Los días 13, 14, 15 y 16 de diciembre de 1983, la banda de pop-rock/new wave Talking Heads, hizo cuatro shows en el Pantages Theater en Los Ángeles. Lo que distinguía en su momento estos shows de otros de su gira para promocionar su disco Speaking in Tongues, era que iban a ser grabados. El trabajo de filmación iba a estar a cargo de Jonathan Demme, director de Philadelphia y, más tarde, de El Silencio de los Inocentes. Con la recopilación de las grabaciones de las cuatro funciones, se formó Stop Making Sense, considerado por muchos como el mejor concierto grabado de la historia.
Este año, por su cuadragésimo aniversario, la banda quería hacer algo especial para conmemorar Stop Making Sense. Talking Heads, que obtuvo los derechos de la cinta recientemente después de estar en manos de otras productoras, decidió poner el proyecto en manos de la distribuidora A24. Por esto, después de cuarenta años, la película restaurada en 4K se reestrena en cines.
Antes de ir a verla, leí algunas críticas que dejaban la vara de mis expectativas muy altas, pero tengo que decir que no defraudó. La película comienza con unos pasos de quien después descubrimos que es David Byrne, cantante y líder de la banda. Byrne llega al escenario con un guitarra y una radiocasetera, de la cual empieza a sonar un ritmo antes de que siquiera le podamos ver la cara. Con ese ritmo, comienza a tocar y cantar Psycho Killer, que años después sería su canción más reconocida. El cantante está solo y despeinado, con todas las luces prendidas y el escenario sin terminar. Sin embargo, aunque no entendemos qué está pasando, disfrutamos de la performance de Bynes. No es hasta la siguiente canción, Heaven, que aparece la bajista Tina Weymouth, que entendemos qué está pasando. A medida que las canciones avanzan, más miembros de la banda y músicos acompañantes comienzan a aparecer hasta que el escenario se termina de armar y las luces típicas de concierto aparecen. La experiencia del público se va construyendo junto con el show en sí. De esta manera, se logra una mezcla única que comienza como un show acústico y culmina en un espectáculo de rock. Talking Heads reúne canciones de diversos discos, de proyectos individuales y covers para generar un concepto, una unión, para la puesta en escena.
El show es atrapante. Bailes hipnóticos, voces asombrosas y en general una vibra única. Cada una de las personas que está en el escenario parece estar dando el show de sus vidas pero siempre complementándose con el de al lado. La conexión entre los miembros es fuerte y constante durante la hora y media de show. Es especialmente evidente en canciones como Burning Down the House, donde los miembros sacuden las cabezas y saltan, reforzando la energía del espectáculo. Cada detalle parece estar armado y a la vez, todo tiene un toque de espontáneo. Stop Making Sense va más allá de la música. La creatividad fluye en todos los sentidos. La escenografía, que al estar completa cuenta con pantallas que enriquecen la visualidad del show, y el vestuario, que va de lo minimalista a lo extravagante con el icónico traje gigante de Byrne, inspirado en el Kabuki (teatro japonés tradicional), coronan la experiencia.

Ahora, además del obvio talento de los músicos y todo lo que ya hemos mencionado, hay algo en lo que Stop Making Sense se distingue de otras películas de conciertos. No es simplemente una grabación del show, Demme genera con el material una cinematografía que es digna de destacar, considerando que todo esto fue grabado con luces de espectáculo y que sólo tuvo cuatro oportunidades. La primera particularidad de la cinta es que, a excepción de la última canción, el público no se muestra, generando una especie de intimidad y concentración en los músicos, que también se da gracias a la utilización de planos cerrados. La edición prioriza las secuencias largas que acompañan visualmente el ritmo del concierto. A su vez, la luz juega un rol estético muy atractivo en canciones como Once in a Lifetime donde la toma es prácticamente solo Byrne con la mitad del cuerpo iluminado. Junto con su característico baile, el cantante logra convertir momentos como estos en arte.
Cuarenta años después, Stop Making Sense permanece como una obra atemporal. La combinación de música vibrante y cinematografía única genera una experiencia que le recomiendo a cualquiera. Es un espectáculo que sigue impactando y marcando las pautas del género de los conciertos filmados.




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