La mecánica del amor en el mundo monótono y unidimensional de The Lobster 

La experiencia de las relaciones de pareja ha tomado gracias a las redes sociales una complejidad basada principalmente en una búsqueda compulsiva por la aparente perfección, irónicamente acompañada de una vorágine de recetas de cocina que sobre simplifican el amor, el deseo, la responsabilidad afectiva, así como listas infinitas de "red flags" que es posible encontrar en los comportamientos de cualquier persona de cualquier género, identidad o preferencia. Las inseguridades se vuelven mercancía creando gurúes que prometen maravillas, éxitos rotundos a través de la manipulación y el engaño.

En Langosta, Yorgos Lanthimos, crea un mundo distópico dónde las personas se ven forzadas a vivir en una relación o ser transformadas en animales. El tiempo permitido de soledad es de 45 días, en los cuales ingresarán a un espacio controlado, un hotel dirigido por una pareja idílica, dónde buscarán crear conexiones a partir de rasgos superficiales de compatibilidad. La única forma de evitar este emparejamiento forzado es a través de convertirse en un forajido solitario, condenado a un individualismo extremo. Lanthimos hace un relato irónico y crudo a la vez de un mundo sin matices, dónde las relaciones parecen más neurosis compartidas, forzadas a convivir, que personas completas, ya que son despojadas de su individualidad. En el otro extremo, pierden la posibilidad de la conexión, la vinculación, el contacto. Encontramos así a personajes que solo se mueven al compás de la norma o de la reacción visceral.

La fotografía es, como suele ser en los filmes de Lanthimos, una gran experiencia. Los paisajes, los interiores, las fachadas, todo esta filmado con gran detalle. Todo esto a cargo de Thimios Bakatakis, colaborador habitual de Lanthimos, con quién creo las imágenes crudas de Kinetta y Dogtooth y posteriormente compartirían en El Sacrificio del Siervo Sagrado.

El estilo de personajes inexpresivos y mono-dimensionales, así como sus interacciones, frías, cuadradas, mecánicas, tan características de Lanthimos y que encontramos particularmente también en El Sacrificio del Ciervo Sagrado, funciona gracias a un reparto coral integrado por gigantes como Olivia Colman, Ben Whishaw, Léa Seydoux , John C. Reilly, y, obviamente, los protagonistas, Colin Farrell, quién, aún en la monotonía de sus interacciones, transmite hastío, preocupación, dolor y desesperación; y Rachel Weisz que inyecta esa dulzura e ingenuidad propias de su personalidad y solo ausentes en otra colaboración maravillosa con el director en la galardonada La Favorita.

La Langosta es una reflexión sobre las relaciones y la manera en que se transforman a través de los lentes de la norma, del estereotipo, del prejuicio. Es una película necesaria para cuestionar nuestra realidad y entender que la vida es más que las ficciones que nos presentan las redes y sus obsesiones.

El sentido del humor de Lanthimos es crudo, muy parecido al del director finlandés Aki Kaurismäki. Ambos recurren a la incomodidad de los sucesos y las reacciones anómalas de sus personajes para generar una desconexión en el observador que tiene que hacer un esfuerzo para sumarse a la broma. Sin la mediación de los dispositivos móviles, el mundo de Langosta es una realidad posible, incluso vigente, dada la búsqueda desesperada por una complementariedad perfecta, simétrica y ejemplar, que sea capaz de satisfacer las exigencias no solo de quienes la integran, sino de las expectativas externas, que esperan congruencia absoluta. La experiencia de ver Langosta y abrazar toda su incomodidad nos permite reflexionar sobre lo que es la verdadera conexión humana y sus alcances y el resultado triste, patético y aburrido de su eliminación.

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