Las películas y la música tienen una forma de volver a uno cuando las necesita. Es como si hubiera una brújula interna diciendo: hoy necesitás ver o sentir esto. Así me pasó con “La princesita” que a simple vista uno podría prejuzgar por el título, sin embargo, esta obra de arte dirigida por Alfonso Cuarón desafía cualquier estereotipo. Basada en un libro, cuenta la historia de Sarah Crewe, una niña de unos 10 años que vive en India con su padre en 1941. Nos enteramos de entrada que son ellos dos solos, viven una realidad idílica llena de historias e imaginación encendidas por el choque de culturas Británica-India (sin adentrarnos en la historia de conquista y sometimiento entre esos dos países). Sarah es una contadora nata de historias, y en algo que recuerda a “Jumanji”, donde si bien sus historias hablan de un príncipe Rama y una princesa Sita, son las figuras de sus padres quienes los encarnan.
A raíz de la primer guerra mundial, el papá de Sarah es llamado a luchar dejándola en una escuela para formar señoritas, donde su madre también asistió. Ella, acostumbrada a una vida llena de magia, naturaleza, aventuras y dulzura, se encuentra con lo que quedó de una fría e industrializada en Nueva York de principio de siglo. Pobreza y edificios que ella aún no ve, o no percibe porque no tiene aún la experiencia de vivirlos. Ella vive en la burbuja del amor que comparte con su padre quien la deja en la escuela, sola, pero acompañada de todos sus tesoros y aventuras. Instantáneamente los ojos y palabras curiosas de Sarah amenazan contra el régimen de miedo y opresión disfrazados de disciplina que instaura la dueña de la escuela, la Señorita Minchin. Todas las niñas, excepto la que la toma de enemiga a primera vista la admiran a Sarah, le piden historias y reciben su sabiduría. La película nos muestra un mundo donde los malos lo son por miedo, los que ejercen violencias en realidad tienen miedo a perder lo poco que tienen, y alguien como Sarah les mueve todo el tablero porque si bien es rica, su riqueza es de pensamiento. Parece cliche, pero todos los temas que son tratados en la película tienen una calidad que solo puede otorgarles la sinceridad y riqueza de experiencia que poseen. 

Mientras Sarah sea rica y sigan entrando los cheques de su padre, ella está a salvo. Su estatus la salvaguarda de las hostilidades de la señorita Minchin quien aún así trata de minimizarla, por temor a que le rompa la burbuja de realidad que creó. Pero la guerra interviene y pasa algo con los bienes del padre de la niña, y quizás con su vida en las trincheras. Sarah pasa de estar alojada en el cuarto más ostentoso, a vivir al altillo en deterioro donde vive la otra sirvienta de su misma edad, Becky. Hasta ahora, todas las niñas tuvieron órdenes de no dirigirle la palabra a Becky por ser sirviente y de piel negra, aunque cuando Sarah le pregunta a una de las niñas qué tiene eso de malo, ésta otra sin saber “algo malo debe ser”. Pero la contadora de historias ya desde antes de ser desterrada al abandono y la servidumbre siente una fuerte conexión con Becky, y es esta hermandad que se forja entre ellas lo que les da fuerza no solo para atravesar la dura realidad sino para reavivar en la niña su propia creencia en la magia. 
¿Qué es la magia? En la película toma muchas formas, muñecas que se mueven cuando nadie las ve, seres amados que mandan mensajes, historias fantásticas, mesas llenas de comida y el que todas las niñas son princesas. “¿Por qué mi muñeca no se mueve frente a mí así la veo?- Porque es magia, hay que creer en ella. Es la única forma de que sea real”. El padre de la niña aviva en ella historias y una fuerte imaginación que son más que ellas mismas, trascienden lo real-imaginario y se vuelven una forma de vincularse con el mundo. Queda claro (o no siempre) que la magia es cosa de la imaginación, sin embargo, eso no la hace menos verdadera. Por eso, la mayor antagonista de la película se siente tan amenazada por una niñita de 10 años, porque encarna todo ese universo de posibilidad que se vive desde la infancia y los adultos, sociedad e instituciones con sus estructuras y falta de amor, pueden llegar a aplastar hasta asfixiar. Es el espejo que la señorita Minchin no quiere ver, de todo su sufrimiento encarnado. La película pone en jaque constantemente lo que vemos como “real” y “mágico”, invita a repensar esos conceptos, a reapropiárselos, a observar qué creencias conforman nuestra visión del mundo.
Es la mirada de la infancia la que da forma a esta historia, el encanto de la India, esa visión exótica desde occidente se potencia bajo esa mirada. Como cualquier historia relatada desde el punto de vista de un niño o niña, hay algo de verdadero y poderoso que nos lleva a conectar con quien somos y fuimos. Sus ojos frescos y desprejuiciados, acarician sin miedo las nuevas amistades, la realidad cruda de la calle y el hambre, se entregan a la maravilla del mundo que se abre frente a uno. Es probable que esta película active un par de lágrimas, pero no por ello deja de ser una dulzura hermosa para mirar sonriendo y conectando con todo lo que propone. Viendo esperanza incluso cuando parece todo oscuro. La canción que acompaña toda la cinta, “Kindle my heart”, tiene igual de potencia que la historia misma mientras suena “como la luna enciende la noche, como el viento enciende el fuego, que tu corazón encienda el mío.”


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