The Zone of Interest (2023), de Jonathan Glazer: La banalidad del mal 

The Zone of Interest (2023), de Jonathan Glazer, tiene muchos puntos en común con Under the Skin (2013), su película anterior, y las similitudes no se agotan en lo que respecta a decisiones formales, como la presencia de Mica Levi en la composición de la música original. Los dos largometrajes del cineasta londinense ofrecen una serie de ideas sobre el entumecimiento ante lo cruel y la falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Claramente, un fenómeno que se propagó con potencia inusitada en el siglo corriente, por razones evidentes: la avanzada del neoliberalismo es una, pero también la proliferación de redes sociales que exigen de sus usuarios una constante espectacularización performativa de la propia vida.

Para Glazer, un desapego tan protuberante solía constituir una conducta esencialmente extraterrestre. Cuando Scarlett Johansson abandonó a aquel bebé en aquella playa, dejándolo a la merced del mar, el director nos recordaba que lo que nos define como seres humanos es nuestra capacidad de reconocer a alguien de nuestra especie como par, y así conectar con su dolor. Lo notorio de The Zone of Interest es que pareciera sellar en Glazer un viraje hacia una cosmovisión mucho más desesperanzada. Su atención ahora se corrió a la exploración de la sociopatía en casos que ya no son excepcionales, como Hitler o cualquier forma de otredad monstruosa e irreconocible, de la que un espectador se pueda desligar plácidamente.

The Zone of Interest es una película superlativa porque, al servirse del concepto de Arendt de la banalidad del mal (a Eichmann lo mencionan directamente) y retratar el slice-of-life de una familia que reside al lado de Auschwitz, lo que hace Glazer es interpelar directamente al espectador sobre su propia negligencia y su propia complicidad en la brutalidad del presente. Es, de una manera muy extraña, su “Man in the Mirror” de Michael Jackson. Cuando pensamos en funcionarios nazis de alto rango, ¿los imaginamos con voces nasales, en reuniones de gabinete simétricas a las que sostenemos nosotros en nuestro propio trabajo?

Con la novela homónima de Martin Amis como punto de apoyatura, Glazer se ocupa de registrar el día a día del matrimonio Höss (Christian Friedel y la siempre eficiente Sandra Hüller), eludiendo giros narrativos de alto impacto y priorizando lo nimio de su cotidianidad. El minimalismo de la narrativa, claro está, es uno de sus componentes más audaces y atinados. Porque en la vida de la familia Höss, el foco de tensión reside en la posibilidad de una mudanza, de un ascenso o en la aprobación de una abuela exigente. No en lo que ocurre en el patio de al lado.

No hace falta remarcar que el alza en esa desesperanza glazeriana es proporcional a los tiempos que corren, pero sería reduccionista caracterizar a The Zone of Interest como una fábula moralista sobre lo que está ocurriendo en Gaza (con esta aclaración, sin embargo, no se pretende restar mérito a la valentía que evidenció el cineasta cuando se pronunció en contra de la deshumanización en la última ceremonia de los premios Oscar). El acierto principal del film es su capacidad para levantar un espejo infalible cuyo reflejo recuerda que el potencial de la maldad habita en cada ser humano. La huella del holocausto no es únicamente indeleble por sus cifras y su crueldad: la maquinaria del nazismo fue burda, gigante y sistematizada. ¿Pero esos mecanismos de exterminación no se sofistican con el tiempo? ¿No persisten hoy cuando se liberan los mercados? ¿Y cuando la subsistencia de una persona puede llegar a depender de una limosna ajena? Si el señor que preside Argentina propusiese una ley para deportar extranjeros, y estos tuviesen que atravesar una instancia de "tránsito" en Salta, nomenclada con algún nombre abstracto y lo suficientemente tergiversable, ¿alguien se interesaría en las especificidades de ese paso?

Todo esto es muy difícil de explorar, y Glazer lo hace con una altura francamente magistral, adoptando un punto de vista antropológico mientras se inserta en el corazón de las tinieblas. Desde que Jacques Rivette escribió su ensayo sobre la abyección, donde aniquila a Gillo Pontecorvo por estetizar el holocausto con el recurso del travelling en Kapò, los críticos y los cineastas asumieron la tarea de cuestionar la distancia que correspondería tomar ante cada cosa filmada. Alain Resnais apeló al documental para capturar la magnitud de la Solución Final, y Claude Lanzmann hizo lo mismo con Shoah (1985). Las dramatizaciones del evento, en cambio, generan más dudas. Stanley Kubrick, gran amigo de Steven Spielberg, afirmó que su Lista de Schindler (1993) era sobre la supervivencia de seiscientas personas cuando el suceso se trató sobre la muerte de seis millones. No hay forma de conocer la reacción de Spielberg a esa idea; lo que sí es cierto es que, en febrero de este año, le dijo a The Hollywood Reporter que The Zone of Interest es la mejor película del holocausto desde la suya.

Es un endoso justificado. Lo que hace Glazer para afrontar la inefabilidad de semejante atrocidad es contar al holocausto desde el fuera de campo (¿el fuera del campo de concentración?), a través del sonido. Así, se construye una disonancia paralela de timbres industriales, disparos e incineraciones, gritos de agonía, con la mezcla de Tarn Willers y el diseño de Johnnie Burn.

Esto no quiere decir que The Zone of Interest no tenga ideas visuales: las imágenes termográficas de una niña alcanzando manzanas a los presos, el único acto luminoso que vemos, se presentan en blanco y negro, como si se tratasen del reverso de toda la oscuridad circundante; la bondad como algo (en) negativo, imposible de ser presentado en los mismos términos que todo lo demás. También es destacable la rigurosidad que mantiene Glazer a la hora de encarar la composición: la textura de la imagen luce completamente sintética (modernidad que detona la persistencia de estas ideologías odiantes al día de hoy), los planos simétricos parecieran adoptar el principio de pulcritud desalmada del matrimonio Höss, y cualquier posibilidad de un primer plano a los genocidas queda descartado. Según los manuales de cine, el acercamiento a un rostro suele reforzar la identificación y la simpatía, y su uso en este caso hubiera reforzado la tesis incómoda de Glazer. Pero hubiese dignificado también a los verdugos.

Hay un quiebre en la mitad del largometraje, en donde gritos y flores se funden en un fade to red infernal, que da paso a una segunda mitad más narrativa y menos abstracta. Esta concluye con Christian Friedel bajando unas escaleras eternas. Todos los pasillos que se presentan ante él desembocan en la penumbra total. Hay una tos que lo sobrecoge. No sería propio de una película como The Zone of Interest el acto de complacer a la audiencia con la muerte de este hombre. Hasta pareciera amenazar con terminar en un ascenso que recibe por parte de sus superiores; gana la maldad. ¿Entonces qué es esa tos? ¿Está teniendo una toma de conciencia efímera? ¿Se está regodeando o aterrando ante la consecuencia de sus acciones? ¿Hay alguna diferencia entre las murallas museísticas tan pulcras y la medianera enrejada desde donde se escapan todos esos sonidos de disparos? ¿Y qué implica hacer una película de todo esto? Jonathan Glazer no se inserta a sí mismo como Martin Scorsese al final de Killers of the Flower Moon (2023), pero la duda es la misma.

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