en el sentido estricto de hablar como se habla en la calle, y se corre el riesgo de que terminan siendo personajes sobreactuados o, por el contrario, que no estén a la altura del submundo que intentan representar. El elenco cuenta con grandes actores como Soledad Villamil, Luis Machín, Paola Barrientos, Carolina Kopelioff, Kevsho, Alan Madanes, Lautaro Rodríguez, Dani La Chepi y Antonia Bengoechea, con participaciones especiales de Esteban Lamothe y Muriel Santa Ana. Todos dirigidos por Marialy Rivas y Fabiana Tiscornia a partir de un guión de Josefina Licitra, Pablo Plotkin y Martín Vatenberg con producción del ganador del Premio de la Academia Armando Bo.

La trama principal se centra en el relato de Malena (interpretada por Olivia Nuss), una joven de 19 años que atiende el kiosco de su mamá en Villa Celina, en La Matanza, y sueña con ser cantante. Su grupo de amigos tiene una banda de rock, y su corazón está dividido entre su novio Lucas -José Giménez Zapiola, alias El Purre-, el novio casi perfecto, lindo y comprometido socialmente con todo lo que pasa en su barrio, el estereotipo del joven militante, y por otro lado, Nico, el guitarrista de la banda, más bohemio, más canchero, que tiene un romance clandestino y fugaz con Malena a pesar de que Nico es uno de sus mejores amigos. Sobre ese triángulo amoroso descansa el peso argumental de la serie. A partir de su historia de amor, es que todo lo demás logra hacerse digerible. Entre ellos hay una historia de amistad, traición, redención y muerte que le da vitalidad al argumento.

La serie está narrada desde los recuerdos de Male, que shockeada por la masacre decidió irse a vivir a Rosario, y volvió al descubrir el chico desconocido que le había salvado la vida en Cromañón, decidió quitársela a sí mismo por no haber superado la tragedia. De esta manera, la historia logra poner en discusión otro tema en el que las autoridades no lograron hacer pie: el post Cromañon, Porque fueron 17 los sobrevivientes que no pudieron soportar los traumas que les dejó la tragedia y se quitaron la vida.

Dentro del grupo hay varias historias en paralelo que retratan las dificultades de los adolescentes de ese tiempo, y de todos los tiempos quizás. La búsqueda del sentido de pertenencia, buscando figurar de alguna manera para sentirse parte de algo o alguien, aún corriendo el riesgo de salir lastimados o lastimar a otros. Los embarazos adolescentes como parte de historias de amor no del todo correspondidas. Las relaciones prohibidas por tratarse de chicos gays, que en esa subcultura era difícil de encajar. La amistad juvenil, como una oda la búsqueda de la libertad, la diversión, la necesidad de sentirse parte de alguna tribu. Cada uno de los personajes secundarios tiene su propio arco de transformación, su aprendizaje, sus aciertos y errores, su generosidad y su miseria también. Pero sobre todo, su inmensa solidaridad. El 40% de los chicos que murieron en Cromañón perdieron la vida porque volvieron al infierno a rescatar a sus amigos, o a simples desconocidos.

“El desafío estuvo en presentar la ambigüedad con que se maneja el deseo y la emocionalidad cuando sos tan joven. Te equivocás y embarrás la cancha con más libertad, lo que no significa que no sufras y no arrastres culpa, todo lo contrario. Mostrarlos ambiguos, erráticos, confusos y a la vez deseantes, y a la vez llenos de bondad a pesar de las macanas que se mandan, fue algo que conversamos y trabajamos tanto como nos fue posible. Hicimos un proceso de acercamiento y empatía no sólo con los personajes sino con lo que nosotros mismos fuimos cuando éramos adolescentes y metíamos la pata sin demasiada noción de la profundidad del daño. Si hay un momento en el que estás para probar y equivocarte a mansalva, ese momento es la adolescencia. Entender eso nos despejó el panorama”, explicó en una entrevista Josefina Licitra.

Otro gran acierto de Cromañón es su banda sonora. No se trata necesariamente de las canciones que sonaban en aquellos años de rock barrial -al menos no en todos los casos-, sino de canciones de rock nacional que hablan de esos sentimientos. Y que potencian los sentimientos con su poesía para llevar la emoción hasta la propia piel, hasta las lágrimas también. Cabe destacar que no hay ningún tema de Callejeros en la serie porque la banda no quiso brindar sus derechos. De aquella época suenan bandas como los Jóvenes Pordioseros, Las Pelotas, Intoxicados, La Renga, Ratones Paranoicos, Los Pérez García, pero también hay referentes más actuales como Santiago Motorizado, Lucy Patané y Mujer Cebra, entre otros. Así como la serie logra ponerle ojos y corazones a las víctimas, la música logra unirlos y llenarlos de sentimientos. Es una experiencia fuerte, pero siento que suma y que vale la pena atravesar para aprender de nuestra historia y que no vuelvan a repetirse episodios como este nunca más.

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