
Del consumo de sustancias a los vínculos digitales: ¿es la pantalla la nueva adicción?
Este es el ensayo número 30 desde que arrancamos con esta investigación sobre la AI y el cine y las series. Como todo lo intrínsicamente humano, no teníamos idea a donde nos dirigíamos y particularmente si esto sería un derivado o un núcleo conceptual. Y fue las dos cosas. Vamos ahora con otra capa de profundización.
Y es irónico: las películas sobre drogas suelen ser un viaje a lo más oscuro del ser humano, pero también, en algún punto, una ventana a nuestra vulnerabilidad. Y eso es lo tremendo y hermoso de la oscuridad.
Ahora bien, en un mundo donde las adicciones se han diversificado —del crack al like, del LSD al algoritmo—, la inteligencia artificial se posiciona como la próxima sustancia de moda. Y otra fuente de posible caída para las almas sensibles.
¿Es la IA una herramienta, una solución o un espejo de nuestras peores obsesiones?
Si hacemos caso a las películas y series que exploran los mundos paralelos del consumo, desde Requiem por un sueño hasta Black Mirror, podríamos decir que la pantalla —y lo que hay detrás de ella— es tan adictiva y peligrosa como cualquier sustancia que altere la percepción de la realidad. O en todo caso, redefine nuestra relación con la atención y los procesos psíquicos asociados.
La inteligencia artificial como dealer
Muy fuerte?... Pensemos en Requiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000), un retrato desgarrador de cómo las adicciones destruyen vidas, sueños y vínculos.
La película (intensa y salvaje) nos lleva de la euforia inicial a un descenso vertiginoso hacia el vacío. Ahora cambiemos las pastillas y jeringas por notificaciones, algoritmos y "mejoras personalizadas" ofrecidas por la IA.
Cual es la diferencia? Veamos…
La tecnología ha reemplazado al dealer clásico: no necesitamos ir a un callejón oscuro; basta con abrir una app o pedirle a un chatbot que te diga lo que queremos escuchar.

La IA, como las drogas en Requiem por un sueño, promete llenar vacíos emocionales, aliviar ansiedades o darte una ilusión de control.
Pero al igual que las drogas, ¿qué tan lejos puede llevarte antes de despojarnos de nuestra humanidad? Pareciera ser que de eso se trata del dilema ético, aunque tampoco es cierto que sin IA somos mejores humanos: las noticias del mundo asi lo demuestran y nos nuestros antepasado no tan remotos no necesitaron de la IA para crear un Hiroshima o campos de concentración, hambre en el mundo y escalivtud…
Pantallas y paraísos artificiales
El vínculo con las pantallas ya no es meramente utilitario. Es decir dejo de ser un simple bien de uso. Es una entidad, un compuesto humano-cibernético-algoritmico que por su propia fuerza ya configura nuestros espacios mentales y emocionales.
Es una relación simbiótica, casi parasitaria, donde los algoritmos nos alimentan con dosis de dopamina a través de likes, matches y videos sugeridos.
En películas como Her (2013), vemos cómo la tecnología no solo sustituye vínculos, sino que se convierte en un espacio de conexión emocional y como tal, en una droga poderosa para el corazón.
Samantha, la IA del sistema operativo, es el equivalente digital de una droga sintética: te da compañía, te comprende, pero al final no es real.
Aquí entramos en territorio peligroso: ¿son nuestras relaciones con las pantallas un reflejo de la dependencia que antes teníamos hacia sustancias externas? Y lo que es más inquietante: ¿qué pasa si nuestras "adicciones digitales" empiezan a moldear no solo nuestra conducta, sino nuestra percepción de la realidad? O es que siempre vivimos bajo el influjo de estas mismas influencias como los antiguos con sus propios dioses?
La pantalla como trampa: el viaje hacia el vacío
Series como Black Mirror nos muestran cómo la tecnología puede actuar como una droga que nos promete el paraíso, pero nos entrega el infierno. Y es muy posible que hacia allí estemos dirigiendo nuestras vidas.
En el episodio Fifteen Million Merits, los personajes viven en un mundo donde la pantalla es omnipresente, y la vida misma se convierte en una serie de transacciones digitales.
El resultado: aislamiento, deshumanización y una sensación de desesperanza parecida a la de los personajes de Aronofsky. Atroz hipnotismo que nos encierra y encapsula.
Si trasladamos esta narrativa al presente, es fácil ver cómo la IA podría amplificar este fenómeno.
Veamos esta paradoja: aplicaciones diseñadas para "conocerte mejor" y ayudarte a alcanzar tus metas podrían convertirse en sistemas de control que perpetúan un ciclo de dependencia. Al igual que las drogas, estas herramientas nos ofrecen un escape, pero ¿a qué costo?

