Tiempo de Pagar (2024) de Felipe Wein 

Siempre es una labor muy gustosa y acaso un gesto político el hecho de compartir cine rosarino con otros que no son de la región. A veces se construye una falsa queja, la de creer que todo el cine argentino sucede en Buenos Aires (y muchas veces los hechos fácticos corroboran este fantasma). En este caso, sucede algo particular: interesa hablar de una película realizada enteramente en Buenos Aires pero con el rol protagónico de un actor rosarino, actor que sostiene con creces la mayor cantidad de las escenas y en donde sólo su rostro, casi a lo Dreyer, debe transmitir cada sentir y estado de la cuestión.

Estamos hablando de Tiempo de Pagar, el cual es el primer largometraje de Felipe Wein, un joven que ha demostrado una apuesta gigante por el cine. Habiendo ganado el Premio Especial del Jurado como así también el Premio al largometraje más votado por el público en el 29° Festival Internacional de Cine Latinoamericano llevado a cabo en octubre del presente año en la ciudad de Rosario.

Habiendo pasado por circuitos de festivales y proyectándose hoy por hoy en el Cine El Cairo de Rosario como así también en el Cine Arte Cacodelphia de la Ciudad de Buenos Aires, Tiempo de Pagar es un largometraje de poco más de una hora donde la vertiginosidad es su sello distintivo. Se trata de una película que sigue las andanzas de un arbolito -nombre con el que se conoce a aquellas personas que compran y venden dólares en casas de cambio, esperando a sus clientes en peatonales y calles comerciales- llamado Richard por las calles del centro porteño, interpretado por el talentosísimo Juan Nemirovsky. Estas palabras no son sólo por ser un coterráneo sino porque es evidente el gran nivel actoral que este intérprete posee. Con una espalda muy ancha y una trayectoria prolongada en el ámbito del teatro, acaso ello le da cierta soltura o mayor movimiento a la hora de interpretar personajes donde el rostro es el mayor comunicador. La gestualidad es el factor vital en la película que veremos, en tanto muchas veces las palabras se omiten; estamos plagados de sonidos, sí, sonidos, insultos, pedidos, pero pocas veces se deja traslucir lo que a Richard le pasa por dentro, a no ser que lo transmita con su rostro, con muecas, con su mirada.

Tal como mencionábamos, este arbolito Richard se encarga de intercambiar dólares a pesos o viceversa a sus clientes, aunque desde un comienzo la película nos deja bien en claro que no es de fiar. Pide prestado, cada vez pide más, y pocas veces devuelve. “Richard siempre paga” dice él mismo a sus interlocutores, casi como un acto de fe o una declaración de intenciones que queda en eso, en palabras.

Tiempo de pagar se presenta como una historia acelerada, presurosa, tensa. En ese sentido, por la temática y la textura de las imágenes, muchos ligan el estilo Nueve Reinas (2000) de Fabián Bielinsky pero incluso puede ser más asociada al estilo de los hermanos Safdie y su vertiginosidad. En ese sentido, resuena la más reciente Uncut gems (2019) y cómo allí hay un personaje que sostiene toda la película mientras lo vemos engañar a otros, intentar vender algo que no existe e ir cayendo de a poco en un círculo vicioso de pedidos y amenazas. Asimismo, también puede resonar a lo que Paul Thomas Anderson ha hecho con Hard Eight (1996) y al tono de películas más bien clásicas como The Hustler (1961), la continuación de Scorsese con The Color of Money (1986) o The Gambler (1974).

Todas estas referencias no son vanas, en tanto en un diálogo con Nemirovsky, al preguntarle al actor si alguna de estas producciones resonaban en el set de filmación, él mismo ha resaltado la gran influencia cinéfila que el director Felipe Wein y todo el equipo sostenían. Para este actor, fue clave que todos tuvieran muy en claro qué clase de película querían hacer y tenían referencias explícitas como algunas de las mencionadas. Se observa de manera muy cristalizada que estos jóvenes salidos de la FUC son apasionados por el cine, ven cine, y no temen posicionarse para construir imágenes en movimiento a partir de influencias claras sin soslayar los homenajes pertinentes. Eso constituye un disfrute que se traduce más allá de la pantalla, construyendo un combo perfecto entre la mirada de todos aquellos que forman parte del equipo técnico y el actor estelar que entrega su cuerpo y rostro para la conformación de un personaje que debe sostenerse todo el tiempo en primer plano. O en planos generales ocasionalmente, corriendo por las calles del centro porteño, huyendo de alguien a quien no le pagó y le debe dinero.

Ese es el clima de Tiempo de Pagar, un clima de desconfianza. Richard debe plata en muchos lugares y, de repente, una eventualidad del cual se lo sospecha -como el niño que miente con que el lobo va a venir, y de tanto mentir, cuando aparece nadie le cree-, hace que él debe hacerse cargo de la situación. Un día entran a robar a la oficinita casi noventosa donde Richard intercambia dólares. Acusado de algún grado de complicidad que el director dejará a libre interpretación de cada espectador, el personaje de Nemirovsky deberá conseguir la plata que se robaron en un plazo muy acotado de tiempo, cueste lo que cueste. De tanto pedir sin devolver, esta vez que se pone en riesgo su trabajo y también su vida, nadie accede a colaborar. Se lo espera en todos lados, se lo busca, se encuentra en una situación de acorralamiento constante.

Una advertencia constante que se repite y el no desea escuchar. Todos avisan, que no joda, que devuelva el dinero a cada personaje con el que se topa, pero él sigue, estoico. Sin embargo, algunas imágenes por fuera de esa casa de cambio demuestran otra cosa. Se lo ve a Richard sin rumbo, y en ese sentido recuerda a las mejores películas del Neorrealismo Italiano. Un hombre sin destino, que vagabundea perdido, deambulando por excesos constantes, entre mujeres y sustancias psicoactivas, entre deudas y dinero que no es suyo.

"No me la compliques" le pide Richard a sus interlocutores, a cada uno de ellos, entre desesperación e insultos. Claro, se pone en juego su pellejo, allí en esas veredas asfaltadas y calientes de calle Florida, donde nadie tiene piedad y todos quieren su parte de la torta, donde el clima social parece estar siempre a punto de detonar y dejar lugar a una crisis explosiva, ya sea en los 80s, 90s, 2000s o ahora mismo. En ese sentido, Wein transmite una especie de clima atemporal, que de no ser por algún que otro smartphone que se ve en pantalla, la duda respecto a en qué año se sitúa la película, se haría mucho más palpable.

Sin duda alguna, esta película que se insinúa pequeña tiene un gran recorrido por delante, con este hombre a la cabeza que es sin dudas un chanta, pero con un gran componente de seducción que hace que en determinado sentido uno se encariñe con él. Nos deja algunas bases sólidas para seguir apostando al cine argentino, a un cine de tensión, que refleja el clima social, que no omite la idiosincrasia del país y que, principalmente, nos enseña cómo puede transmitirse un estado de ánimo sin que medie palabra, con un trabajo actoral descomunal.

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