La pistola desnuda (1988): ¡Bingo! 

Murió Jim Abrahams. No es una noticia sorpresiva para un hombre que tenía 80 años, pero es sin dudas una de esas noticias que nos llevan a pensar sobre un tiempo en el que fuimos realmente felices y donde, ya lo hemos dicho, las comedias importaban y tenían un lugar de preferencia en las salas del mundo. Abrahams era la A dentro del trío ZAZ, ese que integraban además los hermanos Jerry y David Zucker. Juntos desarrollaron una breve pero intensa filmografía que brilló especialmente en los 80’s y que marcó uno de esos rasgos estéticos que modifican el camino de un género, en este caso el de la sátira y la parodia, con una fuerte presencia del gag visual, aunque también construían inolvidables piezas verbales. ¿Y… dónde está el piloto? (Airplane!), ¡Súper secreto! (Top Secret!), las dos primeras de La pistola desnuda -The Naked Gun: From the Files of Police Squad!- (la tercera la dirigió Peter Seagal y Abrahams ya no estuvo como guionista) son una muestra que alcanza también para recordar los límites de un subgénero dentro de la comedia que encontró allí su cima. En los 90’s estrenan la segunda de La pistola desnuda, pero luego el trío se distanciaría y sería Abrahams el que tendría más relevancia con las dos de Locos del aire (Hot Shots!) y Mafia (Jane Austen’s Mafia!), películas menores, con algunos chistes logrados, pero donde las cosas se vuelven mucho más forzadas, donde sólo el chiste importa sin una red que lo contenga volviéndose un maratón un poco agotador. En ¿Y… dónde está el piloto?, ¡Súper secreto! y La pistola desnuda, amén de los brillantes chistes visuales, hay una estructura genérica que contiene la extravagancia y eso no es que las haga necesariamente mejores (aunque sí, son mejores), pero sí más sólidas narrativamente.

Así como considero que ¡Súper secreto! es la película con la que descubrí la risa (lo conté por acá), pero también el acto de reír en comunidad, la experiencia del cine como ritual, La pistola desnuda ocupa también un lugar de importancia dentro de mi historia emotiva como cinéfilo. Seguramente a los lectores más jóvenes haya que explicarles lo que es una videocasetera, pero sepan que ese objeto precursor del dvd y eslabón perdido del blu-ray (bueno, puede que a las nuevas generaciones hay que explicarles también qué es el blu-ray) que te daba la posibilidad de llevar el cine a tu casa era un elemento que señalaba el ascenso social de una familia. En mi casa llegó en 1991, más precisamente en marzo de ese año, cuando también tuvimos la posibilidad de descubrir la televisión por cable y nuestra lista de posibilidades se expandió como en un multiverso. Lo que quiero decir básicamente es que La pistola desnuda fue la primera película que alquilamos y miramos en familia, un 27 de marzo de 1991 (cómo recuerdo la fecha, ya lo he contado pero volvamos: tengo un archivo en el que registro todas las películas que vi precisamente desde ese momento hasta hoy). La pistola desnuda entonces no sólo fue la primera que vimos en la videocasetera, sino además uno de esos pocos momentos en que nos juntamos como familia los cuatro (mis viejos, mi hermano y yo) y disfrutamos de una película. Y no sólo una película, sino una comedia; y no sólo una comedia, sino una de las mejores comedias de todos los tiempos. Una película que nos devolvía el reflejo de la risa con una sucesión de situaciones maravillosa, donde se daban la mano los chistes pavos, los sofisticados, los visuales, los verbales, los pícaros, los procaces, los políticos y tantos más: ese comienzo con nuestro héroe Frank Drebin dándole una paliza a todos los enemigos de la América de entonces, era soberbio, verbigracia el borrado de la mancha de la cabeza de Gorbachov hasta la inolvidable ¡cresta punk de Ruhollah Jomeini!