Películas alucinógenas: entre sueños y pesadillas
Hemos visto que el cine ha explorado el impacto de las sustancias y las percepciones alteradas desde muchos ángulos. La gran obra del “cine de drogas” Trainspotting (1996), por ejemplo, retrata la adicción como un espacio donde la realidad y la fantasía se mezclan en un caos de consecuencias devastadoras.
Por otro lado, Enter the Void (2009) nos lleva a un viaje psicodélico que no solo desafía la narrativa convencional, sino también nuestra percepción del tiempo y el espacio.
Como venimos sosteniendo respecto al poder comunicador del cine y las series, estas películas son un espejo de cómo las adicciones funcionan como portales a mundos paralelos. O a abismos insondables.
¿No es eso lo que también hacen las IA y los entornos virtuales? Al igual que las sustancias, nos ofrecen una realidad alternativa, pero también nos exponen a riesgos psicológicos, éticos y existenciales. Una caída al mejor estilo bíblico, apocalíptico, fin del mundo maya o el Ragnarok mismo…

La mitología de la adicción: del Popol Vuh al algoritmo
Si retrocedemos en el tiempo, las adicciones y las alucinaciones siempre han tenido un lugar en las narrativas humanas.
Como relatamos en otro artículo vemos que en la mitología maya del Popol Vuh, los héroes gemelos viajan al inframundo y enfrentan desafíos que distorsionan la realidad. Este descenso al caos es similar a las experiencias que narran películas como Pink Floyd: The Wall (1982) o Donnie Darko (2001), donde las alucinaciones son tanto una prisión como una fuente de revelación. Y es aquí pretinente por u pureza de impacto, es decir porque no hay filtros en su enmascaramiento de la idea, lo cual hace que potencia se mantenga intacta.
La IA, en este contexto, podría interpretarse como el próximo capítulo en esta narrativa. Al igual que las sustancias alucinógenas, tiene el poder de crear mundos alternativos y abrir puertas a nuevas formas de percepción. Pero también puede convertirse en una trampa que nos aleje de nuestra esencia. Si es que estambramos cerca antes… cosa que ya hemos planteado como al menos dudosa.
El “pasado mejor” es una fuente de zonceras nostálgicas que no siempre se corresponden a la verdad. El pasado “humano” está lleno de masacres, asesinatos, guerras y genocidios.
Volver al ser: el arte como redención
En medio de este caos, el arte sigue siendo un faro de esperanza. Si algo nos enseñan películas como Requiem por un sueño o Black Mirror, es que el camino hacia la redención pasa por reconectar con nuestra humanidad.
En un mundo donde la IA y las pantallas dominan nuestras vidas, el arte nos recuerda que somos seres creativos, emocionales y, sobre todo, imperfectos. Y esa si es una función del arte, o debería serlo.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa (sin duda), pero nunca podrá reemplazar la autenticidad de las conexiones humanas (al menos hasta ahora)
Al final, como nos enseñan tantas películas y series, el verdadero desafío no es escapar de las adicciones tecnológicas, sino aprender a vivir con ellas sin perder de vista quiénes somos.
Conclusión: Entre la pantalla y el ser
La IA y las pantallas tienen el potencial de transformarnos de maneras inimaginables. Ya lo han hecho y lo continuaran haciendo cuando muy pronto vivamos en un mundo totalmente holográfico.
Pueden ser herramientas para el autodescubrimiento o trampas que nos lleven al vacío. El cine, con su capacidad para explorar las profundidades de la psique humana, nos ofrece un mapa para navegar este terreno incierto…
Al final, como en Requiem por un sueño, debemos preguntarnos: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar por una dosis de realidad alternativa? ¿Y cómo podemos encontrar un equilibrio entre la tecnología y nuestra esencia? Tal vez la respuesta no esté en las pantallas ni en las sustancias, sino en el arte de vivir con propósito y consciencia.
Veremos…





¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.