El antiheroe es, en esencia, la sombra del héroe clásico. Donde el héroe busca el bien común a través de actos nobles, el antiheroe se desliza por la moralidad ambigua, tomando decisiones cuestionables en nombre de una causa personal. En términos narrativos, esta figura es mucho más compleja: no pretende inspirar ni ser un faro de esperanza, sino enfrentarnos a los rincones más oscuros de nuestras propias contradicciones humanas.
Simbólicamente, el antiheroe no escala montañas en busca de redención; más bien, desciende a las profundidades, cargando con el peso de sus elecciones. Es el reflejo de una sociedad que ya no se identifica con ideales inmaculados, sino con imperfecciones palpables.

Damián Szifron entendió esto a la perfección en Relatos salvajes, y su segmento del padre que pacta con el sistema judicial para salvar a su hijo de un homicidio vial es una clase magistral sobre el antiheroísmo moderno. El personaje de Oscar Martínez, cuyo nombre casi se diluye en la narrativa porque no importa tanto como su rol simbólico, encarna al ciudadano promedio empujado al límite. En otras palabras: un tipo que no planea convertirse en un villano, pero que tampoco puede sostenerse como héroe.
El episodio está bañado en un crescendo de tensión: primero, el crimen, luego, la negociación desesperada, y, finalmente, la catarsis moral. Visualmente, la cámara de Szifrón es implacable; los encuadres cerrados sobre los rostros de los protagonistas transmiten claustrofobia emocional. El padre, interpretado con una sutileza impresionante por Martínez, no es un hombre cruel ni un villano arquetípico. Es un antiheroe profundamente humano, atrapado entre el amor hacia su hijo y una sociedad que exige sacrificios morales para resolver problemas.
Un héroe no nace de ciertas decisiones
Lo que me fascina de este personaje es cómo se derrumba su integridad. Empieza siendo un padre preocupado, angustiado por el futuro de su hijo, y termina siendo un cómplice activo en la corrupción sistémica. La transición no es abrupta, pero sí demoledora. Sus buenas intenciones—las mismas que uno podría considerar heroicas si el contexto fuera otro—se tuercen en algo oscuro. ¿Cómo no conectar con él? ¿Quién no haría lo imposible por proteger a un ser querido? Esa es la trampa narrativa: empatizamos con un personaje que, en última instancia, está hundiéndose. Y lo peor es que lo sabe.
Szifrón no nos da respiro. Mientras el abogado, encarnado por Diego Velázquez, actúa como el diablo susurrando al oído, y el jardinero, símbolo de la desigualdad social, acepta el rol de chivo expiatorio, el padre se convierte en una figura trágica. Él no busca poder, gloria ni venganza. Solo quiere salvar a su hijo, pero el precio que paga es su propia alma.
La moralidad como un terreno pantanoso
El gran diferencial del antiheroe frente al héroe clásico es que no opera en términos de blanco y negro, ES GRIS. Sucio, complicado. Y eso lo hace mucho más fascinante en un sentido narrativo y simbólico. Si el héroe tradicional representa lo que aspiramos a ser, el antiheroe nos muestra lo que realmente somos: criaturas contradictorias, capaces de actos nobles y miserables al mismo tiempo.
En este caso, el padre es el espejo de una Argentina marcada por la corrupción estructural. El sistema judicial, lejos de ser un baluarte de justicia, es un mercado donde todo tiene precio, desde la libertad hasta la moral. Szifrón utiliza este contexto para construir un microcosmos en el que cada personaje es parte de una cadena de degradación ética. Pero lo que más impacta es que, al final, el padre no es un villano. Es un hombre derrotado por sus propias decisiones. Un antiheroe en toda regla.

En términos audiovisuales, el segmento es impecable. La iluminación es fría, casi clínica, reflejando la frialdad con la que se maneja el tema. El montaje es seco, sin adornos, como si las decisiones morales fueran bisturíes que cortan cada escena. Y la música, o más bien su ausencia en ciertos momentos clave, amplifica el peso de los silencios incómodos. Es cine puro: cada decisión estética subraya la desesperación del personaje.
El antiheroe no necesita redención para ser memorable. Necesita humanidad. Y en este segmento, Szifrón lo logra de manera brutal. ¿Es el padre un hombre malo? No. ¿Es un héroe? Tampoco. Es, simplemente, alguien que hace lo que cree necesario en un mundo donde ser bueno no alcanza.
Esa es la tragedia. Y esa es también su belleza.
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