Top 10 de estrenos argentinos – Parte I 

El cine argentino estuvo durante buena parte del año en el centro del debate, y no precisamente por sus películas. El Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, de la mano del economista Carlos Pirovano en la Presidencia, ha adoptado mediante medidas con las que, lejos de mejor lo que no funciona bien, busca reconfigurar de raíz la manera de hacer cine en el país. Sin embargo, y más allá de ese ruido mediático, el cine argentino continuó con la sana costumbre, que data desde hace casi dos décadas, de entregar no menos de veinte películas de buenas para arriba. A continuación, entonces, la primera parte de mis títulos predilectos del año.

Alemania, de María Zanetti

Sos una cárcel”, le dice Lola (Maite Aguilar) a su madre en un momento clave del debut en la realización de largometrajes de María Zanetti. La frase tiene la malicia, la capacidad de síntesis conceptual, el veneno y la resignación exagerada propios de la adolescencia, una etapa en la que ella es muy chica para algunas cosas y un poco grande para otras. Por delante tiene una zanahoria muy tentadora con la forma de un intercambio estudiantil rumbo al país del título, muy cerca de donde parará su mejor amiga. La señorita, mientras tanto, se preocupa por lo que debe preocuparse a sus 16 años: las notas del colegio, la incipiente relación con un chico que le gusta, la cercanía del debut sexual, sus amigas y aprender a manejar.

Lola es mucha para algunas cosas y muy grande para otras

Pero el asunto se complica al hacer “zoom”, con la familia intentando aferrarse a su categoría de clase media –toda una proeza en 1997, año en el que transcurre el relato– mientras tiene las cuentas en rojo a raíz de que papá no tiene “la fábrica”, al tiempo que su hermana mayor, Julieta (Miranda de la Serna) atraviesa problemas psiquiátricos que empeoran justo cuando el viaje se confirma, lo que pone a los padres entre la espada y la pared: solventar el pasaje de la menor o el tratamiento de la mayor. No hay que ser un genio para suponer que se inclinan por lo segundo. Todo esto es delineado por Zanetti a través detalles pequeños y con una naturalidad que hace que el relato, lejos del deseo habitual de contarlo todo, opere como el recorte de una porción muy particular de la vida de Lola.

Alemania es, entonces, un coming of age hecho y derecho, una película (con)centrada en un período temporal breve, pero de indudables resonancias en el futuro de una protagonista que difícilmente vuelva a ser quien fue. Todo fluye como si la cámara no estuviera y todos hablan como si no hubiera guion y las palabras salieran, vacilantes, de las entrañas. Pero hay guion, claro, y está escrito con más atención al oído que al diccionario. Misma atención que Zanetti dedica a comprender a sus personajes antes que enjuiciarlos, pues sabe que todos –especialmente los padres– hacen lo que pueden de la mejor manera que les sale. Esta familia, con sus disfuncionalidades cotidianas y terrenales y la lucha por la supervivencia diaria, es demasiado igual a tantas otras.

Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, de Hernán Rosselli

Hernán Rosselli recibió de parte de su amiga Maribel Felpeto una caja con VHS con grabaciones caseras realizadas por Felpeto padre entre fines de la década de 1980 y principios de la de 1990. Como buen montajista, no resistió la tentación de poner play. Allí descubrió pequeñas escenas hogareñas de una familia de clase de media del conurbano bonaerense que funcionaban como registro perfecto de los usos y costumbres de la época, a la vez mostraban una Buenos Aires más amable, de casas más bajas y con el proceso de gentrificación todavía lejano. Si 99 de cada cien directores hubieran utilizando ese material para el documental de archivo número mil del cine argentino de la última década, Rosselli se inclinó por usarlas como punto de partida para una ficción.

