Venganza de un Vampiro: herederos del Conde Drácula en la Italia del siglo XXI Spoilers

Lo único que sabía antes de ir al cine a ver Venganza de un Vampiro era que se trataba de la ópera prima de un director llamado Brando De Sica. De la misma manera en la que sucede con las familias de vampiros, el linaje acá también ha sembrado frutos. Brando es el nieto de Vittorio de Sica, gran director italiano ganador de cuatro premios Óscar.

Venganza de un Vampiro (titulada originalmente como Mimì, Il príncipe delle tenebre) tuvo su debut internacional en festivales como Sitges, Locarno y el de Cine Fantástico de Cataluña. La película nos sitúa en Nápoles para reflexionar acerca de la sociedad posmoderna. Ahora, la Italia del presente se aleja rotundamente de aquel paisaje de posguerra que nos mostraba Vittorio de Sica en películas como Ladrón de bicicletas, Milagro en Milán, Umberto D, Matrimonio a la italiana o El jardín de los Finzi Contini. Nápoles es ahora una ciudad en decadencia, en una Italia donde la violencia y las drogas son moneda corriente.

En ese contexto, Mimí, nuestro protagonista, sobresale por su “rasgo excéntrico” (tiene una deformidad en los pies), lo que hace que Bastianello, el hijo del jefe de la mafia local, lo tome de punto acosándolo constantemente y de forma violenta. Mimí, que fue criado en un orfanato por monjas que le repetían frases crueles como “tus pies son una marca del demonio”, pasa los días trabajando en la pizzería de Nando, su padre adoptivo. Esa pizzería es su único refugio, el lugar en el que se siente seguro, libre de juicios.

El cotidiano de Mimí se transforma por completo cuando conoce a Carmilla, una joven de look gótico que se mueve y vive, lejos de su familia, junto a sus amigos góticos. Carmilla y su grupo están convencidos de que forman parte del linaje del Conde Drácula, y Mimí, que se enamora perdidamente de Carmilla, empieza a creer. Venganza de un vampiro oscila entre ser una película de terror, de romance, un relato fantástico, un drama, incluso un coming of age. La ambigüedad, a su vez, está presente y tiñe todo el film, generando que no terminemos de entender si algunas escenas suceden en el plano de lo real o solo en la imaginación de nuestro protagonista. Aun así, todo funciona de alguna manera como una alegoría y Mimí y Carmilla encuentran en sus fantasías un refugio ante una sociedad opresiva que los rechaza y excluye.

El director conversa en una entrevista respecto al género de la película: “Nunca fue una decisión intelectual armar un pastiche de géneros en este film. Me salió naturalmente. Es bello ser libre y no quedar confinado a un solo género. Hoy se habla de fluidez, ¿no?, con las cuestiones de género, también. Para el arte ni siquiera se tendría que hablar de esto porque se puede ser aún más libre. Salió así (risas). Se me ocurren imágenes, me aferro a esas imágenes, y si tengo suerte, me llevan a una historia. Como sucedió con esta película. Es sólo cuando ya está el sonido final que me doy cuenta de que se abren frente a mí algunas revelaciones, algunos símbolos, que no había notado. Por ejemplo, los pies deformes de Mimí. Entendió recién después que era una búsqueda de equilibrio. Es la cosa más noble que nosotros, como seres humanos, podemos hacer: buscar nuestro equilibrio, nuestro centro, para funcionar de la mejor manera y ayudar a los otros en la comunidad. Si él tuviera los pies bien anclados, bien puestos sobre la tierra, no tendría la cabeza en las nubes. Esta película narra el pasaje de la pubertad a la adolescencia, donde justamente este pasaje y esta búsqueda de la identidad todavía es más fuerte”.

En esta búsqueda de identidad que menciona el director, Mimí encuentra una conexión verdadera con el universo de los vampiros. Una noche, Carmilla lo lleva a un pasadizo a visitar una tumba del Conde Drácula. Allí, Mimí tiene un encuentro con el Conde: éste lo muerde y lo transforma en vampiro. Pero durante esa transformación, Bastianello se lleva secuestrada a Carmilla. Mimí pasa dos meses en coma en un hospital y cuando despierta, ve por televisión a Carmilla besándose con Bastianello. Con su nueva personalidad que lo llena de fortaleza y valentía, asesina a Bastianello y a su séquito, y viaja a buscar a Carmilla, que había vuelto a vivir con sus padres.

En la secuencia final de la película, Mimí asesina a los padres de Carmilla y la muerde a ella en el cuello hasta convertirla en vampira. En un principio Carmilla parece estar desangrándose y no responde ante los llamados desesperados de Mimí, pero luego, cuando la policía lo lleva esposado, Carmilla (ahora vampira) aparece en el medio de la ruta y asesina a los policías. Ambos escapan corriendo por el bosque pero, como espectadores, nos queda la duda de si todo esto efectivamente está sucediendo o si son delirios del protagonista. Aun así, es como si de alguna manera la realidad quedara a un lado, porque la narrativa del film nos hace creer en que eso puede estar sucediendo realmente, y que Mimí y Carmilla lograron escapar de su realidad para vivir (¿felices por siempre?) como vampiros.

Brando de Sica hace una última reflexión acerca del cine de terror en Italia: “Dado que no hay financiación ni subvención, nadie quiere arriesgar. Entonces siguen en la misma línea, con los mismos actores, las mismas historias. Se arriesga poco. Ya casi nadie hace terror en Italia. La comedia y el melodrama son lo que más prenden. Copan todo. Tampoco surgieron directores tan capaces como Mario Bava y Darío Argento. Ahora conocí a nuevos guionistas y directores muy capaces y con muy buenas ideas, que han tenido dificultades para realizar sus películas. ¿Sabés cuánto tardé en hacer Mimí? Diez años, y conozco el cine italiano. No es fácil. Siempre traté de hacer las cosas por mí mismo, porque es fundamental para un director ganarse el respeto de sí mismo para ganar el respeto de los otros, como el capitán de un barco. Cada paso es difícil”.

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