Mundos de los más extraños. Entre ellos, el de Jack. 

Desde que tengo memoria, el 31 de diciembre viajamos al pueblo de mi papá a festejar Año Nuevo. Visitamos Bonifacio principalmente en ocasiones especiales: cumpleaños, comuniones, carnavales y Año Nuevo. A veces incluso extendemos nuestra estadía hasta después de que los Reyes visiten el pueblo y repartan en la plaza a todos los chicos una cantidad de juguetes que nunca vi en un mismo lugar al mismo tiempo. Bonifacio tiene ese tinte mágico en mis recuerdos. Probablemente causado por el hecho de que solo vamos para esos momentos del año decorados con luces, espuma y guirnaldas. Pero eso lo racionalicé hace unos pocos años. De chica, sin mucho sobrepensar las cosas, Bonifacio era un pueblo que vivía de fiesta. Como la vidriera de una regalería que cambia su decoración para la siguiente celebración; en donde el espacio entre estas es meramente un limbo de preparación para el siguiente ritual. Solo que yo en ese limbo me encontraba en mi casa y, de esta manera, simplemente iba saltando de fiesta en fiesta, de ritual en ritual. Había algo de un orden temporal en esos viajes. Como si cada vez que abriéramos la puerta del auto para ir a visitar a mis abuelos, implicara un viaje a la misma fecha pero del año siguiente. Los rituales, de alguna manera, siempre funcionan como ordenadores.

La primera vez que vi El extraño mundo de Jack fue en Bonifacio. Quienes viven en un pueblo saben que después del mediodía y por lo menos hasta las cuatro de la tarde, se bajan las persianas, se apagan las luces, se cierran los locales, se vacían las calles y este se ve inmerso en la famosa “hora de la siesta” (aunque, como les comento, suele ser más de una hora). En esta instancia los padres hacen lo necesario para distraer a sus hijos, si es que estos no duermen también. Buscan algo que permita mantenerlos entretenidos por el tiempo que dure la siesta. En la casa de mi abuela se prendía la televisión en un canal que pasaba películas navideñas, una detrás de otra. Mientras un pueblo entero dormía, esa pantalla nos mostraba el génesis de universos completos. Mundos de los más extraños. Entre ellos el de Jack.

Aburrido de la festividad predilecta de su pueblo, “Halloween Town”, el esqueleto que protagoniza esta película emprende una caminata durante la noche mientras todos duermen. Como un chico que se escapa de su casa en la hora de la siesta. En medio del bosque se encuentra con un círculo de puertas que llevan a distintos mundos, entre ellos “Christmas Town”. Las fiestas en esta película, dirigida por Henry Selick y producida por Tim Burton, parecieran representarse como heterotopías foucaultianas. Espacios otros, intrincados en su propia magia, que sin embargo coexisten como mundos paralelos. Cada uno, separado del otro por una puerta. Una puerta que Jack abre, como yo abría la del auto de mis papás para viajar a Bonifacio; para atravesar ese umbral. Detrás de esa puerta todo sorprende. Cada guirnalda parece más brillante, cada comida más rica y cada abrazo más reconfortante. Como si cada año olvidáramos el anterior y celebráramos la llegada de las fiestas como Jack al descubrir la navidad con "What's This?" musicalizando nuestra fascinación. Cuando se hacen las doce y llega el Año Nuevo pedimos deseos, probablemente los mismos que el año anterior y, con la misma ilusión de que se cumplan, brindamos. Puesto que en el marco de las fiestas todo tiene sentido. Terminado el ritual la puerta debe cerrarse; eso hace a la magia de ese espacio otro. De no ser espacios ajenos a la cotidianidad serían percibidos de otra manera. Perderían su magia. A veces me pregunto si Bonifacio se aburre de sus fiestas como lo hace Jack. Nunca me quedé a averiguarlo. Siempre me fui. Volviendo recién al año siguiente, con el entusiasmo intacto.


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