Realidad y ficción, indivisibles en Algo nuevo, algo viejo, algo prestado

Pero no es, desde ya, una “ficción pura y dura”, de esas claramente inscriptas en universos que, más allá de las similitudes con lo real, son fruto de la imaginación del realizador. Porque Algo viejo, algo nuevo, algo prestado vuelve imposible distinguir qué elementos provienen de la más cruda realidad y cuáles son producto de una sofisticada construcción centrada en una familia que trabaja como “levantadores de Quiniela” en la zona sur del Gran Buenos Aires. Un trabajo con poco y nada de legal y con el que los Felpeto (ficticios, no los reales) se han involucrado varias décadas atrás, cuando el paterfamilias Hugo –que se suicidó hace poco– se hizo cargo de un negocio que ahora está cargo de Maribel y su madre. Una suerte de pyme familiar que mueve cientos de miles de pesos y da trabajo a varios empleados que diariamente se amuchan en una casa fortificada (vigilancia privada, cámaras) donde transcurre buena parte de la trama.

Inspirada en lo que Rosselli llama “los grandes clásicos de la clase trabajadora suburbana(El padrino II, Érase una vez en América, Buenos muchachos), la película va desplegando sus piezas y mostrando cómo la búsqueda de un ascenso social choca muchas veces contra los mandatos de la ley, así como también con los códigos de convivencia no escritos con sus colegas. Entre medio están las relaciones, con amoríos, lealtades, sentido de pertenencia y traiciones conjugándose a lo largo de un relato en cuyo interior anida el ferviente anhelo de un futuro mejor.

Un hombre que escribe, de Liliana Paolinelli

Al contrario de lo que indica su título, Abelardo Castillo no es, al menos aquí, un hombre que escribe, sino uno que habla. Despacio, tranquilo, en voz baja y pensando cada palabra que sale de su boca. Y sobre los más variados temas: las particularidades del taller literario que desarrolló durante treinta años, su fobia a los viajes, su “pelea” con Borges, la relación entre los textos pensados para publicar y los que no, su peligrosa inclinación por el alcohol durante su juventud y, claro, literatura. Mucha literatura.

Castillo aquí no escribe, pero habla. Y muy bien.

Estrenada en una de las secciones paralelas del último Bafici, el último trabajo de la realizadora cordobesa Liliana Paolinelli es engañosamente simple: una larga entrevista filmada con una cámara casi siempre pegada al rostro de Castillo, salvo cuando aparecen fragmentos de textos o las tapas de algunos de sus libros. La riqueza formal hay que buscarla en otro lado, porque la gran protagonista de Un hombre que escribe no es otra que la palabra en sus diferentes variantes: la escrita, desde ya, pero sobre todo las que salen de la boca del autor de El Evangelio según Van Hutten.

Que Castillo haya muerto hace siete años no hace más que acrecentar el valor del material recogido por Paolinelli, además de adosarle una pátina testamentaria, de legado hacia la posteridad. Varias de sus ideas adquieren otra significación con su ausencia. Pero tampoco es necesario conocer la obra del autor ni su destino final, porque Un hombre que escribe es de esos documentales que utilizan a su protagonista como hilo conductor para reflexionar sobre múltiples facetas del oficio literario.

El jockey, de Luis Ortega

Cuenta la leyenda que el director Luis Ortega caminaba por calle cuando vio una imagen que lo transportó hasta su primer largometraje, Caja negra (2002): un vagabundo ruso muy alto vestido de mujer, con cartera, tapado de piel y botas. Lo empezó a seguir porque sintió curiosidad, y descubrió que se metía a todas las farmacias, se pesaba y salía. En un momento tomó coraje y se acercó a preguntarle qué le pasaba, a lo que el muchacho, transpirado y nervioso, respondió que en todas las balanzas pesaba cero. “No existo, pero me están persiguiendo”, remató antes de salir corriendo. Aquella escena lubricó sus engranajes creativos y con el tiempo se convirtió en la primera célula de El jockey, su nuevo trabajo luego de El ángel (2018), en el que hace gala de una libertad infrecuente para una producción trasnacional de esta envergadura.

