Mujeres al borde de la ley: dos recomendaciones de antiheroínas en el cine. 

En alguna entrevista le preguntaban a Alice Cooper por qué había creado ese personaje. La respuesta de la leyenda del rock fue que los villanos siempre son más interesantes. Quizá por eso nos fascinan los antihéroes. Resultan ser la combinación perfecta entre rebelión contra el sistema y cumplimiento de algún principio, por turbio o torcido que pudiera parecer, de justicia. Los antihéroes nos permiten fantasear con una forma de retribución de un mundo enfermo, violento y egoísta, en la cual, pese a la vileza de nuestros actos, sean sus consecuencias positivas las que nos justifiquen.

Desde personajes mitológicos con comportamientos cuestionables, como podría ser el Zeus de la mitología griega o Tezcatlipoca en la mitología prehispánica, los cuáles buscaban simbolizar la complejidad humana y la naturaleza aparentemente caprichosa de la naturaleza, hasta bandoleros convertidos en héroes, como Robin Hood, Arsenio Lupin o Chucho el Roto y El Tigre de Santa Julia, los antihéroes forman parte de nuestra exploración de la condición humana que busca alejarse de una visión maniquea y simplista.

En el cine, el antihéroe tiene múltiples rostros, pero quizá los más conocidos sean el forajido, forjado principalmente en el wéstern; el justiciero, con un boom entre los 70's y 90's, que podría ser desde el padre de familia vengador hasta el policía cansado de seguir las normas, con ejemplos como Paul Jersey del Vengador Anónimo, Harry el Sucio o John McClane de Duro de Matar; y el hombre común que, como consecuencia del Burnout, explota y se enfrenta a todos y todo a su alrededor, como William «D-Fens» Foster de Un Día de Furia, Lester Burnham de Belleza Americana, y, claro esta, Narrador/Tyler Durden en El Club de la Pelea.

Pero ¿y las antiheroínas? Pues, como en todo, la representación de una mujer que haga uso de conductas cuestionables para llevar justicia a su gente resulta más complicada, debido a un proceso histórico en dónde su capacidad, fortaleza y agencia ante la realidad han sido menospreciadas, relegándola al papel de víctima. Incluso en la actualidad la idea de una mujer vengadora o una criminal carismática resulta controversial. Para muestra son las polémicas reacciones del público ante las, por desgracia, mal escritas y mal desarrolladas versiones cinematográficas de Harley Quinn, o ante la excelente representación de Carey Mulligan de una jóven justiciera en Hermosa Venganza (que evidenciando el machismo desde su título, se cambió para latinoamérica la idea de Una Chica Prometedora, haciendo alusion a aquello que fue truncado por la violencia, por una referencia al físico de la protagonista).

Para no hablar de versiones bastante conocidas ya de antiheroínas, ante la escasa cosecha de ellas, quiero destacar dos que me parecen fabulosas.

La primera es a manos del fabuloso Neil Jordan y se trata de Valiente, en dónde Jodie Foster da vida a Erica Bain, una Locutora de radio que, después de un ataque brutal en dónde es asesinado a golpes su prometido y ella es violada y violentada salvajemente por un grupo de pandilleros, se ve llevada a tomar justicia por propia mano.

Lo que hace Jordan en esta modesta película es llevar la idea de la antiheroína como motor para un comentario social acerca de la justicia, las consecuencias de la violencia, los trastornos que llevan a tomar justicia por propia mano y a sus consecuencias no solo a nivel social sino personal.

Es una película nada sencilla que tampoco narra una venganza frenética, sino una conversión gradual de una mujer aterrada hasta de su propia sombra a una vengadora anónima sin escrúpulos.

Neil Jordán, con su tacto y sensibilidad, nos da mucho más que un Harry el Sucio, y se aleja del cinismo para mostrarnos incluso los momentos más tensos desde la empatía.

Por otro lado tenemos la aún más modesta y atrevida Teeth. Estrenada el mismo año que Valiente, es decir, 2007, y dirigida por Michel Litchenstein , un director y actor con una breve y nada prolífica carrera cinematográfica, en Teeth seguimos a Dawn O'Keefe, una adolescente que tras un suceso extraño durante su infancia, ha vivido aterrada de su cuerpo y, principalmente, de su vagina, la cual le parece no solo ajena, sino monstruosa.

Alimentado su terror por un fanatismo religioso que la lleva a promover la abstinencia hasta el matrimonio, todo cambia para Dawn cuando tiene un incidente con su compañero Tobie, quien intenta abusar de ella. En ese momento descubrirá que su vagina es más que un órgano sexual, sino un arma letal que la meterá en distintos problemas.

A diferencia de la película de Neil Jordán, que parte de una violencia inaudita para convertir a su protagonista en antiheroína, en Teeth, Lichtenstein expone a Dawn a una serie de momentos cotidianos relacionados con la vida promedio de una adolescente y es a partir de las violencias ejercidas en todos y cada uno de ellos que Dawn comienza a forjar lo que puede ser considerado su desarrollo como antiheroína.

Ambas visiones nos demuestran que los antihéroes y las antiheroínas son más que catarsis colectivas que buscan desahogar su desesperación cada vez más lejano de su control e influencia, sino una discusión abierta sobre la justicia, sus límites y alcances. También nos demuestran la importancia de la mirada femenina para entender un fenómeno complejo e identificar aquello que les afecta y como lo hace en su día a día, de igual manera que lo hace con los tradicionales hombres, principalmente blancos, y justicieros.

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