En noviembre de 1990 se presentó en los cines “Mi pobre angelito”, no sólo un excelente ejemplo de las magníficas traducciones mexicanas (título original: Home Alone), además es una comedia navideña que marcó a una generación. Un clásico que Hollywood ha intentado recrear en cinco ocasiones más. Cierto es que únicamente la segunda parte alberga espacio en la memoria de los espectadores y eso se debe a que conservó varios de los elementos que atribuyeron a la tormenta perfecta para que la original fuera un éxito.
Empezando por John Hughes, quien escribió el guion y produjo la película, Hughes fue el rey de las comedias adolescentes ochenteras, creando escenas y personajes que se entrañaron en la cultura pop de esa época, y las décadas posteriores, no es de extrañarse entonces que varias de las secuencias del filme se hayan hecho campo en nuestras mentes. Pasamos al director, Chris Columbus, que hasta ese punto en el tiempo había tenido una suerte mixta con sus proyectos, fue el autor de “Gremlins” y “Goonies”, pero sus primeros dos intentos ocupando la silla de director llegaron y se fueron sin mucha gloria de las salas de cine; definitivamente ayudado por el guion de Hughes, Columbus ofreció un trabajo redondo que terminó por cimentarlo en Hollywood, convirtiéndolo en un director referente de comedias familiares/infantiles, que eventualmente sería elegido para poner las bases de una de las franquicias más trascendentales de este milenio, “Harry Potter”.

El talento al frente de las cámaras juega en la misma liga con el que se encuentra detrás de ellas, Macaulay Culkin no se volvió una estrella después del estreno por casualidad, si bien siendo quisquillosos y en un tono personal, creo que el actor de voz de la versión doblada al español desarrolla los diálogos de una manera más congruente con el tono de las escenas, el aura del aquel entonces niño de 10 años es invencible y cuando la película pone todos sus reflectores sobre él, este no decepciona; de hecho a él le debemos unos de los momentos más icónicos, el grito después de aplicarse la loción en la cara fue una aportación 100% suya.

Como los villanos tenemos a Daniel Stern, quien interpreta a “Harry”, tal vez el personaje más gracioso de toda la película y quien realiza una de las mejores actuaciones de comedia física que he visto hasta la fecha. Su pareja por increíble que parezca es Joe Pesci, un actor básicamente casado con papeles de mafiosos y cualquiera de ellos le hubiera disparado a Kevin McCallister a la primera señal de problemas. Durante prácticamente la mitad de la película se vuelve el blanco de bromas y trampas (que bajo cualesquiera otras reglas aparte de las de Hollywood serian métodos de tortura), resulta que Pesci si es un tipo gracioso a fin de cuentas, su presencia aporta un nivel extra ahora que se ve el filme como adulto.

Hay otros tres actores que no son tan destacados, pero gracias a ellos el producto final se eleva a algo que tiene una resonancia en el plano sentimental. Catherine O'Hara (la mamá de Kevin) es la persona con la que todo padre de familia que la haya visto más se engancha, es una representación bastante fiel de lo que alguien en sus zapatos sentiría, tomando en cuenta que no deja de ser una comedia, realmente el único familiar de Kevin al que no podemos encasillar en dos frases o menos, su propia travesía sirve de contrapeso emocional a las aventuras de su hijo, un elemento que va tomándose su tiempo sin perturbar la dinámica de la trama y tiene un buen merecido momento climático en el reencuentro de los dos personajes. Roberts Blossom es el vecino con el supuesto pasado macabro, quien en realidad simplemente está pasando por un tenso momento familiar, las interacciones entre él y Kevin sirve para medir la progresión de madurez del personaje principal y la postal que entrega Columbus al final de la película con la reconciliación del personaje de Blossoms y su familia es una perpetuación del espíritu navideño.
El último de la tercia es John Candy, el miembro principal de la banda de polka que ayuda a la máma de Kevin a regresar a Chicago, no tantos lo recordaran de memoria, pero la manera en la que se involucró en la realización de esta cinta si es digna de memorizar. Candy era una estrella de las comedias de cine en los ochentas, bien pudo haber exigido una cuarta parte de los 20 millones de presupuesto con los que contaba la producción, aunque fuera un cameo, pero Hughes fue el responsable varios proyectos exitosos de Candy, así que como muestra de agradecimiento su salario terminó siendo menor que un repartidor de pizzas (el de la misma película), su participación le brindaba algo de seguridad al estudio, nadie más de los involucrados podía servir para un empujón en la venta de boletos; el crédito de Hughes como escritor y productor podía llegar hasta cierto punto, y Pesci no era exactamente el tipo de actor que atraía al público infantil a la sala de cine.
Un reconocimiento final a los héroes menos laureados de esta y todas las cintas de la franquicia, los dobles de acción, que en 1990 y con el modesto presupuesto de la original, tuvieron que realizar cada una de las acciones de riesgo con nula ayuda de efectos en postproducción, en algunos casos ni siquiera una colchoneta para las caídas. Son una parte esencial de la secuencia que distingue a esta película de sus secuelas y el resto de filmes navideños.




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