Náufragos y navegantes – Nota 19
Complementando el artículo anterior, seguimos hablando del cine de Brasil y todo lo que ocurrió tras la explosión del CInema Novo en los ´60, década por década hasta llegar a la actualidad.
El golpe del ´64 cambió un escenario de ebullición cultural que incluía el tropicalismo del Caetano Veloso y Gilberto Gil y El Cinema Novo de los directores mencionados. Su receta era la de siempre, capitalismo y represión, y dictadura se sostendría hasta 1985. En ese mismo año de 1964 Clarice Lispector publicaba La pasión según G.H., que daba cuenta de ese presente y tendría su versión cinematográfica estrenada en este mismo año 2024, 60 años después. En 1968 Glauber Rocha pondría sus potentes ideas por escrito en el manifiesto Estética del hambre, escrito unos años antes, en pleno suceso de Dios y el diablo en la tierra del sol. Esos años que van del ´65 al ´68 culminan con un recrudecimiento de la represión y un margen muy estrecho para desarrollar un cine vital y desobediente. Los directores del Cinema Novo recurren a la sátira.
Otras películas, más amables, se van abriendo paso, algunas de ellas sustentadas por la extraordinaria música de Brasil. Ya lo había hecho Orfeo negro en 1960, suceso internacional dirigido por el francés Marcel Camus. en 1967 llegaría la hoy bastante olvidada Garota de Ipanema, hecha por un director del Cinema Novo, León Hirszman, basada en la canción de Jobim. Por el contrario, la muy recordada Doña Flor y sus dos maridos (1976), de Bruno Barreto, no parte de la música sino de la literatura de Jorge Amado, pero su tema musical O que será se volvió tan memorable como las desventuras de Sonia Braga. Esta canción compuesta por Chico Buarque, y cantada en el film por Simone, sigue siendo una de los más populares de la historia de la música de Brasil. La película y su historia tienen algo esencialmente latinoamericano en su fervor por no querer optar por dos opciones distintas y abrazar el caos. Inolvidable también el Vadinho de José Wilker, una fuerza de la naturaleza sin ningún tipo de control. Wilker también estaría al frente de otra película importante de la época, Bye bye, Brasil (1979), de Carlos Diegues, sobre un grupo de artistas en viaje por el Brasil profundo.

Barreto repetiría fórmula y protagonista en 1983 con la más exuberante Gabriela, pero sin el encanto de su primer film. En el cine de esa década brilló el argentino Héctor Babenco, primero con la dura Pixote, la ley del más débil (1980), sobre un chico de la calle y luego con la internacional y oscarizada El beso de la mujer araña (1985), basada en la novela de Manuel Puig.
Los años ´90 fueron complejos para la producción del cine en todo el mundo, antes del cambio y democratización tecnológica que llegó de la mano del digital. Ese momento de crisis aportó algunas obras maestras al cine del mundo que condensaron ese final de época y se mostraron como los últimos herederos de una tradición que se agotaba. En Brasil algunos cineastas ya históricos como los mencionados Diegues y Barreto continuaron con su interesante obra pero lo más destacado vino de la mano de Walter Salles, con su Estación Central (1998) que cumplía con esas características señaladas al mostrarse heredera del Cinema Novo y del neorrealismo en el retrato de su presente para ser nueva y vieja a la vez. Su protagonista, Fernanda Montenegro, había trabajado con León Hirszman en La Fallecida, en esos efervescentes años ´60.
Salles completaría pronto otra bella película Detrás del Sol (2001), drama rural sobre dos familias enfrentadas, antes de seguir con su carrera internacional. Una carrera que incluye títulos como Diarios de motocicleta (2004) y la muy reciente, aún no estrenada (ni vista) Aún estoy aquí, en la que vuelve a trabajar con Fernanda Montenegro.

El nuevo siglo trajo nuevos realizadores, la aparición más fulgurante fue la de Fernando Meirelles, su película Ciudad de Dios (2002), co-dirigida junto a Katia Lund, fue una de las más importantes de ese año. Está hecha con indidable oficio. Fue una película muy influyente, y algunos realizadores copiaron mal su vocación por convertir la violencia en un espectáculo. Meirelles siguió su carrera en el exterior y en 2008 hizo Ceguera, basada en la novela de Saramago, que no fue tan ben recibida como su obra anterior, que dejó la vara muy alta. Una película que se acercó a ese suceso (y a su espíritu de tensión y violencia en las favelas) fue Tropa de elite (2007), de José Padilha.
En esta primera década convivieron directores que seguían vigentes como Héctor Babenco, (Carandirú, 2003) y Brunto Barreto (Última parada 174, 2008, ficción basada en un documental previo de José Padilha) con otros interesantes pero no tan rutilantes como Meirelles y Padilha, y con un cine que puede sobrevivir gracias a su éxito en festivales. Señalo dos de ellos, Karin Ainouz (Madame Satá, 2002) y Luiz Fernando Carvalho (A la izquierda del padre, 2001). Ambos siguen filmando el el presente, Ainouz compitió por la Palma de Oro de este año con Motel Destino y Carvalho ganó un premio principal en el BAFICI con La pasión según G.H., la obra de Clarice Lispector ya mencionada al principio de este artículo, que se creía infilmable.
Puedo sumar a la lista algunos otros títulos interesantes y muy distintos entre sí como el documental Santiago (2007) Joao Moreira Salles o la fantasía de As boas maneras (2017), de Marco Dutra y Juliana Rojas. En los últimos años, una película como Carbón (2022), de Carolina Markowicz, contiene ecos de la denuncia social y la sátira del Cinema Novo.
Pero el director más destacado del presente es Kleber Mendoza Filho, a fuerza de títulos como el documental Sonidos vecinos (2012), la ficción Aquarius (2016), con un gran regreso de Sonia Braga y, sobre todo, de Bacurau (2019, también con Braga) que con su potencia y originalidad se permite abrevar en géneros propios del cine comercial para sostener una mirada lúcida sobre el presente y sobre futuro cercano en un mundo en donde los que menos tienen quedan librados a su (mala) suerte. Y por eso termina siendo un heredero natural de Glauber Rocha.

Como siempre, estos artículos pretenden sólo esbozar un panorama histórico del cine de algún rincón de Latinoamérica. Hay mucho más cine por descubrir en Brasil. El objetivo es apenas empezar a orientarse para ir profundizando más adelante.
Nuestro viaje nos llevará el mes que viene a Paraguay, al dolor de su pasado como herida abierta y a una más que interesante producción reciente.
En tiempos de fiestas, y a punto de llegar a los cien artículos publicados, mi deseo es que la alegría no sea sólo brasileña. Ha sido un gran gusto compartir mis experiencias con la comunidad de Peliplat, una verdadera fiesta del cine. Vamos por más.




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