"Yo soy el negro más chulo": la vida en la Costa Chica oaxaqueña en La Negrada 

"Yo soy el negro más chulo
Que ha parido está nación,
Soy guapo como ninguno
Chincualado y muy güevon
Que el trabajo es pa' los indios
Yo soy gente de razón.
...
Algunas veces me han dicho
De que prieto es mi color
Les digo prietos los burros
Yo soy negro de nación
Este color no despinta
Más morado lo pone el sol"

Abel Baños

He tenido el privilegio de conocer, aunque por un periodo muy breve, la costa chica oaxaqueña. Fui testigo del carácter de su gente, desparpajada y dicharachera, sonriente y bailadora, adaptada al calor apabullante, de ropa menuda y naturalidad con el cuerpo, hombres y mujeres de tonalidades varias con hermosas pieles negras, marrones, moradas... de todo un poco. Burlones y léperos, graciosos, rápidos para el juego de palabras tanto en español como en zapoteco o mixteco y para el apodo, teniendo siempre, incluso entre ellos y ellas, a uno al que le dicen burlonamente " el negro".

Sin embargo, ví y supe también de la dureza de su carácter y de la vileza de la misoginia en la zona. Así como en la región del Itsmo, ocultan la violencia contra las mujeres detrás de un falso matriarcado, con el cual se justifica el machismo y su violencia misógina en el supuesto mal carácter de sus mujeres, su pregonada intensidad, los celos desmedidos, entre otros supuestos vicios desagradables de negras y mulatas principalmente. "La negra es celosa" dicen, mientras hablan de las mujeres sin importar su edad y convierten el librar los celos de sus parejas para encamarse con otras en deporte. "La negra es enojona y vengativa" dicen mientras las obligan a vivir en condiciones nefastas y las mantienen amenazadas. Supe de primera mano de un caso dónde la pobre mujer fue abandonada casi muerta en un maizal y después, al no poder hacer nada, tuvo que regresar con el mismo marido que la había casi enviado al panteón. La costa chica, como todo México, vive en esta contradicción entre alegría y tristeza, abrazo caluroso y fraterno, y la fría bala o el filo del cuchillo o machete.

La Negrada de Jorge Pérez Solano cuenta todo eso. Jorge es ya experto en contar historias desde la marginalidad étnica. En su película se integra, además de los personajes, el paisaje hermoso de la costa. Dos mujeres atadas a un hombre que apenas y ve por ellas y por los hijos e hijas que con cada una tiene. Juana, enferma convaleciente, y Magda, jóven, con un puesto de comida junto a la playa atendiendo a los pocos turistas que llegan al lugar. Neri, un hombre egoísta, mujeriego, orgulloso y holgazán, se nos presenta en una excelente secuencia que resume perfectamente su carácter. En medio de todo, el dolor de la prole que ve a sus respectivas madres sufrir y les cogen un rencor al verlas sometidas a ese hombre que les obligan a respetar como padre.

Una película fabulosa, sin actores profesionales, enriquecida con coplas y dichos pícaros de la región. Los diálogos son naturales aunque el acartonamiento de las actuaciones, comprensibles al no ser nadie profesional, les restan por momento impacto. Sin embargo, es un retrato fiel de ese día a día aletargado por el calor y la humedad, la sexualización, la normalización del consumo de alcohol desde jóvenes, el trato jocoso pero también tosco incluso entre familia.

Se trata de un recorrido obligado para explorar la costa y sus dramas desde una propuesta visualmente hermosa y con una historia trágica, indignante pero real.

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