La virtud de La pistola desnuda es que por entonces yo no tenía idea de la línea de diálogo con la que le toman el pelo a Harry el sucio (Dirty Harry), no tenía idea de cómo cada elemento de la película satirizaba elementos genéricos de los policiales, incluso del noir (¿qué era el noir?), y mucho menos tenía idea que la película estaba basada en una serie, Police Squad! (Idem), que se había emitido entre ¿Y… dónde está el piloto? y ¡Súper secreto! Y sin embargo La pistola desnuda funcionaba perfectamente, porque entendía que esos elementos debían estar en un segundo nivel; lo que había en la superficie era una sucesión de chistes perfectos, ajustadísimos, jugados en un sentido no cómico: Leslie Nielsen nunca actúa como si estuviera en una comedia y ese es uno de los mayores efectos cómicos de La pistola desnuda y de la mayoría de las buenas comedias de los ZAZ. Volviendo a Police Squad!, fue una serie que duró apenas seis episodios y que nació como una parodia de Ballinger de Chicago (M Squad), una serie policial protagonizada por Lee Marvin. Allí, los ZAZ y Nielsen construyeron el personaje de Frank Drebin, un policía inconscientemente torpe, en la senda del inspector Clouseau de la saga La pantera rosa (The Pink Panther) o del Maxwell Smart de El superagente 86 (Get Smart), que se aprovechaba notablemente del humor hierático que el actor patentó como marca de estilo. Dice la leyenda que la serie duró apenas seis episodios porque era un poco cara, pero además porque en la cadena donde se emitía consideraban que los chistes visuales que los ZAZ construían no se apreciaban del todo en la pantalla chica. Los capítulos fueron dirigidos por los propios Abrahams y los Zucker, pero también se puede ver a un tal Joe Dante. Bueno, de hecho en ese auge de la comedia alocada norteamericana de los 70’s hay puntos de conexión entre Dante, John Landis, los ZAZ y el humor de las revistas MAD o National Lampoon.

En Police Squad! se puede ver el germen de varios chistes de La pistola desnuda, algunos que son básicamente los mismos y otros que son ideas atomizadas que luego tendrían más libertad en la pantalla grande. Incluso hay personajes que se repiten, pero con nuevos intérpretes: mientras en la serie el capitán Ed Hocken era interpretado por Alan North, en la película fue el gran George Kennedy, porque los ZAZ querían a un ganador del Oscar para el rol y, también, porque Kennedy los había estado persiguiendo para que le den un personaje luego de que no le permitieran parodiar su actuación de Aeropuerto (Airport) en ¿Y… dónde está el piloto? Por lo tanto, La pistola desnuda es una comedia que se edifica a partir de esa base notable, como si la serie fuera un borrador de lo que luego explotaría con gran éxito en la pantalla grande (una comedia tan icónica que el año próximo tendrá una secuela). Es imposible no pensar en La pistola desnuda sin pensar en cada una de sus grandes secuencias y de sus chistes notables, que como me ocurre con ¡Súper secreto! sigo descubriendo más de treinta años después de verla por primera vez. Por ejemplo, hace poco descubrí que cuando Drebin abre su heladera y encuentra una serie de alimentos vencidos y en mal estado, un pedazo de queso se mueve solo. Y no lo había visto porque siempre me quedaba con el gesto de Nielsen pero nunca con lo que pasaba detrás en el plano. Pero si tengo que pensar en un chiste que me hace aplaudir de pie y tengo tatuado en la mente, porque es un chiste que de alguna manera sintetiza la idea que prima en la película (y en las películas de los ZAZ), y porque Nielsen lo actúa con un timing perfecto, es aquel que sucede en el departamento del villano Vincent Ludwig (Ricardo Montalbán), antes de que Drebin lo prenda fuego. Nuestro policía favorito recorre el departamento buscando alguna pista, abre un cajón, lo revisa, parece encontrar algo incriminador y exclama la palabra mágica: “¡Bingo!”. Y acto seguido Drebin levanta el brazo, saca algo del cajón y revela lo que había en su interior: un cartón de bingo. Esa forma de jugar con los lugares comunes del género, con nuestra expectativa y con los tiempos en la construcción de un gag habla no sólo de una comedia elaboradísima, sino también de un tiempo donde el espectador posiblemente tenía el aprendizaje para desentrañar las diversas capas que residen en un chiste. Se fue Jim Abrahams, pero nos quedan estas comedias maravillosas para recordarlo.

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