Muere Monstruo Muere (Una bestia en su fase oral) 

Alejandro Fadel, director argentino reconocido por sus apuestas narrativas arriesgadas, ofrece en Muere, monstruo, muere (2018) una experiencia cinematográfica que desafía los límites del cine de género. Ambientada en la imponente región andina de Mendoza, la película fusiona elementos del terror, el thriller psicológico y el drama existencial en un relato denso y atmosférico que trasciende los convencionalismos habituales del cine de género. Fadel aprovecha las posibilidades visuales y temáticas del cine fantástico argentino, sumándole una impronta y marca personal en una pieza final que resulta profundamente conmovedora, oscura y desolada.

La trama de Muere, monstruo, muere comienza con una serie de brutales asesinatos en una remota comunidad montañosa. Las víctimas, mujeres decapitadas, son el punto de partida de una investigación policial que rápidamente se torna en algo más oscuro y surrealista. Cruz (Víctor López), un oficial de policía, y David (Esteban Bigliardi), esposo de una de las víctimas, se ven envueltos en un caso que pone en cuestión los límites entre lo real y lo fantástico, mientras un monstruo literal y metafórico emerge como la encarnación del mal en sus múltiples formas.

La película fue presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, ganándose la atención de la crítica internacional. Es una obra que, si bien dialoga con el cine de monstruos tradicional, lo hace desde una perspectiva reflexiva y autoral, explorando temas como la masculinidad tóxica, el miedo y la violencia. La película podría sostenerse hasta su fin sin haber divisado a la bestia y estaría bien también. No recae el peso en su constatación visual y, tras verlo sigue sosteniéndose sin perder el vértigo ni el asombro.

Uno de los aspectos más distintivos del filme es su rodaje en las montañas andinas de Mendoza. Las locaciones naturales no solo sirven como telón de fondo, sino que se convierten en un personaje más dentro de la narrativa. La fotografía de Julián Apezteguía explota la vastedad de estos paisajes, enfatizando la soledad, el aislamiento y la desconexión de los personajes con su entorno. Las tomas panorámicas y el uso del color realzan una atmósfera de inquietud, donde lo real se mezcla con lo onírico. Un vasto paisaje fijo pareciera ser el entorno ideal donde este ser merodea.

El trabajo en exteriores, según explicó Fadel, fue tanto un desafío logístico como una oportunidad para amplificar el impacto visual de la película. Las condiciones climáticas extremas y el aislamiento geográfico influyeron directamente en el tono de la obra, reforzando la sensación de opresión y misticismo.

El diseño del monstruo, una amalgama entre lo grotesco y lo simbólico, refleja la intención de Fadel de abordar temas complejos como la violencia de género y las patologías sociales. La criatura, que combina efectos prácticos y visuales, no busca ser simplemente un villano terrorífico, sino una manifestación física de los traumas y los miedos de los personajes. Dicho monstruo genero opiniones disimiles. Algunos comprendieron y admiraron la fisionomía y sus analogías mientras que otros lo encontraron de extremidades hilarantes o demasiado sugestivas.

Esta ambigüedad es deliberada, ya que Fadel no pretende ofrecer respuestas claras ni explicaciones convencionales. En lugar de ello, deja que el espectador decida si el monstruo es una entidad literal o una proyección de las mentes perturbadas de los personajes. Este enfoque recuerda al cine de autores como David Lynch, con quien Fadel comparte una inclinación por lo surrealista y lo desconcertante.

Muere, monstruo, muere se inscribe en un movimiento reciente del cine argentino que ha comenzado a explorar el género fantástico y de terror desde una perspectiva local y autoral. Películas como La región salvaje (2016) de Amat Escalante y Aterrados (2017) de Demián Rugna han demostrado que el género puede ser un vehículo para reflexionar sobre temas sociales y psicológicos profundos.

En el caso de Fadel, su obra se aleja de los convencionalismos del terror comercial para adentrarse en terrenos más introspectivos. La mezcla de géneros—desde el gore hasta el drama psicológico—es un rasgo distintivo de su estilo, que busca constantemente incomodar y sorprender al espectador. Esto posiciona a Muere, monstruo, muere como una pieza única dentro del panorama del cine argentino, que tradicionalmente ha sido más identificado con el realismo social y los relatos minimalistas.

Entre las fortalezas de la película destaca su ambición visual y temática. La atmósfera es hipnótica, con un diseño sonoro que complementa perfectamente la fotografía para sumergir al espectador en un estado de constante inquietud. Asimismo, el uso de la música, que incluye canciones románticas como las de Sergio Denis, añade un toque inesperado y a la vez profundamente evocador.

Muere, monstruo, muere es una obra que desafía las expectativas y ofrece una experiencia cinematográfica que no deja indiferente. Aunque no es una película para todos los gustos, su audacia visual y temática la convierte en un hito dentro del cine de género argentino. Alejandro Fadel demuestra que el terror y el fantástico pueden ser mucho más que simples vehículos de entretenimiento, al utilizarlos como herramientas para explorar los rincones más oscuros de la psique humana y las dinámicas sociales.

Para quienes estén dispuestos a dejarse llevar por su propuesta, Muere, monstruo, muere ofrece una experiencia única que combina lo visceral con lo introspectivo, lo grotesco con lo poético. Es un recordatorio de que el cine, incluso en sus formas más perturbadoras, tiene la capacidad de revelar verdades profundas sobre quiénes somos y los miedos que compartimos.

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