Al ritmo de Harvest Moon de Neil Young, bailé y lloré junto con Liz, extrañé versiones de mí misma que ya no son ni serán. Pero, sobre todo, conocí mi devastación, como ella… en esa escena donde está en Roma, en el Augusteum, sola, sentada en esas ruinas que un día vieron vidas mejores y de las que ahora solo queda el derrumbe, la devastación, el vacío, la nada.
Ahí, en ese momento de absoluta aceptación de lo que se quedó atrás, de lo que ya no puede ser, del punto sin retorno, de esa rendición, para mí, es el mejor momento de la película y envuelve todo el mensaje que sentí directo en mi corazón: un apapacho un poco rasposo, pero también ¡tan lleno de esperanza! Y el regalazo de la frase que me tatuaré como un recordatorio: “Las ruinas son un regalo, las ruinas son el camino de la transformación.”
Durante este viaje de dos horas y veinte minutos, acompañamos a Liz en el suyo, que al final se hace nuestro, de todos, porque todos llegamos a un momento de la vida donde nos perdemos, donde nos encontramos con caminos cerrados, donde la vida nos envuelve tanto que nos perdemos en ella sin saber dónde estamos nosotros mismos, nos perdemos dentro de nosotros. Y solo nos queda rendirnos a esa incertidumbre, dejarnos ganar por ella para que sea ella la que guíe nuestros pasos con la confianza de que nos pondrá en el camino que debemos seguir, en los pasos que nos llevarán a nuestro propio encuentro.
A esos viajes y a esas aventuras que nos harán cuestionarnos lo verdaderamente importante de la existencia, de los vacíos que sí debemos llenar, de los corazones que nos marcarán y cambiarán nuestro destino, de la certeza de que nuestros propios sueños de niños nos guiarán de adultos.
"¿Qué comiste hoy?" pregunta Liz.
"No lo sé, una ensalada," la respuesta.
Sin entrar en el tema de la importancia del presente y vivir el momento, ni ahondar en el cuidado que debemos tener con nuestra nutrición, este es un ejemplo simple del reflejo de cómo vivimos nuestra vida: sin ponerle atención, de manera mecánica, sin disfrutarla, sin que llegue al alma y nos nutra de verdad.
Lo único que dejamos en este mundo al partir son huellas en los corazones de las personas que conocimos. Qué importante es el impacto que tenemos como seres humanos unos con otros. Simples palabras pueden cambiar nuestro rumbo, o nace una inspiración, o nos dan una respuesta a una pregunta que llevamos años haciendo. Nos vamos cambiando la vida unos a otros todos los días, sí, para bien o para mal, pero tenemos un gran impacto.
Qué bonito es encontrar en este camino almas que nos ayuden a conectar con la nuestra, personas cercanas o no cercanas que nos cambian, nos definen, nos transforman, nos ayudan a encontrarnos a nosotros mismos. Y en esta película se plasman perfectamente estas huellas, en todos sus matices: desde la amiga que conoces por casualidad en una cafetería en Roma llena de gente y te ayuda a conseguir tu café; esa amiga a la que le abres tu vulnerabilidad y descubres que no eres la única dándole vueltas al asunto, y que la solución es simplemente comprarte unos jeans más grandes (porque sí, a todas nos preocupa esa pancita que no deja cerrar el pantalón); o los amigos que te enseñan que la vida no es solo para trabajar como loco, que hay placer en no hacer nada y que está bien.
Los choques culturales que nos abren los ojos y nos liberan la vida. La mujer que por casualidad te invita a una fiesta en la cual descubres que has roto un patrón que repetías hace años y por fin puedes avanzar. Los amigos espejo, que, aunque al principio sea doloroso y difícil vernos en un reflejo incómodo, terminan siendo los mejores maestros, y también se convierten en los mejores amigos. Esas personas que te hacen abrir el corazón y eres capaz de darles el regalo más importante de su vida.
El entender que podemos ayudar y servir desde un lugar que sea compatible con nuestra esencia, no desde donde se espera que lo hagamos. Romper creencias que no van con nosotros y nos estorban para vivir experiencias.
Los corazones regenerados, las diferentes vidas que tocan la vida de Liz, a veces tan simples, a veces tan complejas. Pero así es esta historia: llena de historias que marcan la propia historia.
Comer, rezar, amar ejerce un poder especial. La he visto muchas veces y siempre toca fibras diferentes; siempre me regala otra perspectiva, me da respuestas distintas, hace que me cuestione de maneras diferentes cada vez. Esa es la magia: esta película se experimenta de manera diferente cada vez. Es como siempre ver una película nueva.
Y un recordatorio: “Debes ser amable contigo mismo cuando aprendes algo nuevo” … a vivir, por ejemplo.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.