Que puedo decir….
Si hay algo que detesto en sobremanera en esta exitencia es la Navidad. La Navidad y todo lo que eso conlleva: villancicos, merchandising, compras compulsivas, reuniones inevitables e insoportables, saludos ídem, gente que no queremos ver y un largo -larguísimo- etcétera.
Y por sobre todas esas cosas, lo que más detesto son las películas navideñas. Nada más cursi y forzado que eso: “una peli de Navidad”. Donde todos son felices y sonríen y siempre -siempre- los buenos tienen su recompensa y el galán se queda con la chica bonita y pura de corazón.
Por eso, mi elección para esta etapa particular de año, recae siempre -casi siempre- en “El día de la Bestia”. Ese producto sublime salido de la mente de Alex de la Iglesia. Donde cada personaje y cada actor que lo representa, esta perfecto y justo en donde debe estar.
Para los que no la han visto, es una película en la que un humilde cura de parroquia se entera del advenimiento del Anticristo en la Tierra. Y emprende -al principio solo y luego con un par de pintorescos individuos- su cruzada para localizar el lugar y el momento de su llegada, y así poder evitar el fin de la humanidad, como la conocemos.
Lo particular de esta epopeya del curita y el heavy outsider, como un Don Quijote y su Sancho Panza, acontece en las vísperas de la Navidad madrileña.
Una época en donde todos están completamente enajenados con el espíritu navideño. Con una Madrid lleva de villancicos, de muñecos y de Papás Noeles variopintos.
Es un placer ver cómo los mitos de la Navidad son parodiados, cómo se utilizan las costrumbres religiosas y cómo se ve -al final- que nada es tan crucial y tan profundo que no pueda ser reemplazado.
Reemplazado por otra creencia, por otro personaje, por otro presentador.
Se evidencia cómo las tradiciones son cosas que se “hacen-porque-si”. Que hoy son el centro de la atención, pero que tal vez mañana una tradición más novedosa las puede reemplazar y ésta se transformará en la nueva distracción del momento.
También nos muestra que todo lo que vemos forma parte de lo mismo que son las caras de una misma moneda.
El final es magnífico, esa escena de los dos personajes totalmente rotos, recordando la hazaña que han conseguido. Una proeza conseguida a costa de golpes, de sustos, de personajes adorables que murieron “en combate”, de miembros amputados, de sangre…. de muchísima sangre.
Ellos consiguieron evitar el fin del mundo conocido, ellos consiguieron salvar a la humanidad de la llegada del Anticristo y evitar (nos) los sufrimientos y tormentos que nos acarrearía.
Pero -patéticos y desahuciados- ellos reflexionan, mientras la gente pasan ante ellos sin nisiquiera notarlos: “Hemos salvado al Mundo, y nadie se ha dado cuenta….”
Por eso ésta es mi película Navideña favorita, porque es un reflejo de lo que a todos les sucede con la Navidad: nos tiene distraídos haciendo banalidades, mientras las cosas trascendentales suceden…. y no las vemos venir.
Gracias Alex!


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