Hay escritores que escriben ficción como si fuera un guion cinematográfico, hay escritores que escriben ficción como si fueran directores de cine. También existen otro tipo de escritores, pero de eso no nos ocuparemos hoy. Mientras buscaba “Mi elección especial para Navidad” me quedé reflexionando sobre esto que menciono. ¿Cuál sería la diferencia entre el escritor-guionista y el escritor-director? Por un lado encontramos una estructura narrativa, que se acerca al formato de guion, una escritura basada en descripción de espacios, acciones y diálogos, dejando de lado o en un segundo plano reflexiones o pensamientos del autor que nos alejen de la posibilidad de visualizar el relato de manera concreta. Podríamos mencionar en este grupo a Raymond Chandler, Ernest Hemingway, Stephen King o Bret Easton Ellis. Pero luego tenemos a aquellos que escriben como si fueran directores de cine. ¿Qué significa esto? Que son relatos en donde existe la descripción de espacios, acciones y diálogos pero también se deja ver o adivinar una idea de puesta en escena. Esto quizás sea difícil de explicar en términos concretos, pero para quienes somos asiduos lectores, espectadores o directores, podemos hallar algo ahí, en el momento de la lectura en el que se adivina una iluminación con un clima específico, un sonido o música determinada, como así también imaginamos un travelling o un primer plano. Son escritores que mantienen un equilibrio entre la visualización de las escenas y las reflexiones que nos llevan a conocer un poco más de la trama y a su vez nos permite no solo visualizar sino también imaginar más allá de lo concreto del relato. En este grupo pondría a tipos tan disímiles como Hanif Kureishi, Sam Shepard, Rodolfo Fogwill, Sergio Bizzio y quien nos interesa para esta Navidad y que es Paul Auster.
La película Smoke de Wayne Wang, surge del relato corto Cuento de Navidad de Auggie Wren de Auster. Y si bien el cuento acerca de la Navidad surge con fuerza sobre el final de la película, logra tener una contundencia tal, que la charla final entre los personajes de Auggie Wren (Harvey Keitel) y Paul Benjamin (William Hurt) nos deja un recuerdo imborrable, quizás al estilo de lo que sucede en el final de Paris, Texas de Wim Wenders o de The Dead de John Huston, películas en donde el texto del actor o de la actriz se transforma en una película en si mismo, que no vemos en la pantalla pero que visualizamos en nuestra mente, mientras sucede el relato y a partir de la maestría interpretativa.
Gran parte de Smoke transcurre en la pequeña tienda -podríamos llamarlo kiosco- de Auggie Wren en Brooklyn. El escritor Paul Benjamin -asiduo cliente- recibe un encargo del New York Times para escribir un cuento de Navidad, pero se encuentra bloqueado y sin ideas. En una conversación con Auggie, este decide compartir con él un relato personal que considera su propio "cuento de Navidad". El cuento de Auggie se centra en un hecho sucedido años atrás cuando encontró una billetera robada en su tienda. Siguiendo pistas, Auggie finalmente llega a la casa de una anciana ciega, la abuela del ladrón. Auggie decide no revelar la verdad sobre la billetera y termina compartiendo una cena de Navidad con la abuela, quien confunde Auggie con su nieto.
El relato de Auggie es tan minucioso y detallado que mientras lo cuenta imaginamos cada situación y hasta podríamos adivinar cada movimiento de los personajes. Wayne Wang decide filmar la escena con pocos planos, fundamentalmente del rostro de Harvey Keytel y algunas reacciones de William Hurt. Pero antes de comenzar a hablar Auggie tiene entre sus manos un diario donde en la tapa se ve una noticia que da cuenta que apresan a un delincuente, un detalle que solo da una pista y que no explica demasiado, como si esa nota periodística pudiera haber dado pie al relato de Auggie que mientras habla no deja de mirar a Paul con una sonrisa cómplice, tal es así que al final de cuento los dos sonríen y entendemos que los dos conocen ll secreteo que esconden esas miradas. Benjamin le dice: “La mentira es un verdadero talento, Auggie. Para inventar una buena historia, una persona tiene que saber apretar todos los botones adecuados. Yo diría que vos estás en lo mas alto, entre los maestros.”
“¿Qué querés decir?” responde Auggie “Quiero decir que es una buena historia” responde Paul. Hay un par de frases mas que terminan diciendo que si no podés compartir los secretos con los amigos no valdría la pena vivir.
Luego de esto la película termina, pero en verdad no lo hace, porque en la secuencia de títulos, mientras se escucha la música vemos materializado el relato de Auggie. Es decir todo lo que narró y escuchamos e imaginamos, ahora se pone de manera concreta frente a nuestros ojos, haciendo una operación única y riesgosa, en donde la posibilidad de la redundancia podría haber echado por tierra todo el film, sin embargo no es así. Las imágenes finales reafirman el cuento de Navidad y completan lo que imaginamos, dándole una ternura y emoción que estaban presentes en la voz de Keitel pero ahora se materializan. Es a su vez una clase de cine, en donde nos muestra -sin manipulación ni soberbia- dos maneras diferentes de contar lo mismo sin que por ello se anulen una a otra. Y en definitiva ahí está Wayne Wang como director, pero también está Paul Auster que no escribió un guion, sino que escribio una película.



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