Pérez Biscayart y Corberó en El jockey

Estrenada en el marco de la Competencia Oficial del Festival de Venecia y parte del batallón de producciones nacionales de la sección Horizontes Latinos del de San Sebastián, El jockey es un juguete con la forma de una película centrada en la particular historia de un jockey adicto a cuanta sustancia exista. No es, desde ya, muy positivo para la relación con su novia Abril (Úrsula Corberó) ni muchos menos para su carrera, sobre todo cuando hay un grupo de inversores –bah, mafiosos– muy interesados en que monte un caballo traído desde Japón y cuya máxima particularidad no es su velocidad ni su porte, sino que no puede girar a la derecha. “En Japón corren al revés”, le explica alguien a Nino (Nahuel Pérez Biscayart).

La cereza de este postre tóxico es un grave accidente que lo lleva a un hospital del que se escapa para comenzar a vaguear por las calles de Buenos Aires, iniciando así una espiral de transformación que lo lleva a los sectores más recónditos de la Ciudad de Buenos Aires (toda una especialidad del director) y abre las puertas a un relato donde el surrealismo se cruza con la comicidad deadpan, donde la lógica del mundo (de este mundo) importa poco y nada. El jockey está plagada de inventiva y de una locura solapada que va configurando la línea de puntos que dibuja las particularidades de la mente de Luis Ortega en estado de gracia.

Después de Un buen día, de Néstor Frenkel

Un buen día se estrenó en noviembre de 2010, fue lapidada por la crítica y no la vio prácticamente nadie. Pero los pocos que lo hicieron se dieron cuenta muy rápido que estaban ante una película insólitamente mala, con un relato que se presenta como una reversión de Antes del amanecer con dos inmigrantes argentinos radicados en Estados Unidos. A caballo del rótulo de “la peor película de la historia”, adquirió el status de culto visible en los miles de videos en redes sociales con reacciones de personas viéndola por primera vez y en cientos de fanáticos que saben la letra de memoria, elaboran teorías y líneas temporales y hasta organizan funciones. Un auténtico fenómeno cuyas múltiples aristas explora el realizador Néstor Frenkel.

Después de Un buen día, un viaje a la peor película argentina

Después de Un buen día tiene el tono entre juguetón y canchero de casi toda la obra de un director que suele tomarse un poco en broma y otro poco en serio los fenómenos variopintos que retrata. El de Un buen día, desde ya, se presta para lo primero, pero Frenkel acierta al ir más allá para encontrar un núcleo un tanto más noble y hasta emotivo durante este viaje hacia las entrañas del fenómeno y de sus principales responsables. Empezando por su alma mater, Quique Torres, un busca de aquellos que parece estar de vuelta de todo y que ser jugador profesional en Chacarita (fue parte del plantel campeón de 1969), periodista y de varias de las tiras más icónicas de la televisión argentina de fines de 80 y principios de los 90. Y siguiendo por su protagonista, Aníbal Silveyra, un actor que tuvo su cuarto de hora en los ’80 y después se radicó en Estados Unidos, Silveyra es, como Torres, un personajón, un performer total, uno de esos artistas con ínfulas de grandeza que “actúa” hasta en las llamadas con clientes.

El protagonista de Un buen día terminó odiando a todos por la pésima recepción y las burlas, aunque con el tiempo se dio cuenta de algo clave: a su extraña manera, habían triunfado al filmar una película hace casi quince que todavía circula. No muchos colegas pueden ufanarse de eso. Y de qué manera circula, porque hay una masa crítica a cargo de militarla y organizar funciones donde los diálogos se gritan como goles. Incluso el propio Torres fue a varias y entendió muy bien de qué iba el asunto. Su “fracaso más exitoso”, como él mismo lo define, tiene la fuerza suficiente para hacer del cine un ritual colectivo muy parecido a una fiesta pagana.

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