Negocio familiar. Padres e hijos. Crisis existencial. Judaismo. Y muy pero muy buenos diálogos. Esto último lo agrego yo, pero lo anterior te lo diría cualquier persona que vio dos o tres películas de Daniel Burman si le pidieran que describiera su filmografía. Es que no hay que ser un experto en análisis cinematográfico para repasar toda su obra y llegar a esta conclusión: de sus once largometrajes, casi todos están atravesados por estas temáticas, en menor o mayor medida, pero nunca como un accesorio de la trama. Son la trama.
Pueden variar los escenarios pero el entorno es siempre el mismo, así como los personajes son otros pero sus características son similares. ¿Esto es algo malo? Por supuesto que no, es el estilo de Burman y son las historias que le interesa contar. Lo negativo sería que fueran aburridas o no dejaran nada para pensar, y sin dudas sus películas son tan francamente divertidas como conceptualmente profundas. Lo que viene a cuestión es que su último film, “Transmitzvah” (2024), tacha todos esos casilleros y, al mismo tiempo, le suma algo totalmente novedoso.

¿Hay negocio familiar? Sí, pero solo como punto de partida y a lo largo del relato sirve como escenario de varias situaciones, pero no es algo que defina al protagonista como en “El Abrazo Partido” (2004) o “Derecho de Familia” (2006), siendo un local en el barrio de Once en la primera o una firma de abogados en la segunda.
¿Hay padres e hijos? Básicamente en casi todas sus películas son el eje central, pero destaco la muy interesante manera de retratar esa relación en “El Rey del Once” (2016), donde el padre nunca aparece en plano hasta el final. Siempre alguien lo menciona o tiene llamados telefónicos con el protagonista (enfatizando la incomodidad en ese intercambio), pero cuando finalmente lo presentan en cámara, casi no lo vemos: permanece fuera de foco o en segundo plano.

¿Y crisis existencial? De cierta manera, sí, pero en variados enfoques. Hay cuestionamientos sobre la profesión; como en “Derecho de Familia”, sobre la vocación, como en “El Abrazo Partido”, sobre el matrimonio, como en “El Nido Vacío” (2008), la vida, como en “Todas las Azafatas van al Cielo” (2002), la amistad, como en “El Misterio de la Felicidad” (2014), la fe, como en “Esperando al Mesías” (2000); y una mezcla de todo un poco, aquí por allá, en “La Suerte en tus Manos” (2012), con el azar, o “Dos Hermanos” (2010) con la fraternidad.

En un cocktail de todas sus obsesiones, finalmente, tenemos a “Transmitzvah” pero con un ingrediente nuevo: la identidad. Pero si bien la “personalidad” se vio siempre reflejada en sus obras anteriores, aquí cobra un significado mayor por los tiempos que corren: la identidad de género. Su protagonista, Mumy (Penélope Guerrero), es una mujer trans en plena crisis, pero Burman es un realizador inteligente y no necesita contar una historia llena de lugares comunes o golpes bajos. Su película trasciende eso.
Más que rechazo de los otros, hay completa aceptación. Si hay alguna objeción sobre las decisiones de su protagonista, son dentro de un marco de respeto y justificado. Que haya cierta ignorancia en algunos personajes con los que se cruza Mumy está sujeto a discusión por espectadores más activistas, pero desde mi punto de vista, lo que hace Burman justamente es mostrar esa mirada como culturalmente distinta y lo deja allí. No hay prohibición, sino negación pero siempre con la invitación a seguir por otro camino.

Quizás peco de demasiado ambigüo por no revelar detalles de la trama pero intentaré revelar lo menos posibles: La protagonista, a poco de cumplir 13 años, se llamaba Rubén y en plenos preparativos para su bar mitzvah, decide confesarle a su familia que lo que desea en realidad es definirse como Mumy. Su padre, Arón (un conmovedor Alejandro Awada), es enfático: él no tiene inconveniente con que su hijo quiera llamarse como quiera o hacer de su sexo lo que quiera, pero el bar mitzvah DEBE hacerlo como Rubén. Punto.
Es el nombre que él eligió para su hijo y el nombre aquí simboliza algo más: la relación entre los padres e hijos. La pesada herencia. Rubén/Mumy lo entiende perfectamente: elegir su nombre por sobre el que el padre le dio es, además, tomar decisión de su identidad y, al no ser aceptada, prefiere no hacer la tradicional ceremonia.

Burman emplea nuevamente un recurso inteligente y avanza la historia unos 20 o 25 años más, ya con Mumy consagrada en España como una cantante trans de música pop yidis. Si bien la actriz, Penélope Guerrero, es española y no esconde su acento, funciona perfectamente para la trama por el tema de la voz es fundamental para la película. Por lo tanto, que “hable” distinto a los demás, agrega una lectura interesante.
Ya sin adelantar mucho más, el desencadenante de la historia es que Mumy pierde su voz (su herramienta de trabajo) tras un hecho traumático. Esa voz repercute en su identidad y en todas sus creencias. Nunca hubo un problema de aceptación en su familia, todos la aceptan, pero es ella ahora la que tiene una crisis. Por eso, ahora siendo adulta, decide querer su bat mitzvah pero para Rubén, no Mumy.
La película es Burman puro, aún en este nuevo territorio. Maneja la complejidad del tema con respeto y mucha ternura. Las mejores escenas son entre Mumy y su hermano, Eduardo (Juan Minujín, el mejor del elenco), especialmente el reencuentro de ellos luego de unos años en el lobby de un hotel. Allí realizan una danza circular previo a darse ese necesario abrazo (y atención al “círculo”, que tendrá mucha relevancia). Eduardo, a su vez, también está pasando por una crisis, en su matrimonio, cuya resolución sigue posponiendo para ayudar a Mumy en su búsqueda.

Habrá lugar para frases ingeniosas sobre religión, género y filosofía (estos últimos, algo subrayados, pero no por eso menos efectivos) y el clásico humor en los diálogos entre personajes, con remates brillantes. Burman se atreve cada vez más al musical (siempre codeó un poquito con ello), con breves pero muy simpáticas coreografías que pueden o no estar sucediendo realmente, porque también hay espacio para incluir un poco de fantasía. Nunca se siente fuera de lugar, porque visto desde los ojos de Mumy, ella siempre se encuentra en un sitio extraño incluso en el país en el que creció.

Pero lo que prevalece por sobre todas las cosas es el amor. Hay una verdadera nobleza y genuino cariño en cómo relata y filma Burman. Es su película más sofisticada visualmente. Nunca hubo desidia de encuadres o fotografía en sus películas anteriores, pero aquí casi no emplea la cámara en mano, los encuadres espontáneos o la luz naturalista. Aquí sobresalen los colores, los movimientos de cámara fluidos y los planos con profundidad de campo. El inicio es como un relato soñado de un niño y el desenlace un sueño hecho realidad, en el que será difícil no contener la lágrimas si han estado compenetrados como yo.

Daniel Burman, con su nueva película, continúa siendo relevante pero no por oportunista. Hágase la boca a un lado a quien afirme eso. La temática contemporánea que predomina en “Transmitzvah” es un elemento nuevo en otra de sus características obras. No deja de seguir contando los mismos universos, aunque este ahora presente una nueva capa de realidad. Además, entre tanto cine panfletario y frases hechas, es bienvenida una obra que piense primero en el cine para retratar el mundo, que empujar con fuerza el mundo en un película.
No hay dudas que la realidad que vivimos es compleja, pero una película bien hecha y, sobretodo con identidad, puede enseñarnos y, con suerte, hacernos trascender.




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