En muy poco tiempo -la primera semana de enero- tendremos la posibilidad de ver un estreno muy ansiado. Se trata de la última película dirigida por el cineasta dedicado al cine de terror Robert Eggers (La bruja, El faro y The northman). Con una impronta situada desde el folk horror, se arriesga con una (no tan) nueva versión del clásico Drácula de Bram Stoker, Nosferatu (2025). Si bien es una reversión con otros nombres y personajes -ya veremos a quién rinde homenaje-, las posiciones continúan siendo las mismas: una pareja joven interpretada por Nicholas Hoult y Lily-Rose Depp es atormentada por un vampiro, el Conde Orlok (Bill Skarsgård). A modo de preparación y para continuar alimentando la fascinación por este clásico relato gótico, nos interesa hacer una revisión de las adaptaciones que ya fueron llevadas al terreno del cine: por un lado la versión de Murnau y, por otro, la excéntrica versión de Werner Herzog.
Tradiciones, herencias, primeras imágenes.

La historia escrita por Bram Stoker que aún hoy continúa teniendo vigencia y causando tensión en quienes podemos leerla data del año 1897. Entre influencias de conversaciones, cuentos ajenos y supuestas historias verídicas, Stoker configura una historia a modo de diarios e intercambios epistolares sobre un abogado de Londres que recibe la oportunidad de ir a trabajar a Transilvania para cerrar los negocios con el conde Drácula. El resto, ya lo sabemos de memoria. Un relato que, mayoritariamente, se sustenta en confesiones, testimonios en primera persona escritos a modo de diario y cartas amorosas, debe resultar un desafío inaudito para llevarlo al plano de las imágenes. Bien sabemos que toda traducción de un registro a otro implica necesariamente una pérdida, pero allí Friedrich Wilhelm Murnau (1888-1931) participa del guión y le da vida (y rostro) a un vampíro, el conde Orlok con un trabajo actoral impresionante que sostiene el largometraje. Claro está, Orlok no es el mismo nombre que el conde Drácula, uno de los aspectos que llevó a que la cinta fuera censurada por plagio. La locación, los nombres de los personajes y otros detalles habían sido cambiados a conveniencia pero, tal como sucede 102 años después con Eggers, la historia no difiere de la de Stoker a pesar de insertar variaciones nominales, razón por la cual fue denunciada por quien fuera la viuda del escritor.

Dividida en actos, esta Sinfonía del horror que representó una de las más grandes obras cinematográficas del cine mudo que se aleja del expresionismo alemán, en tanto Murnau prefirió buscar locaciones reales y exteriores para configurar la película, diferenciándose de la corriente mencionada que apelaba más bien al estudio de filmación. Implementando travellings y una cámara dinámica -por aquel entonces todavía una novedad- encontró, junto a su equipo de filmación, un modo diferente de producir imágenes en movimiento, que no sean estáticas.

La impronta, al menos en un comienzo, se presenta mucho más alegre y mundana de lo que podríamos imaginar con semejante historia, retratando las andanzas de esta joven pareja que hace las veces de Jonathan y Lucy. Murnau es muy inteligente, decidiendo mostrar las cartas que se ponen en juego en la dinámica de los personajes, evidenciando las intenciones ocultas desde un primer momento. Para el joven abogado Thomas Hutter no hay engaños o sorpresas, todo pareciera serle dicho apenas se topa con el conde Orlok, lo cual incluso genera un clima de mayor desesperación. Él se anoticia instantáneamente de la naturaleza de dicho conde, y no puede, a pesar de ello, escapar de tal situación. El pájaro de mal agüero está allí, aguardando, explícitamente, a que acontezca todo lo que ya sabemos que inevitablemente sucederá.
Los alemanes continúan dando cátedra

Unos 50 años más tarde y dejando de lado las libres interpretaciones, Werner Herzog se acercó a una entrega mucho más fiel a la novela de Stoker en 1979. La película presenta un estilo muy moderno, ligado incluso a cierto estilo documentalístico, con una cámara temblorosa, a veces registrando de refilón.
Allí, nos aguarda el encanto tétrico de Isabelle Adjani interpretando a la joven Lucy, con esos ojos azules tan abiertos, que creen haber visto lo peor. Ella lo dirá luego, pero su rostro lo anticipa antes. Una pesadilla que trae un mal augurio es olvidada detrás de una melodía tranquila y pacífica, recurso utilizado de manera muy inteligente por el director, mientras nos muestra la vida cotidiana de Lucy y Jonathan antes de la conocida oferta laboral. Entre luminosidad y opacidad en las escenas, entre espacios cerrados y abiertos, la película instaura el vaivén sombrío por el que circulará la historia.

La propuesta de trabajo en Transilvania cambiará la vida de Jonathan y de quienes lo rodean. Las debidas advertencias son hechas y los obstáculos/accidentes no son oídos por el protagonista, cegado por la idea de darle a Lucy una vida mejor, lo que conseguiría con esta labor venidero, cuyo camino se torna cada vez más costoso.
The undead refieren las lecturas que Jonathan hace en libros místicos sobre los vampiros. El subtítulo que acompaña la película sugiere la nomenclatura el inmortal, lo cual me hace pensar en su pertinencia, usualmente asociamos inmortal a algo infinito, que vivirá para siempre. Sin embargo, es justamente lo undead, lo que no ha podido morir, aquello que significa ser inmortal, y Herzog se encargará de encarnarlo a partir de la acertada actuación de Klaus Kinski como el conde Drácula, una vez más en una de sus películas.

Una música sacra aparece constantemente, a veces tan fuerte que ensordece. El clima penumbroso se insinúa incluso antes de que Jonathan haga su contacto con Nosferatu. Acaso ese contacto ya se ha hecho apenas recibió la carta con la propuesta de trabajo. A medida que ese acercamiento se torna inminente, las imágenes se vuelven cada vez más opacas, mucho menos nítidas. Jonathan parece aún conservar algo de su brillo e ingenuidad. Sin embargo, las sombras serán aquí las protagonistas en este vínculo un tanto erótico entre Drácula y Jonathan.

El amor entre Lucy y Jonathan es tan fuerte, recordaremos que eso está presente en el libro, que ella logra percibir los peligros a los que él está expuesto incluso a la distancia. Drácula, al vincularse ya en cuerpo y sangre, se anoticia de la presencia de esta joven, de su belleza y encanto. Sin embargo, aproximadamente a partir de la segunda mitad del largometraje, aparecerán algunas pequeñas variaciones en la trama que harán la marca del director. El vínculo Drácula-Jonathan no se intensificará de forma presencial sino a partir de una especie de encanto, de hechizo a larga distancia. Se trata más bien de una maldición que inunda a muchas personas involucradas. Una peste, la peste de la muerte, es el espíritu de Drácula transportándose, un vampiro al que veremos lo justo y lo necesario en pantalla.

Lucy hará algunos esfuerzos sobrehumanos por salvar a Jonathan, mas veremos cómo el desenlace de la película toma otros caminos, más agrios que, por ejemplo, la versión tan aclamada de Francis Ford Coppola de 1992. Más bien fiel a sí mismo, Herzog nos lleva de vuelta a la realidad concreta y sus imposibilidades, más allá de tomar a un vampiro como protagonista.
Veremos en algunas semanas qué nos aguarda con Robert Eggers, quien, en su corta pero sustanciosa filmografía ha podido dar cuenta de un estilo único y ciertas insistencias, más allá de tomar relatos ajenos o adaptaciones literarias.




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