Así como podemos hablar de un efecto en otros directores, está el efecto “Werner Herzog”. Al sentarse y volver a ver todas y cada una de sus películas, ese efecto renueva la misma duda de siempre: ¿cómo lo hace? ¿Cómo hace para adentrarse en las dunas más extrañas del mundo con la fiel creencia de que ahí hay una película posible? ¿Cómo logra hipnotizar a todo un equipo de trabajo y salir ileso de esa experiencia? ¿Cómo se sube al Cerro Torre, uno de los picos más difíciles del mundo, llevando una cámara en lugar de una piqueta? ¿Cómo hace para pasar un barco por una montaña y no terminar internado en un neuropsiquiátrico por su—logrado—intento? ¿Cómo logra filmar varias películas a la vez con la obsesiva convicción de que la luz que irradian sus imágenes posee una naturaleza extraterrestre?
«Para hacer una película solo se necesita un teléfono, una máquina de escribir y un auto», dice Herzog en “Herzog por Herzog”, libro de entrevistas realizado por Paul Cronin para una famosa colección norteamericana de cineastas por cineastas, publicado por la editorial argentina El Cuenco de Plata. Da la casualidad de que, en los últimos años, sumado al fervor incondicional que los cinéfilos argentinos profesan por el realizador alemán, dos editoriales dieron a conocer otra faceta del director de Fata Morgana (1971) y También los enanos empezaron pequeños (1970). Por un lado, está el Herzog pensador, que emerge de sus extensas reflexiones en “Herzog por Herzog” y en “Manual de supervivencia”. Por el otro, encontramos al Herzog narrador, casi místico, un poeta romántico en “La conquista de lo inútil” y “Del caminar sobre hielo” (ambos publicados por Entropía), que revelan no sólo su capacidad narrativa, sino también su poder como observador. Todos estos libros preanuncian sus memorias: “Cada uno por su lado y Dios contra todos”, publicado recientemente en español por Blackie Books, editorial independiente de Barcelona.

“Herzog por Herzog” y “Manual de supervivencia” (este último también publicado por El Cuenco de Plata) forman parte de una misma visión. Allí Herzog pone sobre la mesa todas las manías y obsesiones que lo persiguen desde antes de decidirse a hacer cine: su infancia en la Múnich de la posguerra, ese viejo mito de que la primera vez que vio un auto o un teléfono fue a los 17 años, las corridas con sus amigos entre escombros como juegos infantiles y el abandono de su padre. También su temprana vocación: Herzog nunca cursó estudios de cine; robó una cámara de 35 mm de una universidad y la utilizó en todas sus primeras películas.
Su derrotero es increíble: un desfile de experiencias que permiten entender mejor el (no) límite de sus obsesiones. Pongamos un ejemplo: Herzog ganó una beca siendo muy joven para estudiar cine en Estados Unidos, pero apenas duró unos meses. A los pocos días, partió hacia Nueva York, donde vivió en un auto como un vagabundo. Luego decidió viajar a México por tierra, y entre peleas de lucha libre y correrías, terminó hospitalizado con una herida en la pierna tras meterse en una corrida de toros en el norte del país.

Cada una de sus películas desfila en sus libros. Desde sus innumerables y, en muchos casos, desconocidos cortos, hasta los clásicos. Para cada película, Herzog revela una nueva anécdota o truco que evidencia una pedagogía simple del arte de filmar. Expone con lujo de detalle sus “yeites” que cualquier otro director guardaría celosamente. Por ejemplo, para Fata Morgana, Aguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982), viajó con su director de fotografía, Thomas Mauch, para que “tocara” los escenarios, viviera el lugar y juntos “sintieran” dónde poner la cámara. A los actores de Aguirre, antes de cada toma los hacía correr para que sus rostros lucieran agotados. En Corazón de cristal (1976), decidió hipnotizar a los actores y a gran parte del equipo técnico. Herzog inventa sus propios recursos: no se trata solo de llegar, plantar la cámara y dirigir actores. Hay en él una profunda interpretación del paisaje y su articulación con los personajes. Con cada experiencia cinematográfica, reinventa una técnica. Es un cazador de historias con una mirada marciana.
También es un gran motivador. Probablemente, sin la ayuda desinteresada de Werner Herzog, Errol Morris —uno de los documentalistas más importantes de Estados Unidos— no hubiera filmado una sola película. Cuando Morris dudaba entre filmar o tocar el chelo y aseguraba que hacer una película era imposible, Herzog lo llevó al límite de sus facultades. Es, por antonomasia, el director más físico de todos. Sus películas desafían los límites convencionales del realismo, no porque sean “difíciles” (aunque lo son), sino porque revelan un más allá de las imágenes. Con una fuerte raíz documental, Herzog teoriza sobre la importancia de la imagen en nuestra cultura y, en esa época, dirigía sus armas contra la publicidad y la televisión.

«Hacer películas es un acto de fe», insiste en otro pasaje de “Herzog por Herzog”, ante un admirado Paul Cronin que no sabe dónde empieza el director y dónde termina el personaje. Podría decirse que no solo filmar, sino también escribir, constituyó para Herzog un acto similar. En un principio, manifestó que su verdadera intención era ser escritor. Durante sus primeros viajes a pie por Alemania o su conocido derrotero por Estados Unidos y México, buscaba experiencias para escribir. Su primer guión fue, en realidad, una novela que le permitió obtener financiación, en una época en que el Nuevo Cine Alemán se consolidaba gracias a políticas estatales que impulsaron a cineastas como Alexander Kluge y Rainer Werner Fassbinder.

Lo que sorprende al leer “La conquista de lo inútil” y “Del caminar sobre hielo” es su aliento literario y su búsqueda en el lenguaje. El primero, presentado como un diario de rodaje de Fitzcarraldo, apenas menciona los problemas que tuvo durante el film. En lugar de eso, se asemeja a textos como “La inteligencia de las flores” de Maurice Maeterlinck, “Walden” de Thoreau o los ensayos de Emerson. Herzog busca contener su experiencia con la naturaleza, independientemente de la filmación, como un ejercicio de meditación.

Por otro lado, “Del caminar sobre hielo” es un libro fascinante: un tratado sobre el acto de caminar, la peregrinación y la promesa. Narra cómo, al enterarse de que Lotte Eisner, una influyente crítica de cine alemán, estaba gravemente enferma, Herzog decidió caminar desde Múnich hasta París—más de 800 kilómetros—con la certeza de que Eisner no podía morir. Contra todo pronóstico, ella sobrevivió. Años después, Eisner llamó a Herzog para pedirle que disolviera el “encantamiento” que la había salvado.
Con la publicación de “Cada uno por su lado y Dios contra todos” –fantástico título que Herzog ya había utilizado para una película, pero que sin embargo recicla dado que «casi nadie fue capaz de reproducirlo con exactitud»– se cierra un ambicioso proyecto literario. A los 82 años Herzog publica sus memorias. Estas incluyen un repaso por hechos de su vida (algunos de ellos ya narrados previamente), y recuerdos nuevos de películas viejas. Tal cual lo afirmado por Paul Cronin, lo primero que sorprende de Herzog es su memoria. Mensurada no mediante un ejercicio de careo con otros testimonios, sino por su conocimiento al detalle de geografías visitadas hace décadas. Como en los libros de Atahualpa Yupanqui, en Herzog la interrelación entre paisaje y humanidad es el eje de su pensamiento. Porque en Herzog no hay división entre filmar, escribir, viajar o vivir. Todo forma parte de un mismo continuum, una profunda y desquiciada convicción en el hacer.



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